ESTRENOS DE CINE

'Rogue One: una historia de Star Wars', de tropiezo en tropiezo hasta la victoria final

Gareth Edwards aterriza en la franquicia galáctica surgido del circuito 'indie' con una entrega protagonizada por Felicity Jones, Diego Luna y Ben Mendelsohn

Foto: Felicity Jones protagoniza 'Rogue One: una historia de Star Wars'
Felicity Jones protagoniza 'Rogue One: una historia de Star Wars'

Decía el defenestrado Devin Faraci a los pocos días de haberse estrenado 'El despertar de la Fuerza' que 'Star Wars' se había convertido en el caldo de cultivo ideal para la proliferación del fenómeno ‘fan fiction’ a nivel industrial. En definitiva, que los J.J. de turno (y directores que le sucedieran) tenían ante sí un lienzo en blanco para hacer de ‘La guerra de las galaxias’ algo personal, alejado (por fin) de los hilos de George Lucas.

'Rogue One: una historia de Star Wars', de tropiezo en tropiezo hasta la victoria final

Tras una muy prometedora ‘Monsters’ y una más que correcta ‘Godzilla’ (si tenemos en cuenta el berenjenal en que se había convertido aquel proyecto), Gareth Edwards aterriza en la franquicia galáctica como el primero de esos directores surgidos del circuito 'indie' con el que Disney pretende dar un toque de autor a la saga. ¿Lo consigue? A duras penas. ¿Es satisfactorio el resultado? Mucho más que el 'Episodio VII'.

‘Rogue One’ comienza a trompicones, le cuesta arrancar y, cuando te has dado cuenta, te ha colado un gol por la escuadra. Recuerda a la España del pasado Eurobasket, con medio billete para volverse a casa a las primeras de cambio y que, gracias a un Gasol inconmensurable, se alzó con el título en Francia. Cambien a Gasol por Ben Mendelsohn y ahí tienen un cierto símil.

Escena de 'Rogue One: Una historia de Star Wars'.
Escena de 'Rogue One: Una historia de Star Wars'.

Para los que todavía no estén al día, la cinta narra las peripecias de un grupo de parias que se embarcan en una misión suicida para hacerse con los planos de la Estrella de la Muerte. Sí, alerta roja nostálgica. Pero a diferencia del trabajo de J.J. Abrams en ‘El despertar de la Fuerza’, Edwards ha sido capaz de contener la maquinaria de la lágrima fácil para que sea la historia la que prime sobre los recuerdos. Todavía sobra algún que otro cameo (¿de verdad eran necesarios R2-D2 y C-3PO?) y hay algunas decisiones muy discutibles, como las versiones CGI de Peter Cushing y la joven princesa Leia, que no solo aportan poco sino que además dan un cantazo tecnológico que provoca sonrojo.

Uno de los lastres de 'Rogue One' está relacionado con los serios problemas que tiene para hilvanar sus compases iniciales y para lograr que el espectador empatice con los protagonistas. Cuando te estás marcando una versión espacial de ‘Doce del patíbulo’, lo menos que esperas es conectar emocionalmente con esos tipos abocados a una muerte segura: que un monje ciego de rasgos orientales y un androide (la voz es cortesía de Alan Tudyk) sean los personajes más carismáticos de esta banda, deja bien a las claras esos problemas a los que se enfrenta la cinta.

Una escena de 'Rogue One'.
Una escena de 'Rogue One'.

Las complicaciones surgen, de buenas a primeras, de una presentación algo deficiente de los personajes. No queda muy clara la mala vida que Jyn Erso, la joven rebelde interpretada por Felicity Jones, ha llevado hasta que se cruza en el camino de la alianza rebelde, y son Diego Luna y los monjes del templo jedi los que mejor aparecen en pantalla de buenas a primeras.

Todos estos problemas quedan en segundo plano con la aparición del citado Mendelsohn. Un tipo que se había movido por la segunda fila de Hollywood hasta que ‘Bloodline’ le permitió saltar a la fama y que se gana con creces el papel de villano de la cinta. Mendelsohn es la prueba de que un guion bien perfilado es más efectivo que colar a Vader con calzador un par de veces.

No solo se trata de que Mendelsohn demuestre más tablas que el Kylo Ren de Adam Driver. El hecho de que ‘Rogue One’ sea una cinta dirigida al público que ha crecido con la saga galáctica le permite abandonar el tono adolescente para adoptar una postura sobria e incluso pesimista. Pero ya hemos dicho que esta es una cinta de un grupo de suicidas, así que no vamos a descubrir la pólvora en este aspecto.

Fotograma de 'Rogue One: Una historia de Star Wars'.
Fotograma de 'Rogue One: Una historia de Star Wars'.

Como decíamos, la obra de Edwards tropieza en repetidas ocasiones durante su tramo inicial hasta que aparece en escena la Estrella de la Muerte. Es entonces cuando ‘Rogue One’, por arte de magia, se centra, va al grano y sale airosa del envite. Pongamos por ejemplo el primer ataque de la estación de combate definitiva: una simple puesta a punto que acaba con el último vestigio de los jedi, el templo de Jedha, y que tiene una imponente fuerza visual.

Ataque, por cierto, que se salda con el gran momento absurdo de la película (ninguna nueva cinta de ‘Star Wars’ sin su momento de vergüencita ajena, por favor), cuando el rebelde radical interpretado por Forest Whitaker decide sacrificarse porque… porque sí. Poco más.

Soldados imperiales en 'Rogue One: Una historia de Star Wars'.
Soldados imperiales en 'Rogue One: Una historia de Star Wars'.

Es a partir de ese ataque cuando la rebelión se pone las pilas, se reúne y la cinta comienza a ganar tracción. Cuando todas esas ovejas descarriadas se dan cuenta de que su objetivo no es otro que hacerle un agujero al Imperio en el lugar más seguro de la galaxia: el planeta Scarif, donde se guardan esos planos con los que comenzaba 'Una nueva esperanza'.

A partir de ahí es cuando ‘Rogue One’ puede ponerse la etiqueta de 'Star Wars'. Es en ese instante donde comienzan a volar los X-Wing, cuando el rugido de los TIE Fighter te traslada de nuevo a tu infancia y cuando los fuegos de artificio se suceden por la pantalla, sin llegar nunca a los niveles ‘videojueguiles’ de Lucas en su segunda trilogía.

Darth Vader, en 'Rogue One: Una historia de Star Wars'.
Darth Vader, en 'Rogue One: Una historia de Star Wars'.

Es en ese punto en el que el espectador está tan metido en la cinta que los guiños no sobran y en el que momentos como la aparición de la flota rebelde te trasladan a los momentos finales de 'El retorno del jedi'. Es en esa orgía visual donde Edwards deja algunas pinceladas de su talento (el plano final de los protagonistas, alguna pirueta con la cámara siguiendo los duelos de cazas) o donde se monta su particular ‘fan fiction’ con una aparición de Vader, ahora sí, a la altura de las consecuencias y de su leyenda.

Cartel de 'Rogue One: Una historia de Star Wars'.
Cartel de 'Rogue One: Una historia de Star Wars'.

Que la cinta acabe prácticamente donde empieza el 'Episodio IV' es toda una declaración de intenciones. Que la princesa Leia pronuncie la palabra 'esperanza' antes de los créditos es un bello mensaje a los seguidores de la saga que no acabaron de congraciarse con ‘El despertar de la Fuerza’. Esperanza, porque en un año se estrena el ‘Episodio VIII’, con Rian Johnson a la cabeza. Edwards ha enderezado mínimamente lo que comenzó torcido hace 12 meses. A Johnson le toca rematar la faena.

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