la nueva cumbia argentina

Kumbia Queers: de la cárcel al psiquiátrico, defendiendo el placer

El grupo argentino combate el machismo y otros estereotipos de la música popular

Foto: La banda argentina Kumbia Queers
La banda argentina Kumbia Queers
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Kumbia Queers podría ser sinónimo de incendio. Al menos, el grupo provocó un incendió en la plaza Nelson Mandela de la capital hace unas semanas... a base de cumbia. Juana Chang, vocalista principal, sale a escena con una camiseta con el lema “Lavapiés es cumbia”. Desde el primer minuto, el público madrileño está metido en el bolsillo, pero la intensidad va a más, con canciones propias y versiones de Madonna ('La isla bonita'), La Polla Records ('Ellos dicen mierda…') y Pibes Chorros ('Qué calor').

El quinteto argentino confirma su potencia con canciones que hablan de amistad, del derecho a la pereza y de aceptar a los diferentes. Formadas en 2007, llevan ya un década componiendo ritmos cálidos y pegadizos, con más enjundia de lo que parece. Dan unos 70 conciertos al año en países tan distintos como Chile, Noruega, México, Polonia, Francia y Alemania, entre otros. Una lástima que la radiofórmula las ignore. Hablamos con ellas en un bar africano, donde el ruido era tan fuerte que cuesta distinguir las voces de la grabación. Aquí ofrecemos un zapping por lo más interesante de la conversación. 

Kumbia Queers: de la cárcel al psiquiátrico, defendiendo el placer

¿Hombres o mujeres?

La cumbia en Buenos Aires está separada por clases sociales. “Los grupos que tocan en las villas (guetos del extrarradio), no tocan en el centro. La cumbia siempre tuvo sus reductos propios, que en la villa eran muy familiares, iba gente de todas las edades. También tiene sus códigos ajenos al rock: los grupos cumbieros pueden dar diez conciertos por noche, moviéndose en furgoneta. Ahora empieza a haber fiestas donde se juntan grupos de cumbia clásica y otros más modernos y electrónicos. Pero, bueno, lo que pasa es que los chetos (pijos) quieren escuchar cumbia, pero los villeros no sienten necesidad de escucharlos a ellos”, explican.

A Kumbia Queers les gusta tocar en todos lados, aunque no siempre fueran bien recibidas. “La primera vez que actuamos en México fue en un lugar de cumbia clásica. Todos los que estaban en la pista dejaron de bailar para mirarnos. Fue un shock para ellos y para nosotras. Tuvo que salir la dueña del Salón California a defendernos, diciendo que ofrecíamos algo nuevo, más diversidad. Esa noche aprendimos mucho y ya la segunda vez ya bailaron. Ellos están acostumbrados a megagrupos con ocho percusionistas, tres bailarinas y dos cantantes. Todos van con uniformes, ellas con minifalda y tienen sus pasitos ensayados. A nosotras nos miran y no saben si somos hombres o mujeres”, recuerdan. Esto ocurrió en 2007. La segunda vez que tocaron había ya 50 parejas bailando y 300 mirando. En 2009 ya consiguieron que las 300 parejas lo dieran todo. Hasta las sacaban a ellas a bailar. “Nos pidieron que tocáramos a las seis de la tarde para abrir y luego a las tres de la mañana para cerrar. Lo que les descoloca es que hacemos cosas distintas: por ejemplo, en la cumbia es muy raro que la mujer sea instrumentista. También les sorprende que usemos elementos del rock, como la guitarra distorsionada”, apuntan. 

Kumbia Queers: de la cárcel al psiquiátrico, defendiendo el placer

De la cárcel al psiquiátrico

Su política es aceptar cualquier oferta interesante. Han actuado en cárceles, psiquiátricos, geriátricos, neuropsiquiátricos y escuelas de chicos de la calle. “Los muchachos nos entrevistaron para su revista y nos hicieron preguntas muy graciosas. Por ejemplo: ‘Si son chicas, ¿por qué visten tan mal?’ También les interesaba si éramos travestis. En la cárcel fue impresionante. Tocamos en Ezeiza (Buenos Aires) en un penal de mujeres. Tenemos una amigas que nos invitan a tocar el Día de la madre o el Día de la mujer, siempre que hay una juerga”.

