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Censura e ingenio de un corresponsal español en La Habana
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"LA ISLA DE LOS INGENIOS", DE fernando garcía

Censura e ingenio de un corresponsal español en La Habana

Mantener el equilibro entre el compromiso a la veracidad y el deseo a no ser expulsado por las autoridades de la isla es la única forma de no "coger lucha" para contar la trastienda de un país

Foto: Bicitaxi en las calles de La Habana. (EFE)
Bicitaxi en las calles de La Habana. (EFE)

Sobrevivir en un país azotado por un embargo que dura más de medio siglo, con una cartilla de racionamiento mensual que se agota antes de diez días y donde los edificios siguen en pie por “estática milagrosa” es un drama al que se enfrenta la mayoría de la población cubana. Encarar esta situación requiere de altas dosis de ingenio, tanto comopara contarla, pues solo un funambulista es capaz demantener el equilibro entre el compromiso a la veracidad con los lectores y el deseo de mantener la plaza. Esa fue la tarea del periodista de La Vanguardia Fernando García durante cuatro años hasta que un día, sin mayores explicaciones, fue expulsado por el Centro de Prensa Internacional (CPI).

El autor realizó su trabajo de 2007 a 2011, el tiempo suficiente para contar el país caribeño, “porque Cuba merece la pena ser contada”. El resultado es el libro La isla de los ingenios (Península). Los motivos concretos de la expulsión no se le comunicaron, “nunca se sabe”, suspira, mientras enumera varios de los artículos que con más papeletas para tomar la decisión. Uno sobre el descenso en las afiliaciones al partido comunista, otro sobre la drástica caída en la producción de azúcar (símbolo de la industria nacional) o quizá el sarcásticamente titulado “A Cuba le faltan huevos”, en el que daba cuenta de la carestía sobre este alimento.

En ocasiones, para lo que García era una crónica más, las autoridades podían interpretarlo como unaafrenta. Eso sucedió con un texto titulado “Despedidos con amor”, y con el subtítulo “Los medios cubanos acuñan un diccionario de nombres rebuscados y eufemismos para explicar la reforma laboral”. Nueve días después de publicarlo, recuerda, “una televisión procastrista dedicó un video de más de cuatro minutos y medio a replicar el reportaje y darme algunos consejos”. A partir de entonces, el Centro de Prensa Internacional le impuso lo que los funcionarios denominaban “el silencio de los correos”.

Las aventuras e infortunios de un corresponsal en La Habana en las postrimerías del castrismo, como indica el subtítulo del libro, están marcadas por un surrealismo tragicómico que acerca al lector, como en los mejores libros de viajes, a la trastienda vital de los lugareños. Para pescar noticias y, a poder ser, historias, cuando los caladeros se reducen a la propaganda y a los rumores, no basta solo con ingenio. También hay que luchar contra el miedo de quien quiere contar y no puede.

“En el coche o en casa, en el hotel o en el restaurante, cualquier objeto o hueco insignificante podía contener un micrófono que arruinaría la aventura cubana de todos los interlocutores en la charla así registrada”. Así que cada vez que un periodista, diplomático, espía o ejecutivo se disponía a decir algo jugoso de los Castro y sus circunstancias, añade, “había que darle caña a los altavoces. ‘Súbeme esa radio, haz el favor’ era la petición que anunciaba la infaltable sesión de morbo en las reuniones de expatriados en cualquier lugar cerrado. Y hasta en el jardín, la terraza o el balcón, la gente bajaba la voz por si acaso”.

"O te aclimatas o te aclimueres"

A todo ello hay que añadirle la impredecible montaña rusa política. Como relata García, “todo en Cuba parecía moverse dentro de un bucle en el que con suma fluidez se pasaba del tímido avance al frenazo en seco, de la autocrítica a la represión, del gesto de apertura a una nueva restricción, de la oferta de diálogo al enemigo a la renovada declaración de guerra, y después a la inversa para volver a empezar. ‘Se trata de mover la mayonesa', me decía siempre una amiga cubana cuando me veía demasiado optimista ante una aparente mejora o concesión del Gobierno”.

El “cronograma de la montaña rusa” es la metáfora que utiliza para describir el viaje del estado de ánimo de los corresponsales extranjeros en Cuba a lo largo de sus misiones en la isla: una primera etapa de entre seis meses y un año intentando justificar, comprender y mantener un cierto margen de tolerancia ante los fallos y excesos del sistema. Una segunda fase, después de algún punto de inflexión o bajón hacia el desengaño, con pronunciadas curvas de indignación y de “coger lucha”; un tercer periodo de sube y baja durante el cual ya uno va adquiriendo resistencia a la frustración a base de mucho “echar el cable a tierra”, y, a partir del tercer o cuarto año, una etapa de duración más indefinida en la que, con una costra cada vez más gruesa, el reto consiste en no aplatanarse hasta alcanzar un punto sin retorno de indolencia”.

Persuadido al mismo tiempo por los logros cubanos en cuestión de formación, sanidad, protección social y seguridad alimentaria, a García no dejó de enamorarlo “la chispa y el sentido del humor, difíciles de superar", de sus gentes. Quizá por ello ha podido captar la esencia de una isla en la que “o te aclimatas o te aclimueres”. Un retrato imprescindible de la vida diaria de los cubanos en las postrimerías de un régimen anacrónico, entre rescoldos de la Guerra Fría y aires de cambio a cuentagotas.

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