El libro negro del crimen

Los caníbales, asesinos y ladrones de cuerpos que inspiraron a Charles Dickens

El tétrico boletín de ajusticiamientos de la prisión de Newgate colocó sus historias de criminales como las más leídas de la Inglaterra victoriana. Ahora llegan a España con el título de 'Londres Noir'

Foto: John Williams, uno de los peores asesinos de Londres Noir
John Williams, uno de los peores asesinos de "Londres Noir"

Cuando Charles Dickens visitó la célebre prisión londinense de Newgate "a título no profesional", y tras observar las multitudes miserables y desesperadas de hombres y mujeres que se hacinaban en sus celdas colectivas, fijó su atención en un enorme banco negro situado en la lúgubre capilla "cuyo recuerdo me perseguirá, despierto y dormido, mucho tiempo": el banco de los condenados. Sobre él se sentaban cada domingo quienes serían ajusticiados la semana siguiente. El vigilante del presidio tomaba nota con prolijidad de las historias de aquellos pobres infelices en un boletín titulado 'The Newgate Calendar' que pronto, ya en forma de libro, fascinaría a toda Inglaterra. "Los ingleses, durante esta época, se enorgullecían de sus criminales lo mismo que de sus tropas"

Ahora, con un prólogo inédito del mismísimo Dickens, que describe su visita a Newgate, y el título de 'Londres Noir. El libro secreto del crimen', la célula editorial que atiende al nombre de La Felguera reúne los más terroríficos artículos publicados en el libro que, a principios del XIX, y junto a la Biblia, no podía faltar en ninguna casa inglesa y se leía a los niños antes de acostarlos para forjar su espíritu (y sus pesadillas).

Servando Rocha, editor de la Felguera, explica que este libro "recoge toda una tradición fascinante, genuinamente inglesa y previctoriana, algo así como el antecedente del fenómeno que despertó a Jack el Destripador. Decidimos hacer una cuidada selección de escalofriantes y también divertidas historias publicadas en su día en 'The Newgate Calendar. The malefactors bloody register' (El sangrante registro de los malhechores), un precursor de la novela gótica y detectivesca o de los célebres 'penny dreadful'. En 'Londres Noir' encontramos la fuente de inspiración de autores que veneramos como Dickens, Defoe, Bulwer-Lytton o De Quincey. Quisimos que los textos estuvieran acompañados por una experiencia visual pero, como los retratos de los criminales eran o bien inexistentes o falsos, decidimos crear secuencias de imágenes tomadas de antiguos libros de la época. Los rostros son inventados, pero funcionan".

Las historias de 'Londres Noir' brindan una extravagante 'delicatessen' narrativa donde el estillo sencillo y eficaz, el propósito moralizante y el regodeo en los detalles truculentos ofrecen toda una lección sociológica y psicológica de su tiempo. Espigamos a continuación cinco de los más jugosos perfiles de esta galería de monstruos.

Sawney Bean, el caníbal de la cueva

"No conocemos ningún otro caso que pueda compararse a este o que muestre cómo un temperamento brutal, no pulido por la educación, pueda llevar tan lejos a un hombre de un modo tan manifiesto y horrible". Ocurrió en los días de Jacobo I. Sawney Bean, un holgazán sin oficio ni beneficio, abandonó la casa familiar para instalarse, "con una mujer tan viciosa como él", en una de las regiones más solitarias del país, en una cueva junto al mar en el condado de Galloway. Allí, la nefasta pareja vivió durante un cuarto de siglo de robar -y devorar- a los escaso incautos que pasaban por las cercanías. El negocio iba tan bien que, cada noche, los saciados caníbales se veían obligados a arrojar al mar las piernas y brazos sobrantes. Arrastrados por la marea, aquellos despojos se dispersaban por las playas del país aterrorizando a toda Inglaterra.

La próspera familia de caníbales creció. Padres y vástagos funcionaban como una jauría insaciable y perfectamente engrasada que era capaz de atacar a grupos formados por cinco o seis personas. Un millar de hombres, mujeres y niños cayeron en sus garras hasta que un superviviente de uno de los ataques sirvió de guía hasta la cueva de Sawney Bean a un pequeño ejército de medio millar de hombres capitaneados por el mismísimo rey. Allí arrestaron a la pareja y a sus ocho hijos, seis hijas, 18 nietos y 14 nietas, "todos ellos frutos del incesto". Trasladados bajo fuerte vigilancia a Leight, a los hombres los amputaron los genitales delante de sus esposas. Después ardieron todos en la hoguera.

