cultura y agitación

Adiós a 2015: El año en que tampoco hicimos la revolución

¿Por qué ha desaparecido la palabra revolución de nuestro vocabulario político?

Foto: Manifestación contra Mubarak en la plaza Tahrir en 2012 (EFE)
Manifestación contra Mubarak en la plaza Tahrir en 2012 (EFE)
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Caminando por el metro de Tribunal, en el centro de Madrid, me cruzo con un anuncio que promete la revolución. No se trata de tomar la Zarzuela, la Moncloa o el Bundestag, sino de participar en la "revolución sexual” que supone apuntarse a una nueva red social de citas. Mercedes Benz usó en 2012 la imagen de Ernesto 'Ché' Guevara para vender sus productos y en 2011 Movistar se apropió en 2011 de la imagen de las asambleas del 15M para una de sus campañas. 

El problema se formula por sí solo: ¿cuándo dejó de ser la revolución una aspiración política de la izquierda para convertirse en la palabra favorita de las agencias de publicidadnbsp; Proponemos cuatro preguntas a cuatro ensayistas y/o novelistas de renombre que han reflexionado en sus libros sobre este tipo de conflictos. .   

PREGUNTA. La palabra "revolución" parece haber desaparecido del vocabulario político actual. En cambio, está muy presente en la industria publicitaria. ¿A qué atribuyen esta situación?

Patricio Pron: No creo que sea fácil decirlo, pero supongo que se debe al hecho de que la imposibilidad práctica de su realización convierte ciertas ideas en mitos; es decir, en relatos vertebradores de una idea de sociedad de los que ésta puede disponer a su antojo, también (y principalmente) para perpetuarse mediante el consumo.

Vivimos la espectacularización de la política en detrimento de la politización de la cultura
Marta Sanz: Vivimos  la espectacularización de la política en detrimento de la politización de la cultura. Los políticos dan espectáculo y el votante es un cliente que valora lo bien o lo mal que le venden la mercancía: la gestualidad de Sánchez, la campechanía de Rajoy, la seguridad que transmite Rivera, la luz, el maquillaje... El hecho de que a la palabra "capitalismo" se le haya podido sumar el adjetivo "filantrópico" y que en ese oxímoron se cifre la esperanza del planeta, nos da una idea de hasta qué punto a las palabras las carga el diablo y hasta qué punto se ha producido un robo sistemático del lenguaje: la libertad es solo la de comprar y vender, la revolución es la de los anuncios de compresas o los coches más veloces, la caridad que sirve para engrasar los ruedines de un sistema intrínsecamente injusto se considera bondad y acción política...

Por otro lado, la idea de la revolución implica violencia y sangre, y no estamos dispuestos a derramar sangre ni a ejercer la violencia: tenemos miedo de perder lo poco que hemos conquistado. Al miedo -absolutamente legítimo- se une el hecho de que la violencia es una palabra estigmatizada siempre que no se ejerza desde el poder. Condenamos como actos violentos el puñetazo a Rajoy, condenamos los escraches, pero no identificamos como violencia el paro, la desigualdad salarial, los desahucios, la precariedad laboral, la explotación infantil, las privatizaciones, la liberación de países a través de las guerras. Todas esas cosas que son de una violencia inaudita.

'El comunista manifiesto'
'El comunista manifiesto'

Iván de la Nuez: Tal vez haya que remontarse al reaganismo y a su “revolución conservadora”. A partir de ahí se hizo evidente que el capitalismo podía usar el arsenal simbólico revolucionario despojándolo de su tradición subversiva. El colapso del comunismo, cuyos activos simbólicos fueron colonizados, remató esa tendencia. Desde entonces, todo eso ha sido “usado” en la publicidad y encapsulado en el arte, los campus universitarios y un insoportable ready made que ha colocado a la revolución en los lugares en los que queda envasada al vacío.

Ramón González Ferriz: Por supuesto, utilizar la palabra "revolución" para vender zapatillas Nike, ordenadores Apple o cualquier otra cosa es una frivolidad, pero parece que es efectiva y ya está en el centro del capitalismo: si eres un rebelde, si estás contra el sistema, si eres único, compra esto (por supuesto, como mucha gente quiere ser rebelde y estar contra el establishment, lo comprará, por lo que ya nadie será único por tener ese objeto, pero qué se le va a hacer). Por un lado, si no eres muy partidario de la revolución, es una buena noticia: una palabra que entraña enormes riesgos se ha convertido en un eslogan intrascendente. Si te gustaría que se produjera una verdadera revolución, te puede parecer lo más irritante del mundo. De todos modos, es habitual que el lenguaje bélico, por así decirlo, adopte usos civiles.

