Adele y los ocho pelotazos de sangría
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Adele y los ocho pelotazos de sangría

La cantante, inexplicable versión cool y dicharachera de Céline Dion, exhibió poderío vocal y regaló anécdotas salvajes en un Palau Sant Jordi dominado por el público británico

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La cantante Adele (Gtres)

Un secreto: en el exterior del Palau Sant Jordi los conciertos suena mucho mejor que en los pasillos interiores del recinto. Son las nueve de la noche y con el cielo rosado y Barcelona a los pies, la voz de Adele en 'Hello' se expande como en un spot publicitario de la ciudad. En cierto modo, lo es. En la entrada, la frase más repetida es: "Show me the ticket, please".

Dentro, la voz portentosa de la cantante londinense pone a prueba las estructuras de cemento y metal del recinto. El cemento resiste y rebota sus decibelios, pero el metal se estremece y vibra, de modo que las decenas y decenas de puertas metálicas y las barras de bebidas generan un estruendo insufrible. Es un efecto colateral del poderío vocal de Adele; sobrio en las formas, pero huracanado en su potencia. Huracanado y en blanco y negro, pues la gigantesca pantalla que tapa a la banda y la muestra sola en escena proyectará principalmente imágenes en blanco y negro. Ver un concierto de Adele en 2016 se parece mucho a ver un programa de televisión de 1966.

Una de las primeras sorpresas de la noche es que durante 'Hometown glory' se proyectan imágenes de la Sagrada Familia y demás enclaves turísticos de Barcelona; lo cual acentúa la confusión de si estamos en un concierto o en un anuncio de Barcelona como feliz destino vacacional. La siguiente sorpresa desmonta la tesis: en 'One and only' se alza la pantalla y por fin vemos a los músicos de la banda, el piano de cola, las tres coristas y la sección de cuerdas. Esto no es un anuncio ni un plató de televisión de 1966. Es un concierto, aunque el repertorio sea el mismo de cada noche. (Se puede consultar en la misma web a la que acudimos los periodistas).

La voz y la carcajada

Los críticos vamos a ver a Adele para comprobar si su voz emociona -o nos emociona-. De algún modo hay que explicar este fenómeno. Sus cifras de ventas son la salvación de la industria discográfica, así que Adele es casi una cuestión de estado como lo fue Oasis en los 90. En Inglaterra no puede no gustarte. Desde España, en cambio, podríamos verla como una Luz Casal: una cantante melódica prodigiosa, de trato cercano y cuyo repertorio cautiva a todo tipo de público. Por muy diferente que sea la música de Luz y la de Adele, ambas responden a un mismo perfil de cantante para todos los públicos. Al fin y al cabo, Adele es una veinteañera haciendo música para adultos, así que apela a veinteañeros y a sus padres y madres. Y no hay nada más gratificante para el público más adulto que sentir su viejo gusto reforzado por la música con la que triunfan las nuevas generaciones.

'Hello'

Adele tiene una tesitura más humana que las cantantes de r&b del momento; lo cual no es mejor ni peor, pero sí la desmarca. Consciente de la capacidad de sus cuerdas vocales, abusa de ellas hasta el aburrimiento en 'Send my love (to your new lover)'. Y cuando las composiciones no dan la talla, caso de 'Don't you remember' y 'All I ask', su elogiado registro no las redimensiona, prueba de que Adele es una cantante y no una intérprete. La apisonadora promocional ha generado una extraña unanimidad respecto a su cancionero, pero 'Chasing pavements' podría haber formado parte del repertorio soul blanquecino de Lisa Stansfield, mientras que 'Million years ago' no le llega ni a la suela del zapato al 'Gwendolyne' de Julio Iglesias. En cambio, cuando canta sobre sus partituras más excepcionales, las de 'Someone like you' y 'Rolling in the deep', resulta imbatible. No es la cantante, son las canciones. ¿Que si emociona? ¿U-ni-ver-sal-men-te? Para eso harían falta encuestas y estadísticas, así que cada cual se sabrá lo suyo.

Sin embargo, hay algo extraordinariamente genuino en Adele y no es su voz, sino su manera de comportarse en el escenario. Habla con un acento de barrio que solo pueden descifrar los espectadores ingleses. Y habla por los codos. Suelta lo primero que le pasa por la cabeza. Y si coge carrerilla puede estar tres o cuatro minutos de cháchara, sin preocuparle que el ritmo del concierto se parta por la mitad. A veces le da por explicar el origen de la canción y el momento emocional que atravesaba cuando la compuso. A veces, empieza a enlazar anécdotas y chascarrillos a la velocidad del rayo. Quienes no cazamos del todo su acento sabemos que ha acabado cuando lanza una carcajada aún más huracanada que su voz. Adele da un poco de miedo cuando ríe, la verdad. Y el público ríe con lo fuerte que ríe Adele.

