publica el libro de relatos 'gracias por la compañía'

Lorrie Moore contra los finales felices

La autora regresa al género breve 16 años después con ocho piezas, en las que utiliza la ironía como arma de destrucción masiva contra las verdades absolutas y la normalidad de la sociedad americana

Foto: Fotograma de la película de Sam Mendes, 'American Beauty' (2000).
Fotograma de la película de Sam Mendes, 'American Beauty' (2000).
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A uno de los personajes de Lorrie Moore (Nueva York, 1957) le encanta la orquesta cuando está afinando. Eso es su literatura, el reflejo de algo desconcertante y fascinante escrito con la transparencia de una forense de las relaciones personales. América no es “beauty” y lo cuenta desde hace dos décadas, resistiéndose a las narraciones de éxito y épica con sobredosis de ironía. Moore revisa la leyenda para hacer del hombre hecho a sí mismo el deshecho de una sociedad enferma.

Suena muy grave, pero los ocho relatos que componen Gracias por la compañía (Seix Barral) -el regreso de la autora al género corto desde hace 16 años- bajan -en apariencia- intensidad al mirar con lupa las relaciones personales: “Una mujer tiene que elegir una infelicidad particular con cuidado. Era la única felicidad de la vida: elegir la mejor infelicidad”, certifica la voz de Pérdidas de papel, uno de los relatos más sarcásticos.

No he escrito una visión halagadora de los Estados Unidos

“La ironía es una forma de inteligencia”, explica Moore a este periódico. “La ironía mantiene dos ideas al tiempo en tu cabeza, es una definición muy parecida de lo que Keats entendió por inteligencia”. La utiliza como un arma de destrucción masiva contra las verdades absolutas, sea quien sea el que las haya dicho o escrito: “El matrimonio es una larga conversación”, escribió Robert Louis Stevenson. Por supuesto, murió cuando tenía cuarenta y cuatro años y por tanto no tenía ni idea de lo larga que podía ser la conversación”, leemos en otro relato.

Prefiere no clasificar un libro como éste, en el que la actualidad política de su país aparece como telón de fondo de la indignación contra el Ejecutivo Bush, al tiempo que sacude a los ilusos que creen a ciegas en el amor. “Simplemente diría que son historias sobre la vida norteamericana contemporánea”. Historias corrientes, historias anónimas aplastadas por la miserable cotidianidad, en las que la voz narradora se muestra como una corresponsal en el escepticismo: “No he escrito una visión halagadora de los EEUU”, asegura.  

Con Gracias por la compañía Moore ha logrado hacer cumbre en el proyecto narrativo que arrancó en Pájaros en América (1998). Ha crecido en desazón y sarcasmo, sin tocar el realismo sucio. Su tercera persona disecciona sin concesiones, ni agresividad. Lo destripa todo y con gestos nimios desvela una sociedad empeñada en su incoherencia: “En la playa la gente leía libros sobre los genocidios de Ruanda y Yugoslavia. Eso debía añadir seriedad a un viaje que carecía de ella”, escribe. La mejor trama trepidante es la que desaparece entre la cotidianidad y ocurre en las emociones de sus personajes.

El amor es para zombis

Esa es la materia prima de la autora, las grietas que se ocultan tras el maquillaje de la normalidad. “Ahora la familiaridad de sus brazos era su única alegría. Podías perder a alguien un poco, pero seguía recorriendo la Tierra. El final del amor era una gran película de zombis”, escribe en Alas, el relato más amargo de todos. Gracias por la compañía es un golpe de Estado a la tranquilidad y la complacencia. “Prefiero a un lector en alerta a uno entretenido”, reconoce.

Prefiero un lector en alerta a uno entretenido

Como un bulldozer con silenciador arremete contra la naturalidad, la belleza y el amor de cuentos de hadas gracias a su privilegiado oído. Como ella misma asegura a este periódico, recoge “de la vida, de escuchar a otros, de lo que imagino de un mundo empático”. “A menudo pienso: “Es probable que esto no ocurra nunca, pero podría usarlo para los propósitos de la narración”.

Todos los personajes parecen preguntarse lo mismo: ¿cómo se puede estar bien de la cabeza en un mundo como éste? Ni siquiera la música, única presencia luminosa de los relatos, amaina la molestia de saber que a pesar de que soñamos con finales felices, éstos sólo pasan en los libros. Menos en este.

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