P. En los últimos año abundan los libros que repasan los errores de las revoluciones de los sesenta y setenta, pienso por ejemplo en 'Tumulto' (Hans Magnus Enzensberger), 'Tigre de Papel' (Olivier Rolin) o 'Los jardines de la disidencia' (Jonathan Lethem). ¿Hay alguna novela o ensayo de este estilo que les parezca especialmente acertado? ¿Por qué?

Parte de lo interesante de estar políticamente vivos es que nuestros esfuerzos sólo tendrán sentido para los que vengan después
Patricio Pron: Me gustó mucho 'Tumulto', por su ironía y también porque ponía de manifiesto que toda época, incluyendo la nuestra, es un galimatías para sus contemporáneos, que lo que posteriormente es leído como un relato coherente no es más que una suma de contradicciones, esfuerzos y desencantos, y que parte de lo que hace interesante estar intelectual y políticamente vivos es que nuestros esfuerzos sólo tendrán sentido para otros, que vengan después.

Ramón González Ferriz: A mí me gustó mucho 'La invención del paraíso: el Living Theatre y el arte de la osadía', de Carlos Granés, que publicó este año Taurus. Explica cómo un grupo de teatro norteamericano creyó de veras que las performances y los ritos teatrales podían dar pie a una revolución primero espiritual y luego, como consecuencia, política (eran tiempos de hippies y luchas por los derechos civiles). Lo mejor del libro es que retrata a esta gente como genuinos creyentes en el poder del arte como herramienta de transformación y, al mismo tiempo, como unos ingenuos que en realidad no entendían la política y acabaron jugándose la vida en Brasil bajo una espantosa dictadura.

'La revolución divertida'
'La revolución divertida'

También es muy interesante 'Los 70 a destajo: Ajoblanco y libertad', de Pepe Ribas, unas memorias de esos años en que en España parecía posible, al menos para una minoría, una revolución, pero cuyos protagonistas tampoco acababan de entender la política real y sus tremendas complejidades e intereses cruzados. Estos dos libros hablan de revoluciones básicamente pacíficas, es decir, revoluciones ya distintas de las clásicas como la francesa, la estadounidense, la china o la cubana.

Iván de la Nuez: Pienso en 'El hueco que deja el diablo', de Alexander Kluge, o en 'Obra de arte total: Stalin', de Boris Groys. Ambas fueron muy importantes para mi trabajo. Un libro fundacional –porque va al origen de todo- es 'Todo lo sólido se desvanece en el aire', de Marshall Berman. Mi curiosidad sobre el asunto me llevó a dedicarle dos libros: 'Fantasía roja' (2006) –sobre el caso concreto de la revolución cubana- y 'El comunista manifiesto' (2013) –sobre el caso más general del comunismo.

Parece que el llamado "mundo de la cultura" camina dos pasos por detrás de los cambios sociales. ¿Lo consideran algo negativo o más bien indiferente? ¿Por qué?

Patricio Pron: No me parece que esto sea algo especialmente negativo, ya que siempre he pensado que los cambios en el ámbito de las artes y de la cultura se producen más lentamente que en el de la política pero son más persistentes. Me preocupa más la expresión “mundo de la cultura”, que supone una abstracción de los procesos culturales de aquellos políticos y económicos que le dan origen.

El mundo de la cultura tradicional tiene una influencia decreciente en las opiniones políticas de la gente
González Ferriz: Hay una frase que me gusta mucho de un radical francés del siglo XIX, Ledru-Rollin: "Soy su líder: tenía que seguirles". Es perfectamente posible que sea apócrifa, pero creo que ilustra bien el papel de los intelectuales y los artistas (y también de los políticos) en una democracia. ¿Marcan tendencias o tienen buen olfato para detectarlas y tratan de ponerse al frente para medrar con ellas? Es imposible saberlo, y en realidad no importa. Creo que a muchos escritores que denuncian el establishment les está yendo muy bien -con razón, algunos son muy buenos-, hasta el punto de que ya forman parte del establishment.

Creo que eso es natural, que así funciona la cultura y que no hay nada de malo en ello. Pero en ese sentido no creo que lo que llamas "mundo de la cultura" vaya dos pasos por detrás de los cambios sociales. Quizá en algunas cosas lidere, quizá en otras sea oportunismo, de repente unas ideas que eran marginales encuentran acomodo en los grandes periódicos y editoriales y quienes ayer eran muy escuchados caen en desgracia porque repentinamente son vistos como un lastre del pasado. Sea como sea, creo que eso cada vez importa menos: diría que el "mundo de la cultura" tradicional, para bien o para mal, tiene una influencia decreciente en las opiniones políticas de la gente.

'El espíritu de mis padres...'
'El espíritu de mis padres...'

Patricio Pron: Acabo de leer treinta páginas de un libro muy celebrado donde alguien explica (para asombro de sus lectores, al parecer) que el capitalismo y la literatura están emparentados y que Robinson Crusoe es sobre hacer negocios. No es el libro el problema, sino su celebración, lo que me hace pensar que la literatura y el pensamiento de este país no están en un estado preindustrial, como yo creía, sino (ya directamente) preescolar, absolutamente infantil.

