Los paisajes inquietantes de Juan Miguel Hernández León
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El decir, lo sublime y los monstruos

Los paisajes inquietantes de Juan Miguel Hernández León

El arquitecto e investigador publica 'Ser-paisaje', un ensayo sobre nuestra manera de mirar

Foto: 'El caminante sobre el mar de nubes', de Caspar David Friedrich (1818)
'El caminante sobre el mar de nubes', de Caspar David Friedrich (1818)

"Juan Miguel es un autor raro, su reflexión va más allá de la interdisciplinariedad, en sus libros es como si recorriera sumergido distintos territorios de pensamiento". La descripción del filósofo Manuel Cruz tuvo lugar la pasada semana en Madrid durante la presentación del último ensayo del arquitecto y presidente del Círculo de Bellas Artes Juan Miguel Hernández León. Un ensayo de "alta divulgación", en palabras del también filósofo y copresentador Camilo Valdecantos, titulado 'Ser-paisaje' (Abada, 2016) y que, según el propio autor, ha sido escrito "con el propósito de inquietar, porque esos son los libros interesantes".

¿De qué va 'Ser-paisaje? ¿Qué esconde tan anómalo título y por qué los variopintos itinerarios de lectura a los que, según los presentadores, invitan sus páginas propician encuentros con nuestra mejor tradición filosófica y crítica? Crítica teórica, fenomenológica, arquitectónica, acerca de lo que se dice y lo que no se dice, en torno a la distancia que podemos razonablemente interponer entre las palabras y las cosas, entre los paisajes que vemos y habitamos. O más a la llana, y a modo de ejemplo: ¿por qué identificamos -erróneamente- el "paisaje' con las afueras de nuestras ciudades?

El paisaje como dominio

Hernández León explica que escribió 'Ser-paisaje' "contra" dos afirmaciones habituales. Por un lado, contra aquellos que aseguran que sólo se puede hablar del paisaje "cuando surge la pintura paisajista holandesa". Por otro, contra los vanos intentos de pretender "describir científicamente el paisaje". Su libro no busca tanto responder a la pregunta "qué es el paisaje" como descubrir a qué nos referimos exactamente cuando usamos la palabra "paisaje".

La idea del paisaje queda lastrada desde el origen por la idea de dominio del territorio mediante la visión, como muestran los "panoramas" militares

Hernández León arranca su ensayo con la discusión clásica acerca del origen de la palabra "paisaje" -en su acepción de raíz latina-, o "landscape', en su versión nórdica, ambas sin embargo con un núcleo de significación común: la "tierra" o el "territorio". El término paisaje queda así lastrado desde el origen, determinado por la idea de dominio del territorio mediante la visión. Los "panoramas" militares que servían para representar el escenario territorial donde localizar al enemigo a conquistar son la mejor muestra. El momento decisivo de nuestra moderna concepción del paisaje como dominio homogéneo llega con la pintura paisajista holandesa del XVII . No nos encontramos ante una nueva manera de ver, advierte el autor, sino ante una nueva forma de "decir lo que se ve".

Lo sublime y los monstruos

'Ser-paisaje', de Juan Miguel Hernández León es un libro tan breve como denso, un ensayo inagotable que excede las modestas posibilidades de una reseña. Partiendo de la pregunta por el paisaje, el autor brinda un seductor análisis de la atracción por lo sublime, una exégesis de la melancólica noción romántica del horizonte o un recorrido inquieto y fulgurante en busca de lo monstruoso y lo inhabitable. Le acompañan Durero, Walter Benjamin, Kant, Agamben, Deleuze, Heidegger, Derrida, Bataille, Miers van der Rohe, Merleau-Ponty...

O Edgar Allan Poe, con uno de cuyos cuentos concluye el libro. En 'El dominio de Arnheim', el escritor estadounidense, urdidor de memorables pesadillas, relata la historia de Ellison, un rico heredero esclavo de su propio perfeccionismo al que ya no le basta la belleza "habitual". Ni escultura, ni música o pintura, su apuesta definitiva es un ambicioso jardín-paisaje que canalice los esfuerzos de la naturaleza en pos de la belleza física convenientemente adaptados a los ojos humanos. Tras una larga búsqueda, cuando subido a una canoa y perdida la orientación, encuentra al fin el lugar idóneo, se pierde irremediablemente en él: "es como un sueño, en que se mezclan ante los ojos los altos y esbeltos árboles de Oriente, los arbustos boscosos, las bandadas de pájaros áureos y carmesíes, los lagos bordeados de lirios, las praderas de violetas, tulipanes, amapolas, jacintos y nardos, largas e intrincadas cintas de arroyuelos plateados, y surgiendo confusamente en medio de todo esto la masa de un edificio semigótico, semiárabe, sosteniéndose como por milagro en el aire, centelleando en el poniente rojo con sus cien torrecillas, minaretes y pináculos, como obra fantasmal de silfos, hadas, genios y gnomos"...

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