'campo cerrado. arte y poder en la posguerra española'

"A los rojos hay que vencerlos también en el arte"

El Museo Reina Sofía dedica una descomunal exposición con casi mil obras al arte de los vencedores y de los vencidos de los años cuarenta, una de las décadas más grises y desconocidas del país

"A los rojos hay que vencerlos también en el Arte", escribía Ernesto Giménez Caballero, escritor e introductor del fascismo en España, en 'La voz de España' el 19 de mayo de 1938. "Muchachos que pintan "todavía" como Dalí, Max Ernst, la Laurencin, como la Escuela de Picasso, como la Escuela Superrealista. Es decir, como los "rojos". Muchachos que hacen versos "todavía" como Juan Ramón Jiménez, como Lorquita, como Cocteau, como la Escuela pura de Paul Valery. (...) Mientras líricamente no se puede interpretar nuestra grandiosidad civil, la mejor estrofa es oir los ritmos dionisíacos del canón o la poesía frenética de la ametralladora. O las cadencias épicas de las bombas trimotor".

Nada más acabar la Guerra Civil, en esa España tan gris como en blanco y negro de vencedores y vencidos, el arte se convirtió en otra de las herramientas de imposición. Un mecanismo tan válido como cualquier otro, como expresaba Giménez Caballero en este artículo, para doblegar, pero también para resistir. Los años cuarenta son uno de los grandes agujeros negros de nuestra historia. Un periodo prácticamente eclipsado tanto en la historia como en el arte a la sombra de la contienda y de la eclosión vanguardista y abstracta de los cincuenta. Esa década de la España de los vencedores y su (re)construcción propagandística del país y de los vencidos y exiliados, a pesar de todo, no fue un páramo en lo artístico. Desde uno y otro lado se abordó en la pintura, la escultura o el humor gráfico la realidad de ese país en blanco y negro destrozado por la metralla y la pérdida.

'Retrato de Agustín Zancajo Ossorio', Pancho Cossío (1944) (MAS)
'Retrato de Agustín Zancajo Ossorio', Pancho Cossío (1944) (MAS)

El Museo Reina Sofía se fija en ese periodo en 'Campo Cerrado. Arte y poder en la posguerra española. 1939-1953' (desde hoy y hasta el 26 de septiembre), una descomunal exposición fruto de más de tres años de estudio en la que se exponen casi 1.000 obras, muchas de ellas inéditas, recuperadas tras años perdidas como un Dalí o adquisiciones para la ocasión de Tàpies o Castellanos, para demostrar cómo el arte influyó en "uno de los momentos más sórdidos de la historia de España y en un periodo complejo no lo suficientemente conocido", aseguró ayer el director del centro Manuel Borja-Villel. "Esta exposición es la punta del iceberg", añadió la comisaria María Dolores Jiménez-Blanco, que explicó que proponen un recorrido no como consecuencia de la Guerra Civil ni como predecesor de la vanguardia sino "acercanos a los cuarenta desde los propios cuarenta".

La muestra toma su nombre de Max Aub y su 'Campo cerrado', la primera novela de 'El laberinto mágico' que escribió desde su exilio en París nada más terminar la Guerra Civil, porque estos años son efectivamente un laberinto donde se entrecruzan vencedores y vencidos, las cárceles con el circo y el teatro, el mundo rural ideal y el devastado urbano, el exilio y la exaltación, el canon clásico y la vanguardia. Es decir, las dos caras de una misma España vistas desde el arte (pintura, escultura, dibujos, filmaciones, revistas y documentos) de la dictadura, que supone alrededor de un tercio de la exposición en palabras de la comisaria, y el de la resistencia. 

La (re)construcción y el arte

'Entre Argelès-sur-mer y le Barcarès', Robert Capa (1939) (Museo Reina Sofía)
'Entre Argelès-sur-mer y le Barcarès', Robert Capa (1939) (Museo Reina Sofía)

Primo de Rivera, Zancajo Ossorio y Ramiro de Ledesma prácticamente reciben al público inmoratlizados con sus camisas azules y arengando a las masas gracias al pincel de Pancho Cossío. Es la España de los vencedores, de la heroización de los falangistas y del culto monumental y fastuoso a los caídos. Es la nueva España de la propaganda, del miedo y de la (re)construcción de un nuevo país que quiere asentarse en la heroica de la guerra y en los valores morales de la dictadura a través de revistas como 'Vértice' o 'Haz' del Sindicato de Estudiantes Universitarios. Santos Yubero retrata en sus instantáneas cómo la dictadura se mete hasta el tuétano del país desde los coros de las juventudes hitlerianas hasta en el calzón de los boxeadores. 

