50 años de su muerte

La vida perra de Malcolm X

Una autobiografía recorre la trayectoria del icono del black power: trapicheos, cárcel y agitación política

Foto: Martin Luther King y Malcolm X
Martin Luther King y Malcolm X
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Ahora que todo está globalizado y conectado, las grandes historias de vida son las siguientes: un gafotas de clase media inventa un artilugio electrónico en el garaje de la casa de sus padres en Minnesota,  se hace millonario y se dedica a ir por el mundo en vaqueros y camiseta vendiendo su mercancía con un estomagante discurso new age. Apasionante, sí.

Bienvenida sea, por tanto, la recuperación biográfica de figuras históricas de esos tiempos en los que pasaban cosas, tantas que la expresión “increíble pero cierto” cobra todo su sentido.

Es el caso de Malcolm X, autobiografía publicada por Capitán Swing al cumplirse medio siglo de la muerte del líder negro. ¡Y eso que Malcolm X (1925-1965) murió asesinado a los 39 años! Tiempo suficiente para vivir varias vidas, todas ellas asombrosas y contra viento y marea. Vidas que narró al escritor y periodista Alex Haley poco antes de su muerte. Haley, por cierto, publicaría años después una novela superventas que haría historia como miniserie sobre la lucha negra explicada a las masas: Raíces (1976) y su célebre personaje Kunta Kinte.   

Como ocurre habitualmente, lo más interesante de la autobiografía es la parte menos conocida del mito, en este caso, su azarosa trayectoria anterior a convertirse en un icono político de la lucha por los derechos civiles.

La vida de Malcom X puede dividirse en dos partes: antes y después de pasar por la cárcel (entre 1946 y 1952, acusado de posesión de armas, hurto y allanamiento); o la prisión como experiencia iluminadora/redentora/transformadora. Del rey del trapicheo al rey de la agitación vía lecturas políticas compulsivas y conversión al Islam. De Malcolm Little (su nombre original) a Detroit Red (su nombre de guerra como forajido) hasta llegar a Malcolm X.

A tope con drogas

El pequeño Malcolm fue un buen estudiante y quería ser abogado, pero un profesor le advirtió que ese “no era un objetivo realista para un negro”. Luego fue dando tumbos por varias ciudades de EEUU, trabajando esporádicamente, hasta que llegó a Harlem (Nueva York) y se convirtió en Detroit Red: “Así que me encontré con otros mil delincuentes por las calles de Harlem. Ya no podía vender marihuana: los inspectores de la brigada de narcóticos me conocían demasiado. Era un auténtico estafador, sin instrucción, inepto para toda actividad honorable y me consideraba con la suficiente experiencia y astucia para componérmelas solo y aprovecharme de cualquier circunstancia que se me presentase. Dispuesto a arriesgarme a tope”.

 'Era un auténtico estafador, sin instrucción, inepto para toda actividad honorable'

Veamos lo que entendía Detroit Red entonces por ir a tope por la vida:

“En los guetos de las grandes ciudades, viven decenas de miles de esos jóvenes de ayer y de hoy, que abandonan la escuela y deben dedicarse a cualquier forma de delincuencia para sobrevivir a duras penas, de la misma forma que lo hice yo… Me dediqué al robo ya los atracos, todos de escasa importancia... Me ponía en forma como lo hacen los profesionales, con fuertes dosis de drogas. Empecé con la cocaína… Mi uniforme de calle, por así llamarlo, era normalmente una pistola, una calibre veinticinco de color azul metálico, tan pequeña y plana que no se notaba. Pero para el trabajo prefería una treinta y dos, una treinta y ocho o una cuarenta y cinco. Recuerdo aquellos rostros que palidecían y las bocas que se abrían al contemplar el enorme orificio negro del arma. Cuando hablaba, la gente parecía escucharme como si estuviera muy lejos de allí y hacían todo lo que les decía”.

'Recuerdo aquellos rostros que palidecían y las bocas que se abrían al contemplar el enorme orificio negro del arma'

Como ven, Malcolm X no era uno de esos políticos que se dedican a suavizar su autobiografía cuando se hacen populares…

No obstante, la ética está en todas partes, también en el mundo del delito: “Tenía la norma de no robar más de lo que necesitaba para vivir. Pregunten a cualquier persona del oficio: dirá que la avaricia lleva directamente a la cárcel”.

Templos del jazz

Por si el personaje de Malcolm X no fuera ya suficientemente legendario, otras figuras icónicas se cruzan en su camino en las páginas del libro, como la cantante de jazz Billie Holiday, a la que Malcom describe así en un club nocturno de Harlem en los años cuarenta:

“Billie acababa de interpretar una canción cuando nos vio llegar. El vestido blanco relucía a la luz de los focos, el rostro tenía un tinte cobrizo y llevaba el cabello recogido en forma de cola de caballo, muy característico de ella. A continuación, cantó una de mis melodías preferidas: You Don´t Know What Love is. ‘Hasta que contemples la aurora con ojos somnolientos… hasta que pierdas un amor que te duela de verdad…’, decía la canción… Una vez que hubo terminado, Billie vino a nuestra mesa… Nos hicimos una fotografía aquella noche los tres sentados muy juntos en la misma mesa. Ésa fue la última vez que la vi. Las drogas y las penas hicieron que dejara de latir ese enorme corazón y acallaron un sonido y un estilo que nadie ha logrado imitar. Lady Day cantaba con el soul de los negros, ese soul fruto de siglos y siglos de dolor y opresión. ¡Qué pena que aquella mujer negra, estupenda y orgullosa, no pudiera vivir donde se apreciara la verdadera grandeza de la raza negra!”.

 

Tras cumplir su sentencia, Malcolm se conviertió en un agitador político. A grandes rasgos, Martin Luther King fue el poli bueno de la lucha por los derechos civiles y Malcolm X el poli malo. O eso dice el arquetipo.

'Tenía la norma de no robar más de lo que necesitaba para vivir: la avaricia lleva directamente a la cárcel'

Haley despacha así las contradicciones políticas de Malcolm X en el epílogo del libro:

 “Para explicar a Malcolm, permitidme que evite excusarlo. Había sido un delincuente, un drogadicto, un proxeneta, un presidiario, un racista y un hombre que odiaba, que había creído realmente que el hombre blanco era un demonio. Pero todo esto había cambiado. Dos días antes de su muerte, charlando con Gordon Parks sobre su vida pasada, dijo: ‘Aquello era malo…’ Y Malcom X era libre. Nadie que lo hubiera conocido antes y después de su viaje a La Meca podía dudar de que había abandonado por completo el racismo, el separatismo y el odio. Pero no había perdido el gusto por las declaraciones explosivas ni su rabia agitadora en demanda de libertad inmediata en su país, no sólo para los negros, sino para todo el mundo”.

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