Capitán John Kidd, el rey de los mares

El capitán John Kidd había nacido en Escocia a mediados del siglo XVII y labrado su carrera de marino diestro y adudaz en Nueva York. Parecía el hombre más competente para frenar a los piratas que diezmaban los buques ingleses en las Indias Orientales y, con ese fin, el Alto Almirantazgo inglés le concedió una comisión, un galeón llamado 'Adventure' y 6.000 libras para los gastos del viaje. Mal negocio. El capitán Kidd pronto se revelaría como otro pirata más, y uno de los más fieros.

John Kidd, ahora conocido como "el rey de los mares", se hizó con el botín de numerosos barcos en Madeira, Madagascar, St. Mary y Boston, donde fue finalmente atrapado y enviado a Inglaterra cargado de cadenas. Allí fue interrogado borracho en la que debió ser una memorable sesión de la Cámara de los Comunes, más tarde juzgado en Old Bailey y ahorcado en el muelle del Támesis el 23 de mayo de 1701. "De este modo acabó la vida del capitán Kidd, un hombre que, si hubiera tenido en cuenta el bienestar de lo público, o incluso su propio beneficio, se hubiera convertido en un miembro útil de la sociedad en lugar de una deshonra para ella".

George Gordon, el lord de los disturbios

En 1780, la Asociación Protestante dirigida por lord George Gordon convocó una 'reunión' en la capital inglesa para pedir la retirada de una ley parlamentaria que mejoraba la situación legal de los súbditos católicos. La fecha fijada, una enorme multitud agrupada en cuatro columnas sorprendió a las autoridades. Al grito de "No al papismo", la turba rodeó la Cámara de los Comunes y la de los Lores, que intentaron asaltar sin éxito. Posteriormente prendieron fuego a varias iglesias católicas, asaltaron la prisión de Newgate, arrasaron tribunales y casas judiciales e intentaron tomar el Banco de Inglaterra. "Sería imposible hacerse una idea precisa de la angustia que sintieron los habitantes de la ciudad. Podían verse 36 incendios centelleando en la metrópolis durante la noche".

Tropas llegadas de todo el país lograron sofocar tras muchos esfuerzos los disturbios causando nuevas víctimas indiscriminadas. Murieron unos 500 londinenses en total; 85 alborotadores pasaron por los tribunales y 24 -hombres, mujeres y niños- fueron condenados a muerte. Lord Gordon, el indudable líder de la revuelta, "propenso a a aberraciones del intelecto", evitó finalmente la condena.

John Williams, el asesino múltiple que se suicidó

Londres, diciembre de 1811. Unos rufianes asaltan el comercio de telas del señor Marr y lo asesinan junto a su mujer, su bebé varón y su dependiente. Apenas unos días después, les toca el turno a los Williamson, degollados en su domicilio. El pánico se extiende por la ciudad, se suceden las investigaciones y los interrogatorios y finalmente los agentes de policía detienen a un tal John Williams, "del que se dijo que era irlandés, ¡y que, al final, evadió la justicia cometiendo el pecado adicional del SUICIDIO!".

Recluido en el correccional de Coldbath Fields, el pelirrojo Williams era el cabecilla de una temible banda de ladrones y asesinos cuyos miembros irían cayendo uno a uno. Tras colgarse de una viga, su cuerpo fue escoltado por las calles de Londres en un carro abierto a la muchedumbre junto a los instrumentos de sus crímenes: un mazo y un cincel. "Todas las tiendas del barrio estaban cerradas y las ventanas y azoteas repletas de curiosos. Por todas partes, confundidas entre las maldiciones al asesino, se oían fervientes plegarias por la inmediata captura de sus cómplices".

William Burke, el vendedor de cuerpos

 

En 1830, en Edimburgo, la gente comenzó a desaparecer sin dejar rastro. Vagabundos, labradores irlandeses de camino hacia las Tierras Bajas e 'idiotas' se esfumaban a diario alertando al fin a la policía. Los hechos se desencadenaron cuando la muy conocida mendiga Mary Campbell dejó de ser vista en el barrio que frecuentaba. Sus amigos se movilizaron y alguien sugirió que su cuerpo pudiera encontrarse en alguna de las excelentes escuelas médicas de la ciudad. Bastó un día de búsqueda para hallar sus restos en la sala de disección del doctor Knox, un distinguido anatomista.

Se destapaba así una sangrienta trama mediante la cual los anatomistas de Edimburgo, siempre faltos de cadáveres, pagaban al oscuro William Burke y a su cómplice Hare para asesinar a los pobres del lugar y venderles sus cuerpos despedazados. Burke fue condenado a muerte y su cadáver entregado a sus empleadores para su disección en beneficio de la ciencia médica.  

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