estreno de 'corrupción: el organismo nocivo'

Los que tiraron de la manta cuando a nadie le importaba

Un documental cuenta la historia de cinco ciudadanos anónimos que decidieron denunciar malas prácticas en la administración y su calvario tras abrir la boca

Foto: Los que tiraron de la manta cuando a nadie le importaba

La corrupción está de moda. Es fácil identificar los nombres de Bárcenas, Matas o  Griñan con algún escándalo o investigación abierta. Sin embargo, a nadie le suena el de Itziar González, Jaume Llansó, Carlos Martínez, Maite Carol, Albert Gadea y Fernando Urruticoechea. Cinco nombres desconocidos para cualquiera que van unidos a grandes procedimientos como  el caso Millet o Pretoria. No son imputados, son los responsables de haber abierto la caja de Pandora. El documental Corrupción: el organismo nocivo es un homenaje a estas personas que llevaron a sus jefes ante la justicia por no cumplir la ley, desviar fondos públicos o querer construir un hotel donde antes había un colegio.

Estos funcionarios apelan a algo que muchos habían olvidado durante años, la ética, el no mirar  para otro lado mientras se cometían las irregularidades. Decidieron denunciarlo a pesar de que las cosas en España iban bien, había recursos, sobraba el dinero y sus compañeros les decían que dejaran el río correr. El documental se centra en casos de Cataluña y Comunidad Valenciana pero todos comparten un denominador común: las ganas de hacer las cosas bien y el infierno que sufrieron por abrir la boca.

A pesar de tardar más de un año en grabarlo por la falta de financiación, -hasta el crowdfunding se les puso difícil- este fin de semana se puede ver en Madrid, en El Matadero. Es su primera parada tras su estreno en Barcelona aunque habrá más oportunidades durante los próximos meses en Ibiza, Barcelona o Alicante.

Hay testimonios de mobbing, hay lloros y lágrimas de sus protagonistas al recordar los años que pasaron, hay soledad porque sus propios compañeros les dieron la espalda para no mancharse las manos y hay anécdotas. Fernando Urruticoechea ha sido interventor en varios consistorios y en cada uno de ellos ha ido denunciando todas las irregularidades que ha visto. Desde Orihuela cuenta como tuvo que pagar la devolución de una caja de vino de regalo porque nadie se hacía cargo de esa devolución. Para él estos regalos, que según su opinión deberían prohibirse dentro de la Administración Pública, son la base y el principio de una corrupción política. “Vaya donde vaya, en todos los sitios donde llego, me regalan vino”, se queja Urruticoechea.

Carlos Martínez, inspector de cursos de formación profesional, denunció lo que hoy vemos en Andalucía, pero en Barcelona: fraude en los cursos para desempleados. En su caso tenía que ver con la retribución de los formadores. Si debían cobrar 50 euros brutos, acababan percibiendo 12. Martínez cuenta cómo después de hacer el Camino de Santiago y reflexionar sobre la situación, presentó la documentación que justificaba el desvío de fondos públicos mientras pensaba “Que Dios me pille confesado”; aunque ni se esperaba lo que vendría después. En un informe desfavorable redactado por él mismo para evitar dar fondos a una escuela de formación se encontró con un tachón en su justificación y una anotación a mano del responsable municipal que decía “No hacer caso”.

La cinta homenajea a los que llevaron a sus jefes ante la justicia por no cumplir la ley

La corrupción está de moda pero también la denuncia. El documental recuerda en algunos momentos al programa Salvados y a uno le da la sensación de que Jordi Évole va a salir en cualquier momento. Sin embargo no hay presentadores, solo testimonios y vidas rotas. Muchos han dejado de trabajar en el servicio público y otros han visto como, después de tanto esfuerzo, la sentencia no era lo que esperaban.

Pero, pese al final agridulce de sus protagonistas, el documental deja un buen sabor de boca, una sensación de que la ciudadanía se mueve. Hay también cabida para mostrar  diferentes iniciativas de personas anónimas cuyo único objetivo es controlar a su ayuntamiento. Al final aparece la sensación de que merece la pena denunciar, de que el verdadero médico para curar este cáncer llamado corrupción es el ciudadano, de que son los únicos capaces de erradicarlo. De que el control es suyo.

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