Los años locos del ladrillo

Miedo y asco en Marina d' Or

El periodista Íñigo Domínguez publica un libro sobre un viaje por la costa Mediterránea antes del estallido de la burbuja inmobiliaria

Foto: Marina d´Or, ciudad de vacaciones
Marina d´Or, ciudad de vacaciones
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Corría el verano de 2008. Aún quedaban unas semanas para que estallara la crisis, pero una pequeña nube negra se había posado ya sobre el radiante firmamento del milagro económico español y sobre los sueños más locos de la clase media celtibérica: “En Marina d´Or estaban las grúas paradas. La crisis comenzaba a ser evidente en los lugares más expuestos”.

Lo recuerda Íñigo Domínguez, corresponsal en Roma de El Correo, que en el verano de 2008 regresó a España con una misión periodística: recorrer la costa mediterránea en coche siguiendo la senda del ladrillo. Libros del KO recopila ahora esas crónicas en Mediterráneo descapotable (Un viaje ridículo por aquel país tan feliz).

'Los Serrano' quieren venderte algo (Íñigo Domínguez)
'Los Serrano' quieren venderte algo (Íñigo Domínguez)

“Llegué a Italia en 2001. Desde fuera iba viendo cómo España se hipotecaba alegremente y cómo los españoles comenzaban a obsesionarse con los gimnasios y los distintos tipos de agua mineral. No obstante, el viaje surgió más como modo de entender lo que estaba pasando, que guiado por el prejuicio del ‘qué horror, voy a ir a reírme de todo esto’. Sabía que me iba a encontrar cosas raras o feas por el camino, pero lo que quería era comprender la causa de todo aquello”, cuenta a El Confidencial.  

Ocurre que fue pisar suelo mediterráneo… y agitarse su neuronal. O la España de la burbuja inmobiliaria como máquina de triturar expectativas por disparatadas que fueran. “Llegué exhausto a casa tras presenciar tanta fealdad y tanto despropósito. Supero todo lo que había podido imaginarme; entre otras cosas, porque todo era superlativo: una tarde estabas en el parque temático más grande de Europa; al día siguiente, en el rascacielos más alto de España; al otro, en la ciudad de vacaciones más gigantesca del continente… Todo era superlativo, exagerado y brutal. Pero lo grave no era el dudoso gusto estético, sino lo que parecía latir por debajo: detrás de la horterada, había un malestar de fondo, algo que no encajaba”, cuenta vía telefónica desde Roma.

Como si las fachadas de estilos imposibles no pudieran evitar reflejar el apretón de manos, el maletín, el pelotazo y el cohecho. “Era tan evidente la cantidad de dinero que se había movido para edificar la burbuja inmobiliaria… que cantaba bastante. Salvo que a la gente le daba un poco igual, porque todo parecía ir bien, aunque luego pasó lo que pasó: que lo supimos todo. Y aún colea en los tribunales: el otro día, sin ir más lejos, detuvieron a Rato. Casi toda la corrupción que ha salido a flote en los últimos años proviene directa o indirectamente del boom del ladrillo. Han pasado siete años del viaje y todavía estamos viendo las consecuencias de aquellos excesos, de ahí que mi libro tenga una curiosa actualidad”, cuenta.

El gran despilfarro

El punto álgido de Mediterráneo descapotable es la inevitable parada en Marina d´Or, narrada con una extraña mezcla de humor y horror. He aquí el desasosiego de un periodista al borde del repelús físico: “Era una desazón constante. Me esperaba algo hortera… pero no eso”.

La palabra clave aquí es: "ESO". España convertida en un “ESO” espeluznante. Una horrible criatura que se podía tocar con los dedos:

“Era algo abrumador. Podías tocar con las manos -en crudo, sin disfraces y sin intermediados- la verdad de la burbuja al desnudo: Gente a la que se vendía aquello como si fuera el paraíso en la tierra… aunque era lo más horroroso que había visto en mi vida. ¡En la recepción había una simulación de frescos de la Capilla Sixtina! Nunca hubiera imaginado que se iba a construir algo semejante en el país. Marina d´Or era la metáfora perfecta de en qué se había convertido España. La creencia de que aquello era lo más de lo más, la culminación de nuestros deseos de bienestar, lujo y riqueza. La sublimación final. Que tamaña porquería se hubiera convertido en nuestro ideal de vida, me deprimía profundamente”, recuerda Domínguez. 

Marina d´Or es la metáfora perfecta de esa España. Aquello era lo más de lo más, la culminación de nuestros deseos de bienestar, lujo y riqueza

El periodista describe así en el libro el dantesco momento en que colisionó con el Arte en la ciudad de vacaciones: 

"En Marina d’Or hay varios hoteles, pero el del viajero es el no va más. Vienen en peregrinación de los otros hoteles y de los bloques de apartamentos para verlo. Entran familias en bermudas, abrumadas por la atmósfera importante, y alzan la vista a los frescos del techo... En el mostrador, el viajero tiene sobre sí nada menos que La creación de Miguel Ángel. Marina d’Or es el clímax de un frenesí ibérico de la última década. Quedará como un monumento en el desierto, y desde luego merece visitarse”.

Jamones para todos (Íñigo Domínguez)
Jamones para todos (Íñigo Domínguez)

Para acabar el artículo en lo más alto, ahí va un delirante extracto del libro que refleja bien el nivel de delirio comercial y arquitectónico en el que cayó España la pasada década: 

“Antes de irse, el viajero entra en una oficina de ventas… Una señorita intenta colocarle unos apartamentos. Valen 276 000 en primera línea. Le asegura que en invierno aquello está muy animado, porque organizan ‘eventos’: concursos de culturismo, competiciones de dardos, concentraciones de Ferraris o el certamen de Miss España… Luego se lanza con el próximo proyecto: ‘Marina d’Or no es lo que es, es lo que será’. Tras esta enigmática frase bíblica, empieza a describirle lo indescriptible, Marina d’Or Golf, un complejo que planean perpetrar detrás del actual, en pleno monte, pero que será cien veces más grande. Están obsesionados con los números elefantiásicos. ‘Son diecinueve millones de metros cuadrados, más que Valladolid o Valencia’, dice para impresionar al viajero. Lo consigue. Esta cosa tendrá tres campos de golf diseñados por Sergio García y Greg Norman, un balneario para siete mil personas, un lago artificial con dos kilómetros de playas caribeñas y arrecifes del Pacífico para bucear… La chica no para de pasar páginas del catálogo con fotomontajes delirantes de hoteles y restaurantes temáticos. Reproducción a escala de la plaza de San Marcos de Venecia y canales con góndolas, reproducción del Arco del Triunfo de París y la torre Eiffel, reproducción de la torre de Pisa, bolera prehistórica, restaurante en una reproducción de la prisión de Alcatraz… Al viajero están a punto de estallarle las neuronas. Pero de repente la señorita pasa una página y ve a unos tíos esquiando. El viajero solo puede balbucear:

Vacaciones todo el año (íñigo Domínguez)
Vacaciones todo el año (íñigo Domínguez)

—¿Pe-pe-pero esto qué es?

—Un hotel alpino con un kilómetro de pistas de esquí.

—Pe-pe-pero es imposible, estamos en Castellón, en la

playa.

—Es posible, en Marina d’Or es posible.

 

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