Los (otros) culpables de la magia del cine
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la parte de atrás II

Los (otros) culpables de la magia del cine

La sala de proyección de un cine ahora es muda y la película se ajusta pulsando un botón. Pero el trabajo de proyeccionistas como Álvaro Ogalla sigue manteniendo parte de su romanticismo

Durante este mes nos hemos propuesto colarnos en La parte de atrás de la cultura que más nos gusta de la mano de sus protagonistas. Esos que pasan desapercibidos en los títulos de crédito, que no acaparan los flashes ni los aplausos y de los que muchos no saben ni sus nombres pero que son imprescindibles. Cada fin de semana, el foco y la atención en un nombre propio y una profesión. Esta semana aprendemos el hoy menos romántico oficio del proyeccionista de cine porque "cuando las luces del cine se apagan, empieza la magia".

"Yo empecé en este trabajo a los 10 años y entonces no había estas máquinas modernas". Alfredo es quien le cuenta a Toto cómo era su trabajo cuando le tenía que dar con la manivela al proyector de cine. Nada que ver con la nueva tecnología. Si uno piensa en la sala de proyección, el romanticismo nos lleva casi a instante a 'Cinema Paradiso', al sonido del rollo de 35 mm., al haz de luz, la nitidez del foco o a la sesión doble. Hoy estos espacios son mudos, el tacto de la película se ha sustituido por el de los botones de un ordenador y ese romanticismo es mucho menor, pero no por ello esta profesión deja de ser tan mágica como nos recuerda el protagonista de la película de Giuseppe Tornatore.

Álvaro Ogalla es proyeccionista de cine desde hace 10 años. Empezó con 22 años a trabajar entre rollos de película. Se encargaba de restaurarlos en La Filmoteca, pero necesitaba un trabajo extra y así se instaló en las salas de proyecciones del Círculo de Bellas Artes, el Festival de San Sebastián o la Cineteca. Hablamos con él en la de Cibeles de Cine (el cine que se ha instalado todo el verano en la galería de cristal del Palacio de Cibeles) donde aguardan los proyectores, el Blu-Ray y el ordenador con los que hace magia.

Este trabajo, explica, "ha perdido lo orgánico de la máquina y de la mecánica" pero ha ganado en calidad. "La profesión ha perdido ese encanto y se ha convertido en esa cosa más fría que tiene el trabajar con máquinas digitales", aunque, añade, no es más fácil que antaño. Los problemas de versiones, de incompatibilidades, los fallos de software o el tiempo que tardan en llegar las copias son los contras de las nuevas tecnologías, mucho menos vistosas y artesanales que esos grandes proyectores. "En el fondo, es un trabajo de destreza".

Álvaro combina además las dos facetas del cine: estar detrás y en la pantalla. También es actor y ha participado en películas como 'El apóstata', de Federico Veiroj; el documental 'El último verano', de Leire Apellaniz, y acaba de rodar 'Ana de día', de Andrea Jaurrieta. "Es curioso estar en los dos lados", reconoce mientras explica cómo se proyecta actualmente una película en pantalla grande. Hoy toca 'La novia', de Paula Ortiz.

"Tengo la ventaja de emplear mi tiempo de trabajo en ver películas" y, a la vez, "de aprender de los grandes maestros", señala. "He pasado años en los que veía cinco películas diarias, y feliz" porque, como concluye, "el romanticismo tiene que estar en la pantalla, no detrás". Como diría Alfredo, ¿les dejamos a esos locos ver la película?

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