Abra los ojos y escuche este cuadro
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la national gallery presenta 'soundscapes'

Abra los ojos y escuche este cuadro

Músicos contemporáneos ponen banda sonora a las obras maestras del museo londinense

Foto: Jamie xx pone música a este cuadro de Theo van Rysselberghe
Jamie xx pone música a este cuadro de Theo van Rysselberghe

La pregunta es inevitable. ¿Merece la pena pagar 13 euros para ver seis cuadros con banda sonora? Según algunos críticos de arte británicos, como el del Guardian o el delTelegraph, la exposición Soundscapes, que se inauguró ayeren la National Gallery de Londres y permanecerá abierta hasta el 6 de septiembre, no merece el precio de su entrada.

Pero aún admitiendo que quizás sea un precio excesivo, la experiencia no debería resumirse como hacen ellos en "ver seis cuadros con música"sino más bien en escuchar a seis artistas jugar sonoramente con los cuadros, y según quién sea el autor del sonido, sumergirse en un mundo mágico que partiendo de una imagen se convierte en algo mucho más grande. El montaje, con paredes, techos, suelos negros y luces muy bajas, busca darle intimidad a la experiencia.

Nuevos sonidos

Los creadores invitados a interactuar con obras de la colección de la National Gallery son músicos, compositores, artistas sonoros o múltimedia que con mayor o menor acierto han conseguido transformar pequeñas joyas del museo escogidas libremente en instalaciones en las que el visitante está obligado a moverse para escuchar y por lo tanto, para mirar. Y quién esté dispuesto a hacerlo verá no sólo a través del cuadro sino de los sonidos generados por diferentes generaciones de artistas, desde el niño mimado de la música contemporánea Nico Muhly a la premio Turner Susan Philipsz, pasando por el productor de electrónica de moda, el británico Jamie XX, el compositor de bandas sonoras de Oscar Gabriel Yared y los artistas canadienses Janet Cardiff y George Bures Miller, a los que en España se conoce por su instalación 'The marionette maker', que estuvo expuesta en el Palacio de Cristal del Retiro hace unos meses.

Probablemente todo se reduzca a una cuestión de gustos, como todo en el arte, y mientras habrá quien encuentre facilón escuchar a los pájaros y las ranas con los que Chris Watson, colaborador habitual del documentalista David Attenborough, ha llenado la sala en la que se exhibe el cuadro Lake Keitele, de Akseli Gallen-Kallela, otros tendrán la paciencia de escuchar los cincuenta minutos que dura la grabación propuesta por Watson, uno de los mejores sonidistas de naturaleza del planeta, y sumergirse dentro de ese lago helado que ilustra el cuadro. Con su paisaje sonoro se viaja hasta las cercanías del círculo ártico y te puedes dejar envolver por esa mezcla de mundo animal y naturaleza casi virgen mientras se contempla una tela poco conocida pero ciertamente hipnótica.

'Ir a un museo lleno de gente es una experiencia muy ruidosa. Aquí la experiencia es diferente. No sé si es mejor o no, pero es otra cosa y hace pensar'

Para Nico Muhly, la elección de la obra a sonorizar estuvo clara desde el principio. El díptico de Wilton, un altar portatil con cuatro caras que utilizaba en sus viajes el rey Ricardo II durante el siglo XIV y de autor desconocido "mezcla la religión y la política, el lenguaje simbólico y los códigos y se prestaba muy bien a un trabajo con el que he tratado de crear diferentes atmósferas con diferentes propuestas que van desde sonidos muy íntimos a momentos de más grandiosidad" explicó Muhly a El Confidencial.

Apoyándose en una viola da gamba y un ingeniero de sonido su pieza Long phrases for Wilton Diptychte hace viajar al pasado. "Nunca se me había ocurrido ponerle sonido a un cuadro pero lo cierto es que la música puede multiplicar el poder de una imagen, un recurso muy utilizado en el cine. Sin embargo aquí estamos viendo arte y la pregunta que hay que hacerse tras proponer este tipo de colaboraciones es ¿cómo miramos el arte? Por lo general ir a un museo lleno de gente es una experiencia muy ruidosa. En esta exposición la experiencia es muy diferente. No sé si es mejor o no pero es otra cosa y hace pensar", cuenta Muhly.

En algunas salas hay asientos para escuchar, en otras no, como en la que Jamie XX ha titulado Ultramarine. La preside un pequeño paisaje puntillista firmado por Theo van Rysselberghe titulado Escena costeray sobre ella caen los característicos sonidos electrónicos de este joven compositor ex miembro del grupo XX, que quiere que el espectador se mueva por la sala, escuchando ritmos que a veces suenan a lluvia y otras a puesta de sol y otras a tormenta y otras a mar pero que varían en función de donde se coloque quien lo escuche. Y sí, a ratos dan ganas de bailar.

Para quienes no tengan suficiente con la música, está la pareja canadiense Janet Cardiff y George Bures Miller, que inspirados en la joya renacentista San Jerónimo en su estudiode Antonello de Messina, han montado una señora instalación titulada Conversación con Antonello. En una esquina está el cuadro que retrata a este santo leyendo en su estudio y en el centro de la sala ese mismo estudio en 3D dentro de una maqueta de un monasterio al que rodea un paisaje con pueblo, río, vacas y gente. "Lo que nos interesaba no era el sujeto del cuadro sino el espacio dentro de él, por eso lo escogimos, nos permitía jugar con la tridimensionalidad" explica Miller a El Confidencial.

'Lo que nos gusta es hacer magia y eso hemos intentado'

La pareja ha buceado en el siglo XV y se ha imaginado todos los posibles sonidos que escucharía San Jerónimo desde su estudio, desde los pájaros o los perros ladrando a los soldados marchando al paso, sin olvidarse de las hazadas labrando la tierra, la lluvia golpeando en el techo y cayendo en goteras en el interior o incluso el éxito 'radiofónico' de la época, un tema musical que para ignorantes del siglo XXI suena a canto gregoriano pero resulta ser una canción secular escrita por Petrarca.

"Queríamos viajar en el tiempo a través del cuadro así que buscamos cuál era el equivalente al éxito pop de aquellos años con ayuda de un historiador, lo encontramos y lo grabamos. Obviamente es una canción de amor", explica Miller. Lleva dos días montando esta instalación para la que ningún sonido es pregrabado y donde también varía la luz (amanecer, nubes, sol, lluvia, noche...) a lo largo del loop de 9 minutos que dura su propuesta. "Los hemos grabado todos en nuestra casa, una granja en el campo cerca de Vancouver. Además hemos utilizado unos micrófonos de los años setenta que no triunfaron pero nos encantan, los ambisonics, que te hacen sentir que el sonido se mueve a tu alrededor". Lo cierto es que la sensación es que el ejército que marcha al paso camina por encima de tu cabeza y que un señor que corre lo hace justo detrás de ti mientras un caballo pasa cerca. Miller lo resume así: "Lo que nos gusta es hacer magia y eso hemos intentado". San Jerónimo, desde la esquina, parece asentir.

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