Psicoanálisis en los años treinta

Freud y Hitler, una relación masoquista

Una biografía del padre del psicoanálisis pone el foco en el contexto social y político de su época

Foto: Sigmund Freud en su despacho
Sigmund Freud en su despacho
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He aquí un chiste clásico sobre el psicoanálisis que Slavoj Zizek suele citar en sus libros:

“Un paciente se queja a su psicoanalista de que hay un enorme cocodrilo bajo su cama. El psicoanalista le explica que se trata de una alucinación paranoica, y con el tiempo lo acaba curando, con lo que el paciente deja de ver al cocodrilo. Unos meses después, el psicoanalista se encuentra por la calle con un amigo del paciente que veía el cocodrilo y le pregunta si sabe cómo le va, a lo que el amigo contesta: ‘¿A cuál se refiere? ¿Al que murió porque se lo comió un cocodrilo que estaba escondido debajo de su cama?’”.

Y ahora hagamos una interpretación del chiste tan arbitraria como cualquier otra: el psicoanalista es Sigmund Freud, el paciente es el movimiento psicoanalítico de entreguerras y el cocodrilo es… Adolf Hitler.

O al menos eso se podría deducir de la lectura de Freud (Debate, 2015), monumental biografía de Elisabeth Roudinesco sobre el padre del psicoanálisis. Un trabajo biográfico de referencia: muestra las luces y las sombras del personaje y profundiza en el contexto de la época; que no es precisamente poco: un siglo después, las valoraciones sobre Freud están tan polarizadas como el primer día. Ya saben: o bien era un charlatán de feria o bien el pensador más importante del siglo XX.  

Las contradicciones de Freud aparecen en todo su esplendor en el capítulo dedicado a su relación política con el Tercer Reich: no supo ver el peligro que representaba el ascenso de Hitler, y para cuando se percató, ya era tarde para salvar al psicoanálisis de la quema. Freud intento contemporizar con el nazismo para salvar al freudismo alemán, pero salió achicharrado del intento: el régimen nacionalsocialista odiaba al freudismo con bastante intensidad, así que la estrategia conciliadora de Freud era un poco como intentar aplacar al matón del colegio regalándole unas flores. Si añadimos que Freud era judío, nos encontramos con un cuadro patológico que haría las delicias de un psicoanalista argentino.

Freud jugo la baza de la neutralidad política amparado en el presunto carácter científico del psicoanálisis. “Nada era más contrario al espíritu del psicoanálisis que enmascararlo como una presunta ciencia positiva y mantenerlo apartado de todo compromiso político. Después de haber criticado tanto a la religión, Freud, es nombre de una presunta 'neutralidad', corría así el riesgo de ver su doctrina transformada en catecismo. Esta actitud fue un desastre para el movimiento psicoanalítico del periodo de entreguerras, enfrentado a la nueva barbarie que Europa hubiera conocido… Freud dio muestras de una verdadera ceguera en cuanto a la naturaleza misma del antisemitismo nazi y la respuesta política que convenía dar a la cuestión de la supervivencia del psicoanálisis en Alemania, Austria e Italia durante el periodo de los años negros”, resume Roudinesco.

'Freud dio muestras de una verdadera ceguera en cuanto a la naturaleza misma del antisemistismo nazi'

Y eso que las señales que llegaban desde Berlín eran inequívocas desde el principio. En abril de 1933, tres meses después de tomar el poder, los nazis arrasaron la sede del Instituto de Sexología. Un mes después se produjo uno de esos eventos cruciales de la historia europea: Goebbels ordenó quemar veinte mil libros judíos en las calles de Berlín, ante el clamor de una turbamulta que bramaba consignas como: “Contra la lucha de clases y el materialismo, entrego a las llamas los libros de Marx y Kautsky; contra la exaltación de los instintos y por el ennoblecimiento del alma humana, entrego a las llamas los escritos de Sigmund Freud”.

¿La respuesta de Freud? Recurrir a la ironía política fallida: “¡Cuantos progresos hemos hecho! En la Edad Media me habrían quemado a mí; ahora se conforman con quemar mis libros!”. Roudinesco aclara la candidez política de Freud: “¡Qué frase! Freud había estado más inspirado de haber dicho que la quema de los libros 'judíos' llevaría a quemar, no solo a sus autores, sino a los propios judíos y a otros representantes de las llamadas 'razas inferiores'. Aún pensaba que el nazismo solo era la expresión de un antisemitismo recurrente”.

En la boca del lobo

“No existe la certeza de que el régimen hitleriano también se apodere de Austria. Personalmente no corro, sin duda, ningún peligro”, escribió Freud en 1933. “Enfrentado a la realidad del fascismo y el nazismo, tardó en comprender que no era posible ninguna negociación. No miraba a Hitler a la cara”, aclara Roudinesco.

El movimiento psicoanalítico europeo tutelado por Freud -“pensador moderno, pero conservador en política”, como se recuerda en la contra del libro-, hizo caso omiso a las corrientes izquierdistas del psicoanálisis y optó por la colaboración con las autoridades alemanas como vía para garantizar la supervivencia del Berliner Psychoanalytisches Institut (BPI). El Instituto permaneció operativo, sí, pero los nazis cambiaron su rumbo hacia "una nueva psicoterapia hitleriana centrada en la superioridad del alma alemana".

