Muere E. L. Doctorow, el novelista que cambió el mundo sin montar una revolución
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adiós a uno de los narradores de vanguardia

Muere E. L. Doctorow, el novelista que cambió el mundo sin montar una revolución

Autor de 'Ragtime', 'Billy Bathgate' o 'La gran marcha', el autor es una figura destacada entre las voces de la narrativa norteamericana contemporánea por su originalidad y su versatilidad

placeholder Foto: E. L. Doctorow, en una imagen de archivo de 2007. (EFE)
E. L. Doctorow, en una imagen de archivo de 2007. (EFE)

De entre la marea de best seller hay autores y novelas ajenos a la banalización que impone el mercado, empeñados en las señas de identidad propias del género. Uno de ellos era Edgar Lawrence Doctorow y acaba de fallecer a los 84 años, en un hospital de Nueva York, a causa de un cáncer de pulmón. Un escritor al que no le interesa edulcorar la realidad, que se aleja de las bonitas perspectivas irónicas, que no quiere dejar al lector indemne, indiferente o ileso. Es el autor de la famosa Ragtime (1975) –incluida habitualmente en las listas de las 100 mejores novelas del siglo XX- y ha abordado sin miedo las grietas de su país, desde la Gran depresión, a la guerra de la independencia pasando por el gangsterismo, sin dejar de perseguir la lucha por la dignidad.

Sus lectores le deben no haber hecho de la literatura un narcótico y haberse enfrentado a la historia y sus conflictos sin autocensura. Y sobre todas las cosas, no haber dado por muerta a la novela, no haber renunciado a seguir ensanchando el género. Siempre desde la tradición (con ecos de Twain), ha forzado los límites entre la fantasía literaria y la realidad histórica de tal manera que vemos sus fórmulas e investigaciones repetidas en autores como Thomas Pynchon, en Contraluz (2006). De hecho, a pesar de que ni él mismo se consideraba un escritor de vanguardia (posmoderna), hizo por ésta mucho más que la propia vanguardia.

En La gran marcha (2005), por ejemplo, divide el libro en tres partes, cada una de ellas con tantos otros capítulos que a su vez vuelven a estar fragmentados, con la intención de no restar tensión ni concreción a un acontecimiento tan vasto como la guerra civil estadounidense. Ante las tragedias colectivas no incendia el drama, ni colorea los hechos; Doctorow está capacitado con un flujo verbal imparable, en el que se cruzan descripciones, diálogos, acciones, reflexiones, que hacen de la narración una experiencia más allá de lo histórico. Lo decía él mismo: lo importante no es el adjetivo (histórica), sino el sustantivo (novela).

Novela social y popular

Es un novelista sin adjetivos, que ha tratado el género desde cualquier fórmula: el western (Welcome to hard times, inexplicablemente traducida, primero, El hombre malo de Bodie, y luego, Cómo todo acabó y volvió a comenzar), la histórica (La gran marcha), la policíaca (Billy Bathgate) o la ciencia ficción (Big as Life). Un contador de historias por encima de todo, defensor de la capacidad de la literatura para cambiar el mundo. Pero su “contrato social”, como acabamos de ver, no le impidió nunca marchar por lo social –a pesar de los prejuicios que esto suele suscitar entre los sociales- con “trajes” populares. Le hemos leído hasta en la novela gótica (El arca del agua). “Los norteamericanos queremos que nuestras novelas sean puras”, escribió en Poetas y presidentes (1984), en referencia a la narrativa libre de moralina e ideología. Al tiempo, reconocía su trabajo públicamente como “inmensos documentos sociales”.

En El cerebro de Andrew (2014), su última novela, parece alejarse de lo histórico para colarse en el laberinto mental de su personaje, hasta que el lector entiende que la mejor manera de contar los conflictos del ciudadano del siglo XXI es así, desde sus miedos. Con otra nueva lección de vanguardia: domina el monólogo confesional de Andrew azuzado por inquisitivas preguntas del psiquiatra. Divertido y profundo, desde la verdad al engaño, si Andrew no disfruta de su cerebro, Doctorow sí. Como nosotros disfrutamos del de Doctorow.

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