70 años de hiroshima y nagasaki

La bomba atómica que alumbró el nuevo periodismo

Nueva edición de 'Hiroshima', de John Hersey, crónica sobre los supervivientes de holocausto atómico que reinventó el reporterismo en 1946

Foto: Conmemoración del aniversario del lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima (EFE)
Conmemoración del aniversario del lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima (EFE)
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John Hersey (1914/1993) cambió la historia del periodismo en el verano de 1946 con un reportaje sobre los habitantes de Hiroshima. Entonces ya era un reconocido reportero de guerra. No obstante, su mayor momento de megalomanía periodística llegó mucho antes: Hersey era apenas un teenager cuando autopublicó su propio boletín de noticias casero, el Hersey News, cuyo nombre da idea de sus tempranas ganas por hacerse un nombre en el oficio…

Pero volvamos al lío. Un año después de la clausura nuclear de la II Guerra Mundial, Hersey publicó el reportaje Hiroshima en las páginas de The New Yorker. El texto, que publica Debate coincidiendo con el setenta aniversario de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, fue fundamental por motivos políticos y periodísticos. Por un lado, fue la primera vez que el estadounidense medio se enfrentó a los supervivientes del holocausto nuclear; por el otro, Hersey inventó (sin saberlo) el nuevo periodismo, dos décadas antes de la creación de esa etiqueta para agrupar a Truman Capote (A sangre fría) y el resto de periodistas literarios de los sesenta. No, Hersey no es el único padre del nuevo periodismo, pero sí es uno de los más evidentes.

Joe tiene personalidad múltiple

Hersey, que cubrió la guerra mundial para Time, Life y The New Yorker, empezó a usar técnicas narrativas en sus reportajes en 1943: En Joe ya está en casa, publicado por Life, armó el perfil de la madre de todos los soldados con estrés postraumático, Joe, basado en más de 40 entrevistas a soldados estadounidenses con problemas para integrarse tras volver del frente. Sí, han leído bien, cuarenta guerreros transformados en un solo guerrero; o sea, recurso narrativo para contar una historia periodística, nuevo periodismo de libro.

Hersey publicaría luego en The New Yorker un artículo sobre un teniente estadounidense enfrentado a la armada japonesa en el Pacífico. El heroico y desconocido muchacho se llamaba John Fitzgerald Kennedy... El artículo de Hersey no le vino precisamente mal a JFK para triunfar en política poco después...

Pero el momento decisivo para Hersey llegó tras acabar la guerra. William Shawn, editor jefe de The New Yorker, le citó para una nueva misión: “Le sugirió que escribiese sobre la vida de aquellos que habían sobrevivido a las bombas atómicas… Shawn creía que, informando acerca de los efectos secundarios generados por el cataclismo más importante de toda la historia bélica, cambiaría el punto de vista de los lectores, para quienes todo aquello no había sido más que una abstracción: dos nubes en forma de champiñón cuyo resultado fue la rendición de los japoneses y la victoria de los estadounidenses. A pesar de las miles de palabras que se habían escrito sobre la bomba, nadie había tenido en cuenta el factor humano...”, cuenta Marc Weingarten en su canónica historia del nuevo periodismo: La banda que escribía torcido (Libros del K.O., 2013).

'Para los lectores todo aquello no había sido más que una abstracción: dos nubes en forma de champiñón cuyo resultado fue la victoria de los estadounidenses'

Lo que Hersey pretendía, según Weingarten, era “reducir a escala humana una tragedia de semejante magnitud”. Viajó a Hiroshima y contactó con medio centenar de supervivientes, aunque acabó centrándose en seis: un cura, una empleada, una costurera, un médico, un pastor y un cirujano, a los que entrevistó durante un mes y medio para escribir 150 páginas (en efecto, no era precisamente la extensión de lo que en España entendemos por reportaje).

En una decisión editorial sin precedentes, The New Yorker decidió dedicar un número monográfico al texto de Hersey, bajo la supervisión perruna del redactor jefe Harold Ross: “Lo que Ross quería era una crónica exacta de los eventos tal y como sucedieron en tiempo real. Algo parecido a un equipo de documentalistas grabando a seis personajes en un plano secuencia sin ningún tipo de montaje. Cada vez que Hersey se adelantaba a los eventos o hacia referencia a algo que los personajes no estaban viviendo en ese preciso momento, Ross sugería que lo quitase”, explica Weingarten en el libro.

Así arrancaba el histórico reportaje de Hersey:

“Exactamente a las ocho horas y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el preciso instante en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiki Sasaki, una empleada en el departamento de personal de la Fábrica de Estaño del Este Asiático, acababa de ocupar su puesto en la planta de oficinas y estaba girando la cabeza para decirle algo a la chica sentada en el escritorio contiguo”.

'El texto no celebra el heroísmo extraordinario de la gente ordinaria, es demasiado desalentador para hacer algo así'

“Lo que hace de Hiroshima un antecedente fundamental del nuevo periodismo es, entre otras cosas, el modo en que Hersey describe diligentemente las reacciones internas de sus personajes. Las ideas se agolpan en sus cabezas cuando el 'fogonazo silencioso' se cierne sobre Hiroshima... Hersey no celebra el heroísmo extraordinario de la gente ordinaria, es demasiado desalentador para hacer algo así. Para una revista que, en cierto modo, solía seguir una linea refinada, es extremadamente gráfico ('sus caras estaban completamente quemadas, las cuencas de los ojos vacías: los ojos se habían derretido y el líquido se esparcía sobre sus mejillas'), pero el tono es tranquilo y medido. Hersey deja de lado toda histeria innecesaria y construye un paisaje apocalíptico mediante descripciones precisas, monólogos internos y puntos de vista en constante cambio… Fue un artículo radical para 1946, solo un año después del final de la guerra. Le otorgó voz y un sentido trágico al enemigo. La fuerza de sus imágenes resonó en aquellos que nunca habían pensado, o que directamente habían rechazado, la difícil situación en la que se encontraban las víctimas de la bomba”, zanja Weingarten.   

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