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Dioses, tumbas y faunos: el inagotable misterio del pueblo etrusco
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la fascinación de D.H. Lawrence

Dioses, tumbas y faunos: el inagotable misterio del pueblo etrusco

Gatopardo Ediciones publica en España 'Tumbas etruscas', un librito breve y encantador en el que D.H. Lawrence relata su fascinación por la civilización etrusca

Foto: 'Tumba de los Leopardos'. Necrópolis de Monterozzi, Tarquinia, Italia
'Tumba de los Leopardos'. Necrópolis de Monterozzi, Tarquinia, Italia

Cuando el novelista británico D. H. Lawrence (1885-1930) emprendió al fin tras la primera guerra mundial su tantas veces aplazado viaje a la busca del secreto del pueblo etrusco, creyó ver a un fauno en las inmediaciones de Caere (hoy Cerveteri), en el accidentado Lacio. Se pavoneaba sonriente en la boca de una cueva con sus ojos amarillentos, su bigotito negro, sus piernas peludas y su morral. El sortilegio duró un instante, hasta que el campesino subió a su flaco caballo y desapareció. "Ahora apenas se ven a esos hombres con la expresión inconsciente e imperturbable del fauno. Al parecer los mataron a todos en la guerra: era imposible que sobrevivieran a semejante contienda".

Tampoco sobrevivió, muchos siglos antes, el majestuoso y pacífico pueblo etrusco al imparable empuje de Roma. No los exterminaron a todos porque eran demasiados, aclara el autor de 'El amante de lady Chatterley', pero sí su existencia como nación y como pueblo. Sólo quedan algunos breves y despectivos comentarios de los escritores latinos y, sobre todo, esas tumbas que han fascinado a generaciones de aventureros, buscavidas y arquéologos. "Así que hemos ido a las tumbas, o a los museos que conservan lo que se saqueó de ellas".

Lawrence fue uno de aquellos peregrinos hombres de letras que gastaban suelas y cuartillas en viajes que nunca terminaban. Acompañado de su inseparable Frieda recorrió Alemania, Austria, Italia, Ceilán, Estados Unidos, México... Él lo llamaba su "peregrinación salvaje" porque no era estrictamente voluntaria: su obra vitalista en la que exploraba sin tapujos la sexualidad humana y las amenazas de la modernidad atrajo sobre sí la censura y la persecución oficial. Ayer "pornógrafo", hoy "visionario", era imposible que la sensibilidad de Lawrence no se topara un día con los enigmas de Etruria.

Ahora Gatopardo Ediciones publica en España 'Tumbas etruscas', el librito breve y encantador en el que Lawrence registró su llegada a Caere una soleada tarde de abril. "En la ajetreada Caere, cuando Roma era todavía un mísero villorrio, había un barrio entero de colonos griegos, de Jonia, o tal vez de Atenas. En torno al año 390 a.C., los galos cayeron sobre Roma. Los romanos se llevaron a las vírgenes vestales, a las mujeres y a los niños a Caere, y los etruscos cuidaron de ellos en su opulenta ciudad. Es posible que alojaran a las vestales refugiadas en esta roca. Y también puede que no. De hecho Caere pudo no estar exactamente aquí..."

Las tumbas pintadas de Tarquinia

Los etruscos lo construían todo con madera, las casas, los templos, todo menos las murallas de las fortificaciones, las puertas y los puentes. "Así que las ciudades etruscas desaparecieron por completo como flores". Pero edificaban sus tumbas bajo tierra, en las laderas de los promontorios enfrentados a las colinas en cuyas cúspides se alzaban sus ciudades. De esta forma, enfrente de la ciudad de la vida podían contemplar la ciudadela de la muerte, esas vastas necrópolis que encarnaban su obsesión por la vida ultraterrena.

En aquellos palacios oscuros, como el de los Tarquinios, la familia cuyo reyes gobernaron los primeros días de Roma, Lawrence encontró una calma curiosa y peculiar. Dentro de los túmulos se depositaban las urnas con las cenizas de los esclavos mientras a los señores se les tumbaba en grandes sarcófagos de piedra o terracota con todas sus galas, o los depositaban sin más sobre un ancho banco de piedra. Nada de eso queda ya. Sólo sus sobrecogedoras pinturas que enseñan que para el etrusco la muerte sólo era una agradable continuación de la vida, "con joyas, vino, y al son de las flautas que invitaban a la danza". Por cierto que acompañaban a los féretros, cual pretoriana guardia, incontables símbolos fálicos, o 'lingams', tallados en roca.

Pero el centro de la obra de Lawrence lo ocupan las citadas tumbas pintadas de Tarquinia, la Tumba de la Caza y la Pesca, las innumerables representaciones de banquetes fúnebres en los que corre el vino mientras esclavos desnudos tocan extraños instrumentos musicales, la Tumba de los Leopardos o la de los delicados bailarines del Triclinio. "Las escenas sencillas encierran un misterio y un portento que va más allá de la vida normal. Todo parece alegre y luminoso, pero posee un peso, una profundidad de significado que sobrepasa la belleza estética".

La Tumba de los Leones, la del Muerto, la de la Doncella, la de las Vasijas Pintadas, la del Viejo... Lawrence nos acerca en las páginas de este libro a aquel pueblo secreto que precedió a Roma para ser aniquilado por ella. Tan distinto... "Para el etrusco todo está vivo; el universo entero vivía; y la labor del hombre era vivir en él. Tenía que insuflarse vida a partir de la enorme vitalidad del mundo. El cosmos estaba vivo, igual que una gigantesca criatura. Todo se agitaba y respiraba".

Cuando el novelista británico D. H. Lawrence (1885-1930) emprendió al fin tras la primera guerra mundial su tantas veces aplazado viaje a la busca del secreto del pueblo etrusco, creyó ver a un fauno en las inmediaciones de Caere (hoy Cerveteri), en el accidentado Lacio. Se pavoneaba sonriente en la boca de una cueva con sus ojos amarillentos, su bigotito negro, sus piernas peludas y su morral. El sortilegio duró un instante, hasta que el campesino subió a su flaco caballo y desapareció. "Ahora apenas se ven a esos hombres con la expresión inconsciente e imperturbable del fauno. Al parecer los mataron a todos en la guerra: era imposible que sobrevivieran a semejante contienda".

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