“Enfrentado a la realidad del fascismo y el nazismo, tardó en comprender que no era posible ninguna negociación. No miraba a Hitler a la cara'

El hombre fuerte del régimen nazi para asuntos psicoanalíticos fue Matthias Heinrich Göring, primo del mariscal. Su aterrizaje en el cargo fue especialmente errático: Göring aseguró que el Mein Kampf “le serviría de guía" para "implementar su política en materia de salud mental”. Estas palabras de Göring no dejaban de tener su gracia paradójica, dado que Adolf Hitler estaba como unas maracas: según Roudinesco, cuando escribió Mi lucha (1925) “respondía a la perfección a la figura del jefe tal como Freud la había descrito en Psicología de las masas y análisis del yo: aquel que no necesita amar a nadie, versión última de la locura narcisista”.

El célebre Carl Jung, líder de una escuela psicoanalítica en disputa con la freudiana, participó alegremente en la aranización del diván. “Como Hitler decía hace poco, el jefe debe ser capaz de estar solo y de tener el valor de seguir su propio camino (…) El jefe es portavoz y la encarnación del alma nacional. Es la punta de lanza de la falange de todo el pueblo en marcha. La necesidad de las masas siempre exige un jefe, sea cual fuere la forma de Estado”, aseguró un enfebrecido Jung en una entrevista radiofónica en Berlín en 1933.

Jung
Jung

Según Roudinesco, Jung se negaba “a comprender que la ideología nazi apuntaba a la expulsión de todos los judíos de la profesión de psicoterapeuta, para luego exterminarlos”. ¿Había perdido Jung la chaveta? No tanto. “Si pudo aceptar sin pestañear esa colaboración, también fue porque su concepción del inconsciente coincidía en gran parte con la defendida por los artífices de la psicoterapia 'aranizada'. En la huella de una teoría de la diferencia de las razas, Jung consideraba el psiquismo individual como el reflejo del alma colectiva de los pueblos”.

En abril de 1934, Jung tocó fondo en un artículo en el que “afirmaba la superioridad del inconsciente ario sobre el inconsciente judío”. Atentos: “El inconsciente ario está cargado de fuerzas explosivas y de la simiente de un futuro aún por nacer. .. Todavía jóvenes, los pueblos germánicos pueden producir nuevas formas de cultura y ese porvenir duerme aún en el inconsciente oscuro de cada ser, donde descansan gérmenes colmados de energía y próximos a abrasarse. El judío, que tiene algo de nómada, jamás ha producido y, sin duda, jamás producirá una cultura original”.

Jung tocó fondo en un artículo en el que 'afirmaba la superioridad del inconsciente ario sobre el inconsciente judío'

Jung atizó a Freud en dicho artículo por acusarle de “antisemita”... para acto seguido caer en el antisemitismo más burdo que uno pueda imaginar: “El gran error de la psicología médica consistió en aplicar sin distinción categorías judías a eslavos y alemanes cristianos. En consecuencia, solo vio en los tesoros más íntimos de los pueblos germánicos -su alma creadora e intuitiva- ciénagas infantiles y banales, mientras que sobre mis advertencias recaía la sospecha de antisemitismo Esa sospecha emanaba de Freud, que no comprendía la psique germánica… El grandioso fenómeno del nacionalsocialismo, que el mundo entero contempla con asombro, ¿no los ha ilustrado?… Con esa propensión a olfatear antisemitismo por todas partes, los judíos terminan por provocarlo realmente”. ¡Glups!

La debacle

Resumiendo: la neutralidad inicial de Freud le iba a salir carísima al psicoanálisis.

Roudinesco resume así la debacle:

'La política defendida por Freud fue un completo fracaso que se traduciría en una colaboración lisa y llana con el nazismo'

“A lo largo de toda la guerra, una veintena de freudianos prosiguieron así con sus actividades terapéuticas y sus disputas ideológicas en defensa de un 'buen psicoanálisis' bata la batuta del Instituto Göring y bajo la bota nazi. En nombre de un presunto salvamento, esos hombres se deshonraron al colaborar en una destrucción que se habría producido de todos modos y que hubiera sido preferible que se llevase a cabo sin ellos”.

“La política del pretendido 'salvamento', defendida por Freud, fue un completo fracaso que se traduciría en una colaboración lisa y llana con el nazismo, pero sobre todo en la disolución de todas las instituciones freudianas y la emigración hacia el mundo angloparlante. De no habérsela implementado, el destino del freudismo en Alemania no habría cambiado en nada, pero hubiera preservado su honor. Y sobre todo, esa desastrosa actitud de neutralidad, de no compromiso, de apoliticismo, no se hubiera repetido a posteriori bajo otras dictaduras, como en Brasil, Argentina y muchos otros lugares del mundo. Corroído por el cáncer, Freud iba a a asistir durante los dos últimos años de su vida al derrumbe y la ruina de todo lo que había construido: editoriales destruidas, libros quemados, discípulos perseguidos, asesinados y obligados a exiliarse, institutos desmantelados, objetos saqueados, vidas humanas reducidas a la nada”, zanja Roudinesco.  

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