CONCIERTO EN BARCELONA

Un tremendo lío llamado Madonna

La cantante mezcló obsesiones, decorados y géneros musicales en un espectáculo incomprensible y agotador

Foto: Gira de Madonna (Efe)
Gira de Madonna (Efe)

En un concierto de Madonna sólo existe Madonna. No puedes hacer otra cosa que mirarla porque ha diseñado el espectáculo para que no se te ocurra dejar de mirarla. Pero el 'Rebel Heart Tour' lleva tan al extremo su obsesión que uno acaba abrumado por la cantidad de imágenes, coreografías, cambios de escenario e ideas, a menudo contradictorias, que encadena. Ayer, en el Palau Sant Jordi, Madonna fue como ese niño caprichoso que saca todos los juguetes que le han regalado e intenta jugar con todos a la vez aunque nadie sea capaz de seguirle la corriente. ¿Quieres jugar a indios? ¿Con los bomberos? ¿A tirar piedras? ¿A pintar? ¿O hacemos pompas de jabón? ¿Quieres la bici? ¿El coche de policía? ¿Metemos el indio en el coche de policía y le tiramos una piedra mientras los bomberos hacen pompas de jabón? ¿¡Es eso a lo que quieres jugar!? ¡¡¿¡Madonna!?!!

Enumerar todo lo que hizo Madonna anoche en el Palau Sant Jordi llevaría su tiempo, pero se podría. Lo que resulta imposible es construir un relato. En esta gira suceden mil cosas, pero la mayoría no tienen ningún sentido. Ni siquiera en la cabeza de Madonna. Pero, vamos, se puede intentar...

Voy a empezar una revolución

Los controles de seguridad y cacheos impuestos a raíz de los atentados de París, medidas que no se aplicaron en el concierto de El Barrio, retrasan el concierto más de una hora. Incluso durante la actuación previa de Lunice, el escenario está cubierto por una lona gigantesca como esas que, mientras anuncian coches o colonias, cubren las fachadas en rehabilitación de los edificios más céntricos de la ciudad. La lona muestra a una Madonna en duplicado y la frase 'Rebel Heart'. Corazón rebelde podría ser un perfume.

Cae el telón.

Se proyectan imágenes de una Madonna ensangrentada.

La voz de Madonna dice 'Voy a empezar una revolución'.

Madonna conquista Barcelona

El escenario se llena de soldados como de peplum medieval.

Suena 'Iconic'.

Del techo desciende una jaula. Madonna va dentro.

Madonna dice que has nacido para ser una superestrella.

Suena 'Bitch I'm Madonna' y al fondo se ve el monte Fuji.

Los bailarines medievales parecen ahora japoneses.

Aparecen abanicos para todos los presentes en el escenario.

 

Madonna azota con su abanico a un bailarín; en el paquete.

Un pasillo en forma de cruz nace en el escenario y llega hasta media pista donde dibuja una forma de corazón. Cruz y corazón.

Hay que ver la de puñetazos y patadas que nutren la coreografía.

Suena 'Holy Water'.

Una pandi de monjas en paños menores se adentra por el pasillo y baila provocativamente en unas barras americanas con forma de cruz. Se supone que es la imagen más provocativa de la gira.

Cuesta creer que al Papa Francisco le ofendan estas chorradas.

Madonna se encarama a una de las cruces como quien trepa a un cocotero. Para sostenerse mejor, pisando las piernas de una subalterna que se ha colocado debajo en posición horizontal.

Mientras, en el escenario, los operarios han montado una mesa para emular la Última Cena. Madonna se apunta. Beben, ríen, rezan, se pegan. Uno de los comensales toma a Madonna en brazos, la deposita en la mesa, la abre de piernas y... Suenan las campanas.

Ya que la mesa está montada, Madonna canta allí tumbada 'Devil pray'. La arropa por un surtido multiconfesional de religiosos bailongos.

Vale, vale, vale... Descansamos un poco.

Gasolinera, toreras y maracas

Se ha consumido el primer bloque del concierto y no ha sonado ni una de las 30 canciones más relevantes de Madonna. Y lo que se dice bailar, poco. El segundo bloque tampoco aclara mucho el rumbo conceptual del tour.

Madonna aparece en un taller-gasolinera de los años 50 y canta 'Body shop'.

Madonna pide a tres bailarines cachas que muestren sus pectorales.

Madonna dice en castellano que todo es "muy caliente". Y lo repetirá cinco veces más antes de acabar el concierto.

Madonna se sienta sobre una pila de neumáticos y canta 'True blue', ahora que los mecánicos parecen un embelesado grupo de doo wop.

Madonna dice 'No' al miedo en Barcelona

Suena 'Deeper & deeper' y la pantalla del fondo muestra un jukebox, cuando el sonido house de la canción pertenece a una época en la que los jukebox ya habían desaparecido. Para rizar el rizo, los bailarines se marcan pasos de line dancing country. Ah, y el guitarra lleva sombrero vaquero.

Ahora entona 'Heartbreak city' desde una escalera de caracol y lanza al vacío al amante que le ha roto el corazón. Y desde allí arriba canta en plan Barbra Streisand un fragmento de 'Love don't live here anymore'. Claro que no vive; como que lo has tirado.

Madonna grita 'nobody fucks with the queen'. Y el pasillo en forma de cruz se vacía.

