Festival de cine de sitges

Cómo lidiar con una estrella del cine beoda y no morir en el intento

El ex director del Festival revisa en un libro sus tratos entre bambalinas con los divos de Hollywood

Foto: Antonhy Perkins y Joan Lluis Goas
Antonhy Perkins y Joan Lluis Goas

Muchos conocimos a Joan Lluís Goas en 1990 gracias a un programa de televisión de culto, 'Noche de lobos' (Antena 3), en el que presentaba y seleccionada joyas más o menos conocidas del cine fantástico. En una época en la que no había internet y las cintas de vídeo circulaban de mano a mano, el joven espectador pudo así acercarse por primera vez a la obra de titanes como David Cronemberg, Dario Argento o Sam Raimi

Goas fue durante muchos años director del Festival de Sitges, además de productor de cine, teatro y televisión, lo que le permitió tratar de cerca a decenas de estrellas de Hollywood, experiencia pintoresca que resume ahora en un libro repleto de jugosas anécdotas sobre las trastienda del 'show business': 'Entre dioses y monstruos. Historias de cine y vida' (Alrevés, 2016). Goas está estos días en Sitges para presentar el libro. 

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PREGUNTA. ¿Qué es lo más absurdo que te ha pasado nunca tratando a una estrella de Hollywood?

RESPUESTA. Al respecto hay muchas anécdotas, tal vez una de las más ridículas y absurdas fue contemplar en el reservado de una discoteca como Peter Weller (protagonista de 'Robocop') se quitaba su dentadura postiza integral mientras manifestaba : “Veis como soy el auténtico Robocop” me dejó estupefacto, la estrella se había convertido en una desdentada abuelita de 80 años. 

P. ¿Con qué estrella conectaste mejor y con cual peor?

R. Con los que mejor: Fay Wray (representaba la historia viva del cine), o David Lynch, singular personalidad tras la cual se oculta un caballero y un genio. Con el que peor, sin duda, Anthony Perkins, pienso que se equivocó y confundió un Festival modesto y amable con un lugar hostil, creo que sufría una extraña manía persecutoria. También mi primer encuentro con Christopher Lee aunque luego fuimos amigos.

Gente con mucha sed

En efecto, el paso de Anthony Perkins por Sitges en los años ochenta fue un tanto errático: como si no hubiera superado nunca la escena de la ducha en 'Psicosis'. Goas lo cuenta así en el libro: "Para empezar, Anthony Perkins me tendió la mano fría, inerte, flácida. Como una sardina muerta. Era un hombre que usaba calcetines de colores y tamaños diferentes; llevaba dos relojes en la muñeca derecha y otro en la izquierda y mantenía un tono de voz prácticamente inaudible en las distancias cortas, como el de un niño tímido que no quiere ser descubierto... Con todos estos antecedentes, nos dispusimos para el almuerzo oficial, un acto protocolario que permitía agasajar al invitado para que todos nos conociésemos un poco mejor. Como puede suponer el avispado lector, el señor Perkins también dio todo un recital de rarezas en la mesa, siendo recordada y antológica su pregunta sobre cómo se aplicaba el ajo y el aceite de oliva en el pan tostado. Después de una detallada explicación por mi parte y de una aterradora mirada sobre la tostada por la suya, a lo Norman Bates, inexplicablemente la roció de pimienta y vinagre. Yo seguía devanándome los sesos con aquel clásico pensamiento: lo está o se lo hace".

El libro, por otro lado, está repleto de escenas cómicas del subgénero etílico. O Goas aguantando el chaparrón de unas estrellas que se beben hasta la última gota de alcohol disponible en Sitges. Épica es su descripción de un desayuno de trabajo con Gérard Depardieu

Depardieu pidió para desayunar dos bistecs crudos, una barra de pan y una botella de vino local. Todo eso le duró unos escasos diez minutos

"Gérard, para empezar, pidió dos bistecs prácticamente crudos, una barra de pan y una botella de vino local -del Penedès- extra, extra, extra seco. Todo eso le duró unos escasos diez minutos. Se ventiló el plato en un plis plas. Luego repitió con otro bistec y dos vasos más de vino, aparte de la botella. Por un momento visualicé a Obélix devorando jabalíes y entendí por qué decía que pesaba ciento veinte kilos. En un alarde de simpatía extrema, nos confesó que hacía más de tres años que no se veía los pies y que ya no recordaba si tenía pene y testículos -bueno, él lo manifestó en otros términos, ciertamente más groseros...".  

Repetimos por si no lo han entendido ustedes bien: dos bistecs crudos, una barra de pan y dos botellas de vino para desayunar e ir entrando en calor.  Para cuando llegó la hora de comer, Depardieu ya estaba haciendo congas: "Por supuesto, a esas alturas del almuerzo, Depardieu ya iba por su segunda botella de vino blanco extra seco y sumaba casi cuatro en el día, cuando apenas eran las tres de la tarde. Como si bebiese agua, fresco y lúcido, nos comentó que había comprado unos viñedos en Francia para producir vino blanco. Lo que no aclaró es si pensaba beberse toda la cosecha él solito", escribe Goas. Titánico, sí.

P. Tu trabajo como director incluía intensas labores de relaciones públicas, lo que se traducía en tener que asistir a saraos nocturnos. Sin embargo, en el libro aclaras que no bebes alcohol. ¿Cómo lidia uno sobrio con una estrella mamada?

Si bebiera, formaría parte de la juerga y probablemente no podría ni explicarla

R. Lidiar difícilmente, pero me permite desde la tranquilidad y la atalaya de la sobriedad y del hecho de ser abstemio, controlar (y en ocasiones anotar) sin perder la calma, todo lo que sucede a mi alrededor. Si fuese de otra manera formaría parte de la juerga y probablemente no podría ni explicarla. Hay que tener en cuenta que muchas anécdotas del libro se desarrollan en los años ochenta, y, con estrellas que llevan años y años bebiendo. En esa época se consumía mucho más alcohol. Por mi parte lo malo del asunto es que me pierdo la mitad de los chistes.

P. Mencionas que Sitges tenía un presupuesto de lo más ajustado. ¿Cuáles eran tus armas para suplir la falta de dinero?

R. Ingenio, fantasía, intentar caer bien a los distribuidores y productores y que nos contratasen publicidad, apoyado con un maravilloso e irrepetible equipo que en todo momento mostraban sincera amabilidad, profesionalidad y alegría. Y, procurar tener siempre las salas llenas y organizar maratones cinematográficas porque necesitábamos esa recaudación. Finalmente, hacerle ver al Patronato que si un año no se llegaba se hiciesen cargo del déficit en el siguiente ejercicio. Eran otros tiempos, hoy eso seria impensable.

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