Paralelamente también es la España de la salida al exilio, como inmortaliza Robert Capa en sus instantáneas, de la incertidumbre que plasman en sus dibujos Clavé y Narro o del temor ante el poder que van adquiriendo los fascismos en Europa, algo que lleva a artistas como Kandinsky a crear la carpeta de grabados 'Fraternity' o que queda patente en obras como 'El enigma de Hitler', de Dalí.

Por su parte, el arte oficial, marcado claramente desde la Bienal de Venecia de 1938 -con el pabellón español comisariado por Eugenio D'Ors por invitación de Mussolini-, impone recuperar la tradición de la llamada escuela española, que no persigue otra cosa que reeducar el arte español hacia los valores de la dictadura y ensalzarla en el extranjero. Se trata de una vuelta al academicismo incluyendo nombres como Dalí para dar sensación de aperturismo. En esta bienal se expone 'Mi familia', de Ignacio Zuloaga, y también de esta tendencia es 'Escuela de Doloriñas', de Julia Minguillón, que ganó la primera medalla de la sección de pintura de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1941 y con un tema muy republicano como eran los maestros.

'Retrato del embajador Juan Francisco Cárdenas', Salvador Dalí (1943) (Colección Vadium Shulman)
'Retrato del embajador Juan Francisco Cárdenas', Salvador Dalí (1943) (Colección Vadium Shulman)

Luis Castellanos, Cirilo Martínez Novillo, Daniel Vázquez Díaz son los pintores de una época en la que D'Ors crea la Academia Breve de Crítica de Arte con sus elitistas Salones de los Onces. En ellos se pueden ver obras como 'Parafaragamus', de Tàpies, o el 'Retrato del embajador Cárdenas', de Dalí, un lienzo que fue muy expuesto en los cuarenta y ha estado en paradero desconocido desde hace tres décadas. Con el Escorial de fondo y los personajes centrales de 'La rendición de Breda', de Velázquez, es buen reflejo de la tensión que se marcó la época entre el canon tradicionalista y las vanguardias. Esa recuperación del ayer es la primera visión academicista en el sentido más puro que se impone desde la dictadura en el arte español. Una vuelta a los estudios clásicos, a los valores de Velázquez y El Greco como ejemplifica esta obra de Dalí o 'Muerte de un soldado', de Pere Pruna.

A pesar de ello, las nuevas corrientes no dejaron de existir en España y asentaron las bases para la revolución artística de la década posterior como el surrealismo, aunque de lado, fue un refugio para muchos pintores que veían en este movimiento la oportunidad de infiltrar la crítica social. El postismo, irreal y surrealista pero considerado irreverente por el nacionalcatolicismo, se impone en esta época como primer intento de recuperar el espíritu de las vanguardias. "Se pensaba que el postismo era parecido al ultraísmo", asegura la comisaria, pero en realidad nace de la literatura. Su objetivo era "ante todo preconizar la exaltación del factor imaginario", explicaban sus creadores, Chicharro hijo y De Ory en la revista 'La estafeta literaria' y fue el desencadenante de que en el mundo plástico calaran las nuevas tendencias artísticas, como se puede ver a través de piezas de Francisco Nieva, Carlos Edmundo de Ory o Nanda Papiri

'Sin título', Nanda Papiri
'Sin título', Nanda Papiri

El primitivismo le toma la partida. Propulsado por la llamada Escuela de Altamira, propugna la reivindicación del arte prehistórico como modelo creativo para conectar, por un lado, con lo primitivo y popular y, por otro, con lo inocente y mágico. Miró fue uno de los grandes referente de este movimiento. Obras de sus fundadores como Goeritz conviven con la grupo Dau al Set, que entronca el surrealismo anterior con el informalismo al que después derivarían Tàpies, Tharrats, Brossa o Cirlot. El punto de inflexión llegará en la IX Trienal de Milán de 1951, utilizada por la dictadura para abrir internacionalmente a un país aislado, dar la imagen de una España que ha decidido recuperar su discurso moderno por media la historia de su arte más popular pero sin dejar, con obras obras de Benjamín Palencia o Daniel Vázquez Díaz, de apoyar una modernidad de la que en los cincuenta se apropiará el régimen franquista y dará paso a la abstracción informalista.