La borrachera barcelonesa

"Os voy a contar una historia. La última vez que canté en Barcelona, la noche antes del concierto, me tomé ocho pelotazos de sangría y me llevé dos botellas de vino al hotel. En esa época me lo bebía todo. Al despertar, la habitación estaba bañada en sangre. Luego supe que lo que pasó fue que vomité a lo bestia y la sangría quedó esparcida por toda la habitación".

'Someone Like You'

Esta es Adele, sincerándose entre canción y canción ante 16.000 personas. Esta noche lo hará de nuevo. El público atiende a sus explicaciones atónito y entusiasmado. Desde luego, no es el tipo de anécdota que estamos acostumbrados a oír de una estrella del pop. Y menos, a medio concierto. Pero Adele se comporta como si estuviese en un pub explicando a sus colegas su última borrachera barcelonesa. Y en cierto modo, es así. Su dicción cerradísima y veloz es indescifrable para el público local, pero el recinto está lleno de ingleses. Ella misma ha hecho la prueba. "¿Cuánta gente de Barcelona hay aquí?" ¡Ueeeee! "¿Y de España?" ¡Ueee! "¿Y de Inglaterra?" ¡Uuuuuueeeeeeeeee!

En la última grada del Sant Jordi abunda el público inglés. Miran el escenario como si estuvieran viendo un programa televisivo de variedades. Ríen con las ocurrencias del presentador y se emocionan con las canciones de los artistas invitados. Pero aquí el presentador y el artista invitado es el mismo. Adele es un caso extraño: les hace reír y les emociona. La empatía con ella es absoluta. Lo es cuando dice "mi culo es demasiado grande para este taburete" y cuando canta 'I miss you'. Cuando pregunta "¿hay alguien borracho por aquí?" y cuando pide a todo el público que le monte una ola de brazos como las de los estadios de fútbol.

Es un caso extraño: les hace reír y les emociona. La empatía con Adele es absoluta

Es innegable: su talante desconcierta cuando intentas compararla con el resto de estrellas que frecuentan el Palau Sant Jordi. Adele se traslada a un pequeño escenario ubicado en medio de la pista y saluda personalmente a decenas de fans. "Gracias, cariño". "Gracias, querida". "Oh, encantadora". Adele es muy saludosa. Parece la Reina de Inglaterra saludando a la plebe. ¡No! Parece una plebeya imitando a la Reina de Inglaterra cuando saluda a la plebe. Según cómo, parece ensayar para sustituir a Céline Dion en Las Vegas dentro de dos o tres décadas.

¿Qué es Adele?

Meses atrás pregunté al profesor de crítica pop Carl Wilson, el autor del libro 'Música de mierda', si Adele era la heredera de Céline Dion. Esta fue su respuesta: "Tienen en común su registro estilístico y emocional, pero Adele es más cool, más hip y está más claramente al mando de su carrera que la Céline de los inicios. Fíjate en lo franca y salada que resulta en las entrevistas. Además, ella es autora de las canciones, lo cual le da más crédito que a Céline. Creo que el público las escucha a las dos por las mismas razones, pero hay un abismo generacional y social entre ambas".

'Set Fire To The Rain'

Yo también veo en Adele a una Céline Dion extrañamente cool y sorprendentemente suelta y resuelta pese al lugar de privilegio que ostenta en la industria del ocio. Pero todo puede ser parte del espectáculo. En un momento del concierto escoge a una chica al azar. "¡Tú, la que lleva una camiseta con mi cara: ven!". La chica sube al escenario. Se llama Cristina y es de León. Es la típica escena de estrella-concede-audiencia-a-fan. La de Springsteen y cualquier otro. Pero en la vida he visto el Sant Jordi tan plagado de publicidad del 'merchandising'. Hay gigantescas lonas verticales y horizontales colgadas por todo el recinto. Algo después, Adele venderá sus fotos de infancia para ilustrar 'When we were young', tal como hace Beyoncé y tantas otras. Y cuando abandone el escenario, Adele no se irá a pie, sino desapareciendo bajo tierra mediante una plataforma hidráulica. Una plataforma circular y discreta, sí. Pero, al fin y al cabo, un mecanismo que solo usan las estrellas del pop. Las más altivas y las más dicharacheras.

Entonces, ¿quién es Adele?

Adele es aquel policía con boina y porra que tenía que velar por nuestra seguridad pero hacía fotos del concierto a escondidas de su jefe.

Adele son tres de las cuatro dependientas de la tienda de merchandising abandonando su puesto para cantar 'Someone like you'.

Es una Céline Dion extrañamente cool y sorprendentemente suelta y resuelta

Adele es esa adolescente pija que alecciona a su madre sobre cómo debe fotografiarla con el escenario al fondo y el pelo cubriéndole la mejilla.

Adele son tres espectadores parapléjicos revolviéndose de emoción en sus sillas de ruedas mientras suena 'Set fire to the rain'.

Adele es una jefa de seguridad que llama la atención a una subalterna... para decirle que dos metros más abajo verá mejor la lluvia de confeti en 'Rolling in the deep'.

Adele es ese chico extasiado que, ya en la calle, sintetiza lo que ha sentido esta noche: "¡Me encantaría irme de fiesta con Adele!".

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