Catherine se hace George para triunfar como novelista
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el seudónimo no pasa de moda

Catherine se hace George para triunfar como novelista

"Mi novela no era el problema, era yo, Catherine". Una escritora cuenta cómo los editores le hicieron hasta ocho veces más caso cuando les mandó su novela firmada por un hombre

Foto: Imagen de la Feria del Libro de La Paz (Bolivia), que comenzó la semana pasada (Efe)
Imagen de la Feria del Libro de La Paz (Bolivia), que comenzó la semana pasada (Efe)

Sí. Estamos en agosto de 2015. Siglo XXI. No han viajado en el tiempo, desgraciadamente. Seguimos viviendo en un mundo en el que ser mujer resta oportunidades y cierra algunas puertas.

La brecha salarial es una realidad tanto como el sexismo en muchas empresas. Basta con mirar los datos de laOrganización Internacional del Trabajo(OIT): las mujeres ganan un 19% menos que los hombres en España (un 16%en Europa). Si echamos un vistazo a los publicados porUGTa principios de este año, la diferencia empeora y la brecha se sitúa en el 24%, la más alta de los últimos cinco años. Esto significa que una mujer tendría que trabajar 79 días más al año para ganar lo mismo que un hombre o cotizar 11 años y medio más para cobrar la misma pensión. Esto si hablamos de sueldos, pero la realidad también ofrece tozudos ejemplos de discrimación.

¿Recuerdan Cumbres borrascosaso Jane Eyre delos hermanos Bell, o mejor dicho a las hermanas Brontë?¿Les suena másGeorge Eliot o Mary Ann Evans? Son sólo un par de casoshistóricos de cómo el mundo editorial tradicionalmente ha preferido portadasde libros firmadas por hombres que por mujeres. Ejemplos clásicosque parecen cosa del pasado, pero ni mucho menos. En 2015 sigue habiendo casos que demuestran que rebautizarse con nombre de varón ayuda a abrir las puertas de la industria editorial.

El último es el de laescritora Catherine Nichols.Harta de recibir noes de las editoriales a las que enviaba las primeras páginas de su novela, optó por utilizar el nombre de un hombre y voilà. Frente a los casi 50 portazos que recibió llamándose Catherine, de los seis agentes a los que escribió como George Leyer cinco la contestaron en tan sólo24 horas, tres de ellos pidiéndole el manuscrito. Una cifra que acabóconvirtiéndose en 17 solicitudes de otros 50 envíos con su seudónimo masculino. Con su nombre real,sólo recibió dos peticiones.

El problema no era mi novela, era yo, Catherine”, escribe en la revistaJezebel. “Él obtuvo ocho veces y media mejores respuestasque yo escribiendo el mismo libro.Un tercio de los agentes quisieron ver más de él, mientras mis números nunca pasaron de uno de 25”. Lo más sorprendete, cuenta, llegó cuando escribió a los mismos agentes que ya había rechazado su obra firmada con su nombre real. “Uno de los agentes que me había rechazado como Catherine, sólo quería leer el libro de George (…) Incluso quienes rechazaban a George eran educados y cercanos de una forma que hubiera significado todo para mí, excepto porque no estaban hablando con mi verdadero yo”. Por eso,mientras la obra de él era “inteligente, emocionante y estaba “bien construida”, la de ella sólo tenía una “bonita escritura, pero su personaje principal no es muy valiente, ¿verdad?".

Nichols explica que las posibles razonespor las que su novela interesaba más estando escrita por un hombre están en que la industria editorial cree que de este modo se venderíamejor. “Es inusual que un hombre escriba un libro con una protagonista femenina”, dice, mientras que si la obra la firma una mujerseríaautomáticamentecatalogada de “literatura femenina”, cuando ese no era el género que estaba escribiendo.

La novela de Catherine va a ser publicada gracias a una agente, Michelle Brower,que se puso en contacto con ella por un relato que había publicado hace tiempo. Aseguraque este experimentole sirvió para que el proyecto no se quedara en un cajón repleto de frustración sino que está puliendosu trabajo con todas las recomendaciones que los editores le hicieron a George.

Pero su historia no es única. A raíz de la publicación de este artículo, Catherine ha recibido multitud de comentarios en la web de Jezebely en las redes sociales de mujeres que le plantean casos similares en diversos ámbitos de la vida. Desde quienes le felicitan por contar su historia hasta quienes comparten experiencias similares -"Tengo un pequeño negocio y muchos de mis proveedores son hombres. Hace aproximadamente un año creé el alias 'Dick Berns' para comprar. Desde entonces me he dado cuenta de que, de media, mis órdenes llegan dos días más rápido y cuestan un 6%"- o la critican-"ciertamente existe el sexismo estructural en la industria editorial, pero estás exagerando. La industria editorial está llena de mujeres".Video embebido

No obstante, hayotros casos muchos más sonados. J. K. Rowling, la madre de la saga deHarry Potter, no utilizósu nombre de pila Joanne (dicen las malas lenguas) por recomendación de sus editorespara no espantar a la audiencia masculina. AunqueRowling también es Robert Galbraith, seudónimo bajo el que ha firmado su serie de novela negra compuesta porLa llamada del cuco y El gusano de seda. Cuando el primer libro salió a la venta, su agente explicó que lo hizo para que no se asociara con ella, poder huir de la presión y observar una reacción “absolutamente sincera” por parte de los lectores y la crítica. Al final, The Sunday Times descrubió quién era el tal Galbraith y lasventas de loslos libros se multiplicaron.

También son célebres los seudónimos masculinos que tuvieron que utilizar escritoras a mediados del siglo XIX y principios del XX como Charlotte, Emily y Anne Brotë,trasnmutadas enCurrer, Ellis y Acton Bell para conseguir que sus novelas fuera tomadas en serio y publicadas, al igual que le pasó a la española Cecilia Böhl de Faber, más conocida como Fernán Caballero autor de La Gaviota o Lágrimas.La lista prosigue con George Eliot, es decir Mary Anne Evans;Colette (la autora de Gigi)y su serieClaudine firmada por Willy (el alias de su marido Henry Gauthier-Villars), o George Sand, que en realidad era Amadine Dupin.

Perono hace falta irse tanto tiempo atrás. Sonado fue hace unos años el caso deJ.T.Leroy, el nombre utilizado por Laura Albert para escribirla exitosanovelaSarah (1999), hasta que hace una década se conoció su verdadera personalidad con juicio por fraude de por medio.

El año pasado fue el #ReadWomen2014, es decir, el año para leer a las mujeres y hace un par demeses la editora inglesa Kamila Shamsie pidió que 2018, aprovechando que en Inglaterra se cumple un siglo del derecho al voto de la mujer,sea el año de publicar a mujeres para "provocar" y corregir "el sesgo de género existente hasta ahora en la literatura". Una pequeña editorial independiente británica, And other stories, se ha comprometido a ello. ¿Será cuestión de tiempo?

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