Se enteraron de eso en Chile y las contrataron a un penal de hombres, que era privado. “Nosotras ni siquiera sabíamos que existían las cárceles privadas. Tocamos en la pista de baloncesto. El caso es que, antes de actuar, nos pusimos a hablar con unos presos y nos explicaron que en la mitad izquierda (ellos) estaban los estafadores y los hackers y en la mitad derecha los abusadores sexuales. Fue terrible. Nosotras fuimos a llevar una alegría, pero pasamos el concierto centradas en la grada de los estafadores, porque los abusadores estaban prendidos fuego y daba miedo cruzarse con sus miradas”, recuerdan. Cuando terminaron, las entrevistó la policía y les preguntaron si les gustaba la cárcel. “¿Qué respondes a eso? No se puede contestar nada. En el neuropsiquiátrico sí fue bonito. Son instituciones terribles, pero nos gusta ayudar a que pasen un buen rato. Las chicas bailaban y de repente se abrazaban. Luego hubo una rifa delirante: salía el numero 20 y cuatro internas decían que lo tenían, pero en realidad era de otra que no lo decía porque solo quería el primer premio. Tuvimos que tocar temprano porque a las dos les dan las pastillas y se les quitan las ganas de todo”. Otra vez fueron a un colegio de secundaria de Brooklyn (Nueva York) a enseñar lo que era la cumbia. “Tenían una sala de música brutal, parecía una tienda de instrumentos. Todos los alumnos tocaban mejor que nosotras”, admiten.

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Fans irritados

La primera gira europea la montaron gracias a una oferta jugosa para tocar en Rusia. “Luego el alcalde se enteró de lo que significa ‘queer’ (marica, raro) y canceló el contrato. Era un pueblo religioso y conservador. Es muy difícil saber las puertas que se abren y las que se cierran por ser como somos. Seguramente perdimos más trabajo por hacer cumbia que por el lado 'queer'. Por ejemplo, la cumbia villera es muy machista, pero encontramos ídolos como Pablo Lescano (Damas Gratis) que nos trató muy bien, abriéndonos la puerta de su estudio y enseñándonos un montón de cosas”.

Es más fácil que nos pinchen en una emisora de Alemania que en una de nuestro paísLas canciones que les han creado más problemas son las versiones. “Haces una de Black Sabbath y los fans se irritan en Youtube. También nos pasó con los seguidores de The Cure en México, que estaban indignados con lo que habíamos hecho con 'Lovesong'. En los festivales de Argentina te rechazan por hacer cumbia, en el Lollapalooza de Chile tampoco puedes tocar”. En las radios apenas suenan, a pesar de lo pegadizo de sus estribillos. “Es más fácil que nos pinchen en una emisora de Alemania que en una de nuestro país. Allí las radios de rock no te quieren por ser cumbia y las de cumbia por ser mujeres. En Chile no hay tanto problema porque hay grupos que han mezclado rock y cumbia como Chico Trujillo. También nosotros tuvimos prejuicios contra la cumbia porque en los noventa nos parecía que era un entretenimiento para tener a la gente distraída de los problemas sociales, como ahora los programas de televisión. Sacamos mucha energía de superar nuestros rechazos”.

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Ahora en sus recitales se ven rockeros que empiezan reticentes y acaban bailando como el que más. “Es emocionante y bonito de ver. Se van relajando y terminan locos. También es importante que en las fiestas familiares argentinas la cumbia es la música que hace bailar a todas las edades. Nuestra aportación es incluir otras influencias y otro tipo de letras, no sexistas. Muchas veces tienes ganas de bailar, pero las letras son tan machistas que no las puedes disfrutar ni estando pedo. Es genial comprobar que los jóvenes de ahora ya no tienen prejuicios contra los estilos populares”. Un paso adelante. 

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