Marta Sanz: No estoy segura de que el mundo de la cultura camine dos pasos por detrás de los cambios sociales. Existen "culturas", propuestas concretas, acciones y proyectos culturales que han sido anticipatorios y han intentado intervenir en la realidad desde los márgenes. De lo que se trata es de que ese tipo de "culturas" lleguen a ocupar una posición centralidad. A partir de ese momento el desprestigio de una cultura, que se lo ha ganado a pulso por su talante asertivo respecto al poder, se transformaría en pertinencia. La cultura crítica nunca ha sido bien recibida por los que no quieren que nada cambie, de ahí que siempre la hayan puesto del lado de lo espectacular, lo bufonesco y lo prescindible. Pero la cultura nunca es inofensiva.  

Siguiendo en el mundo de la cultura, parece que se ha impuesto la idea de que la independencia de los partidos y movimientos es algo que debe prestigiarse entre artistas/intelectuales y que comprometerse con Ahora Madrid, Podemos, Barcelona en Comú, Compromís o las Mareas Gallegas fuese una especie de corsé o limitación para pensar. ¿Qué opinan de este enfoque generalizado?

Ramón González Ferriz: Los intelectuales y artistas son poco relevantes en la política actual. Los partidos políticos piensan en votos, y no sé cuántos votos te da el apoyo de un poeta insigne, de un brillante novelista o de un fino ensayista. Diría que pocos frente a los que te da estar con Bertín Osborne, Pablo Motos o Ana Rosa Quintana. No digo que me parezca mal: creo que la política tiene que estar donde está la gente, y la gente está en mucho mayor grado mirando la tele que leyendo. Y al mismo tiempo, creo que las ideas políticas de los intelectuales, como ha demostrado el siglo XX, no suelen ser más sensatas que las del resto de ciudadanos. Sin embargo, a mí me gustaría que los partidos políticos atrajeran a la gente más lista y competente, sean intelectuales o gestores. Tal vez sea una forma de elitismo.

Sólo me interesan los compromisos que admiten la autocrítica. Los palmeros, tradicionalmente, se han cargado a la izquierda
Iván de la Nuez: Sólo me interesan los compromisos que admiten la autocrítica. Los palmeros, tradicionalmente, se han cargado a la izquierda. Por otra parte, qué es lo que se quiere: ¿El cambio o el poder? Desde el plano cultural no veo ningún cambio, realmente. Hay un populismo descorazonador y una falta absoluta de entender la tradición de la izquierda. Stalin no suprimió el Bolshoi.  Sin embargo, estos movimientos que citas entendieron rápido el  paso al poder desde la política. Digamos que cuando alguien habla de conquistar el cielo, lo está diciendo como intelectual. Cuando la cosa va de algo más sencillo y a la vez terrible, conquistar el poder, entonces está hablando el político.

Marta Sanz: Todo eso proviene de la idea, políticamente interesada, de que la cultura se ensucia cuando se mezcla con la ideología y específicamente con la política. Como si existiera la posibilidad de la pureza en un contexto, ideológicamente marcado, violento y corrupto. También los silencios tienen significados ideológicos en un momento determinado de la Historia. Separar ideología y cultura no solo es una imposibilidad, sino una perversión: se sacraliza la segunda como modo de desactivar su potencial crítico o transformador. Se sacraliza la cultura para banalizarla. A la vez, se desacredita como ideológico todo pensamiento que no se coloque claramente a favor de la ideología hegemónica que, sin embargo, no se percibe como tal ideología, sino como lo natural

'Farándula'
'Farándula'

Se vende la idea de que los artistas sólo se deben a su arte y solo son buenos los artistas independientes, los que no se manchan, los que se colocan más allá del bien y del mal, olvidando que las maneras y las formas de expresión -los estilos, lo que se entiende como "compromiso" con el propio arte- son inseparables de lo que se está diciendo: las formas son ideológicas. Se olvida que lo que siempre ha definido el arte y la literatura perdurables son su intrepidez y su capacidad para ensuciarse, para ampliar la visión del mundo de los receptores a los que se dirige, para mirar desde otro lado y enfocar la realidad ante la que a menudo queremos taparnos los ojos. Esa es otra muestra de cómo nos roban el lenguaje y desvían el significado de las palabras para mantenernos sumisos y conformes haciéndonos creer que somos libres y rebeldes.

Patricio Pron:  A la vista de la escasa formación intelectual de los artistas/intelectuales españoles (y de los antecedentes; por ejemplo, la vinculación de los de la generación anterior con ciertos partidos), me parece que su rechazo al compromiso es muy beneficioso para propuestas políticas muy necesarias como las que mencionas.

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