concierto en la mar de músicas

Isabelle Geffroy, la diva del 15M arrasa en su debut musical

La superventas europea cuelga el "no hay billetes" en un concierto a tumba abierta

Foto: Isabelle Geffroy en concierto (EFE)
Isabelle Geffroy en concierto (EFE)

Se llama Isabelle Geffroy. Tiene 35 años. Se ha convertido en una superventas europea, que triunfa especialmente en Francia (su país), Bélgica, Suiza, Rusia y Alemania. Y ahora ha agotado las entradas del auditorio del Parque Torres de Cartagena, que cuenta con más de dos mil asientos. De hecho, colgó el "no hay billetes" con una semana de antelación, a pesar de que las entradas no eran de las más baratas, 22 euros, del Festival La Mar de Músicas.

El debut de Geffroy y su grupo Zaz en España se produjo en una atmósfera de adoración palpable. Algunos espectadores no se resignaban a verla de lejos así que abandonaron sus asientos en el anfiteatro romano y tomaron posiciones en la parte baja de las escaleras. No hubo problemas porque durante el concierto nadie se movió del sitio. Sus próximas paradas son Madgarden (Madrid, 24 de julio) y el Festival de la Guitarra de Barcelona (25).

 

¿Por qué hablamos de diva del 15Mnbsp;Su himno Je veux, en versión subtitulada en castellano, se convirtió en fenómeno viral tras las acampadas de 2011. Ojo a la letra: "Darme una habitación en el Ritz, no lo quiero/Las joyas de la casa Chanel, no las quiero/Dame una limusina, ¿qué haría con eso?/Ofréceme sirvientes, ¿qué haría con ellos?/Una mansión en Neufchâtel, eso no es para mí/Ofréceme la Torre Eiffel, ¿que haría con eso?/Quiero el amor, la alegría, el buen humor/No es su dinero lo que hará mi felicidad".

Puede parecer la típica letra ingenua, pero hace pensar en cuánto tiempo llevábamos sin escuchar una canción popular cuya letra fuera un alegato antimaterialista. ¿Desde que muriera Bob Marley? Algo ha tenido que pasar para que la pieza obtenga 34 millones de visionados en Youtube. Seguramente el público agradece unas rimas alejadas de las exhibiciones de ego y cinismo que domina la música pop actual.

El público agradece unas rimas combativas alejadas de las exhibiciones de ego y cinismo que domina la música pop actual

 

El concierto fue un derroche de entrega y energía, respaldado por un musculoso grupo de jazz. Lo dan todo desde el minuto uno, incluso se pasan de frenada algunas veces, como en el absurdo "solo" de batería, el exhibicionismo en algún tramo de trompeta con sordina o el gesto melodramático de cantar el último bis de rodillas. Estamos ante una artista que cree ciegamente en su repertorio. Y eso es bueno, aunque pueda empachar a ratos.

A lo largo de la noche, interpreta ocho canciones que llevan la palabra París en el título. En parte, es lógico, ya que presenta un disco conceptual sobre la ciudad, pero queda claro que estamos ante una de esas estrellas que odian hacer las cosas a medias. Está claro que esta chica no va a parar de escribir sobre la ciudad de sus amores hasta que le pongan su nombre a una calle de Pigalle.

Es una artista que cree ciegamente en su repertorio. Y eso es bueno, aunque pueda empachar a ratos

 

¿El momento más gracioso de la noche? Un pequeño desliz idiomático a mitad de un discurso encendido: "La gente cree que París es la Torre Eiffel y los Campos Elíseos, pero no, es mucho más que eso. París es un brasero multicultural". Seguramente quería decir "crisol" y le traicionó el traductor de Google. En todo caso, la pasión que desborda es contagiosa, aunque no comulgues del todo con su apuesta estética. Zaz está hecha para las letras sin pudor, por eso le pega tanto incluir el bolero mexicano Historia de un amor, uno de los  más sentidos del género.

La canción final, por supuesto, fue el clásico La Vie en Rose de Edith Piaf. La interpreta como si fuera la última vez que va agarrar un micro en su vida. Y convence, aunque a algunos nos cueste conectar por la sobreexposición que ha sufrido esta pieza (yo ya soy incapaz de escucharla sin visualizar un anuncio de Martini). 

 

Kuduro para familias

¿Más sorpresas de La Mar de Músicas? El acierto de incluir programación infantil no condescendiente. A las siete de la tarde, Katembe Project ofrecieron un concierto para niños basado en el kuduro, febril ritmo angoleño cuyo nombre significa "culo duro". En el escenario mandaba una bandera del país africano y cuatro animados bailarines. Las explicaciones no dejaban lugar a dudas: " Katembe es una palabra equivalente a vuestro calimocho.  Bueno, en realidad significa 'mezcla', pero para entendernos", suelta Reevel Brix, líder del proyecto. Al final, hubo cierto regusto a fracaso ya que los niños no bailaron, pero la intención del ciclo resulta encomiable. Basta ya de letras sobre desayunar cereales y querer a tu mamá.

Poco después, los bogotanos Meridian Brothers actuaban en la plaza del Ayuntamiento. Pertenecen a esa escena "alternativa" de América Latina que pretende modernizar la cumbia a golpe de psicodelia y presunta experimentación. El resultado flojea porque pierde contacto con las raíces populares y conflictos cotidianos (más bien parece música pensada para ambientar el ritual de los primeros porros). Lo mejor fue su versión en castellano del Purple Haze de Jimi Hendrix. La sorpresa de la noche fue el lleno en la Plaza de San Franciso para ver a La Banda de Pepo, grupo de folk-rock  que destaca por el vigor de sus composiciones y la inclusión de una bailarina tradicional. Estamos ante instrumentistas curtidos que intentan capturar la esencia de la música popular mediterránea. Su único enemigo fue el calor pegajoso típico de la zona, que unido a la densidad humana dificultaba concentrarse en las canciones. 

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