Madonna se la juega defendiendo 'Like a virgin' a solas, saltando como si fuera 1984, cantando con sus limitaciones y a remolque del tempo.

En 'Sex' se mezclan escenas de sado con fórmulas matemáticas. (?).

Justo después, aparecen dos toreras. Y una manada de bailarines con cuernos. Madonna coge un capote y se sacude a los toritos a capotazos.

Olé tú, coreógrafo.

El cuadro flamenco que se arma en 'La isla bonita' es de un kitsch inenarrable. ¡Venga toreras! ¡Y venga gitanas!

(Mira, por ahí detrás pasa Eva Hache).

A lo que estamos: se suman al cuadro nueve joaquíncorteses mientras se escucha de fondo el quejío flamenco de un cantaor invisible.

Y, de repente... ¡'Dress you up', en versión rumbera! Con bailarinas gitanas y otras de aspecto caribeño. (Cabe la posibilidad de que estas últimas tuvieran que salir a bailar 'La isla bonita' y hayan llegado tarde).

'Into the groove' con maracas. ¡'Into the groove' con maracas!

¿Quién es esa niña?

Es la segunda vez que Madonna reduce una canción al formato acústico y por segunda vez reina la sensatez en el Sant Jordi. Antes ha sido con 'True blue' y ahora es con 'Who's that girl?'. Cuando acaba, Madonna pregunta a los fans de la primera fila si no es eso lo que te pasas la vida preguntando: "¿quién es esa chica? ¿quién eres tú?". La pregunta, visto el desarrollo del concierto, es más que pertinente. Cuesta seguir a Madonna, la verdad. ¿Qué nos quiere decir? ¿Debemos luchar? ¿Debemos amar? ¿Debemos pecar? ¿Debemos luchar con el amor? ¿Debemos amar con la fuerza del guerrero?

Madonna (Efe)
Madonna (Efe)

El momento más vistoso del concierto llega con 'Illuminati'. Y, qué cosas, Madonna no está en escena. Son siete de sus bailarines, encaramados sobre siete barras flexibles, los que organizan una coreografía elástica que pudiera sugerir una crítica a la decadencia de occidente o al capitalismo de casino, pues los siete bailarines encaramados y otros más a pie de escenario llevan trajes negros y sombreros de copa y se los van robando unos a otros.

Estamos en el último bloque del concierto, el más contagioso de la noche. 'Music' renace trajeada de jazz en blanco y negro. La música es lo que nos une, pero en este decorado que emula el Nueva York de los años 30, los bailarines se siguen repartiendo patadas a ritmo de claqué. Pasan tantas cosas en 'Candy shop' y llevamos tanta información acumulada y desordenada en el cerebro que a muchos les habrá pasado desapercibido que una de las tropecientas bailarinas va con los pechos descubiertos.

'Material girl' es otro hallazgo. Su sonido electrónico modernizado le da nueva vida mientras Madonna se deshace a empujones de hombres y más hombres con sombrero de copa. Esta se entiende bien: ella vive en un mundo material y es una chica materialista. Firmó un contrato con la promotora de conciertos Live Nation y ahora lo importante en su carrera ya no son los discos sino los espectáculos. Por ello puede salir de gira con uno de los discos más irrelevantes de su carrera si el espectáculo es rentable. Y lo será por varias razones. Por ejemplo: la cerveza que se cobra a cuatro euros en el Sant Jordi hoy cuesta seis porque incluye un vaso de plástico diseñado para la ocasión. Si no lo quieres, lo puedes devolver y recuperar los dos euros, pero muchos se lo quedarán como souvenir imprevisto.

Ah, que Madonna se casa. Aparece con un velo blanco. Lanza el ramo de novia y suelta una de las suyas: "Todo el mundo tiene derecho a casarse. Pero no todo el mundo tiene derecho a casarse conmigo. Soy muy difícil de satisfacer". Esto ya no parece teatro. Un espectador le ofrece un anillo y ella pregunta hasta tres veces: "¿Es de diamantes?". Manda a un esbirro a recogerlo, se lo pone y escupe: "Ni siquiera es de oro verdadero". Tampoco es muy verdadera su versión de 'La vie en rose' y se le aguanta.

Madonna ya está en modo borde sin complejos. Suena 'Unapologetic bitch' y le hace pampam en el culete a un bailarín. La sorpresa es que en el enjambre que rodea a Madonna se ha colado el modelo Jon Kortajarena. La cantante quiere que él también exhiba el pechote, pero el vasco se corta. A cambio, Madonna le ofrece una manzana y ambos la muerden. "Como Adán y Eva", dice Madonna. Pero la escena carece de aroma bíblico y aún más de erotismo puesto que los dos acaban con la boca llena e incapaces de decir nada inteligible.

Y aunque cueste creerlo, así acaba el concierto.

Justo entonces dos amigos salen del lavabo y viendo la pista del Sant Jordi sin vida se preguntan: 'Pero, ¿se ha terminado?'.

No, aún queda el bis. Es 'Holiday' y entre bailoteos de gala televisiva de Fin de Año tres saltimbanquis trepan por la pantalla donde se proyectan banderas de distintos países. Es por lo de 'We're gonna have a celebration / All across the world / In every nation". Pero esto ya se ha acabado y la revolución que anunciaba al principio del concierto está por ver.

Madonna se ata a un cable de acero y se va por donde ha venido. Por el techo. Colgada.

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