El valor supremo de lo rural

'El blat III', Josep Ginovart (1948) (Colección particular)
'El blat III', Josep Ginovart (1948) (Colección particular)

El campo es una pieza nuclear de esta exposición del Reina Sofía. Es el lugar donde ocurre esa reconstrucción y representa el ideal de vida frente a la pecadora y degradada ciudad (además de en ruinas). "Se decía que siempre se hacen más paisajes en las posguerras porque permitían cierta neutralidad pero hemos visto cómo los paisajes de la época responden de una manera clara a una serie de indicaciones marcadas por el régimen dirigidas a la exaltación de lo popular", apunta Jiménez-Blanco. Obras de Guinovart, José Guerrero, Brotat o Godofredo Ortega Muñoz dan cuenta de esa renovación plástica de trigales e imágenes idílicas basada en el mundo rural. 

Frente al campo, Santos Yubero en Madrid y Otto Lloyd en Barcelona exhiben la vida en las ciudades más desoladas pero también tradicional con sus toros y romerías. Frente a ellas, la resistencia de revistas clandestinas como 'Pueblo Cautivo', con dibujos de la pluma de Álvaro Delgado, 'La Codorniz' o las obras de Robledano y Viglietti. En ambos entornos, la exposición también se detiene en el ambiguo papel de la mujer diseñado por la Sección Femenina de Falange a través de fotografías de Férriez y Kindel, y en el cine y el teatro. El primero, como instrumento de propaganda, y el segundo como refugio de los artistas que no querían o podían tener un papel muy visible. Igual ocurre con la arquitectura. Se pone al servicio del poder crear una mastodóntica España que transmita la imagen de modernidad y, a su vez, será la piedra angular de la IX Trienal de Milán, como se puede ver en maquetas y bocetos de la Ciudad Universitaria de Madrid o el Arco de la Victoria.

El exilio exterior e interior

'Calavera', de Picasso (Efe)
'Calavera', de Picasso (Efe)

"No vimimos acá, nos trajeron las ondas. / Confusa marejada, con un sentido arcano, / impuso el derrotero a nuestros pies sumisos". Así comienza 'Nos trajeron las ondas', un poema escrito por José Moreno Villa en los 'Cuadernos Americanos' en 1944. La muestra se detiene profusamente tanto en ese exilio exterior, con la pérdida dándose la mano con la fascinación por los nuevos mundos, como el exilio interior, el de la nostalgia de los que se quedan. Ambos caminos centran las obras de los republicanos que arrancan con la voz de Miguel Molina y obras de Josep Renau; José Moreno Villa; Hermengildo LanzManuel Ángeles Ortiz; Remedios Varo; Maruja Mallo; Jorge Oteiza, Luis Seoane, Baltasar Lobo o Francisco Boro. En ellas se palpa ese estado de dolor y abandono que acompañó a de los exiliados pero también la integración y el descubrimiento de nuevas tierras sin llegar a dejar de lado el sentimiento apátrida.

'Serie Barcelona II', Joan Miró (1944) (Fundación Joan Miró)
'Serie Barcelona II', Joan Miró (1944) (Fundación Joan Miró)

Especial importancia tienen en esta zona dos salas independientes dedicadas a Picasso y Miró. La dedicada al malagueño recoge cómo mientras Picasso exponía en el MoMa su 'Guernica', en España era uno de los grandes enemigos de la dictadura. Se exhibe la ficha de la Dirección General de Seguridad desde 1944 cuando se afilió al Partido Comunista de Francia junto a obras como 'Mujer sentada en un sillón gris', un óleo que terminó el mismo día de la capitulación de la República que evoca su célebre lienzo, o 'Calavera', una escultura de bronce y cobre y otra en papel rasgado procedentes procedentes del Museo Picasso de Málaga. Miró, instalado en Mallorca desde 1942, representa por su parte ese exilio interior con su 'Serie Barcelona', seis litografías en las que deja patentes su preocupación por la situación española y europea.

También destacan en esta década, desde la tendencia más tradicionalista y la vanguardista, el arte que se hacía en las cárceles de la resistencia y la redención. Obras de los que no estaban dispuestos a olvidar las cicatrices de la guerra, como 'Iban a comunicar', de José Manuel Díaz Caneja, 'Cárcel', de Aurelio Suárez, o los sobrecogedores dibujos de resistencia que hizo José Robledano Torres desde los penales de Porlier y Valdenoceda retratando al 'homo sacer', el habitante género de las prisiones cuya representación individual queda reducida a una expresión de imago mortis.

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