La librería alberti está de cumpleaños

Cuarenta años trabajando por la libertad

Lola Larumbe es una librera de referencia de este país. Estos días celebra cuatro décadas de vida de su negocio, esencial en la transición intelectual de la dictadura a la democracia

Foto: Lola Larumbe, dueña de la librería Alberti, en el barrio madrileño de Moncloa. (EC)
Lola Larumbe, dueña de la librería Alberti, en el barrio madrileño de Moncloa. (EC)

Doce de mayo de 1977. La fecha escrita con bolígrafo azul junto al titular de la noticia recortada: “Atentado contra la librería Alberti y los policías que la protegen”. “Cinco individuos, que han sido detenidos, desde un coche y en dos pasadas, realizaron diversos disparos”. El artículo arranca con un dato escalofriante: en un año y medio, la librería ha sufrido seis atentados. El primero, en marzo de 1976, cuatro meses después de la apertura del local, que abrió sus puertas en el barrio madrileño de Moncloa un mes antes de la muerte de Francisco Franco. Estos días, su propietaria Lola Larumbre celebra que la librería cumple cuarenta años y que se ha convertido en un hito de la transición intelectual española.

Cuatro décadas más tarde la cultura sigue siendo sospechosa. Eso sí, ya no necesita de “números de la Policía Armada que montan guardia las veinticuatro horas del día, en servicio de protección permanente”. Aquellos fueron días de atentados a las cinco de la madrugada y disparos contra los escaparates desde un Citroen-8 familiar, de color blanco. En la nota del periódico, el primer propietario y fundador de la librería, Enrique Lagunero Muñoz, agradecía a los policías la protección, porque “con su actuación van apoyando la marcha hacia la democracia al estar al servicio de la ley y en contra del terrorismo fascista”. A las “seis y veinticinco” de la mañana, los cinco autores fueron detenidos en la gasolinera de Alberto Aguilera esquina Vallehermoso.

Los libros y la lectura, la cultura y su maldita curiosidad, los centros de difusión de ideas contra el poder y la capacidad para armar una sociedad crítica que cuestiona los métodos de sus gobernantes. Como dice Lola, “ha cambiado todo, para seguir igual”. También en la gestión comercial. Por eso era importante para ella pararse un instante y pensar qué ha pasado en todo este tiempo, “cómo éramos y cómo somos”. 

Ella se hizo cargo del negocio a finales de 1979, cuando sacaba de las cajas los libros para ponerlos en la mesa. O sea, como hoy. El objeto es el mismo, libro en papel; el objetivo, también, venderlo. ¿Qué ha cambiado? Antes, libros en la mesa y a esperar. “Hoy, el librero no puede esperar”. Es decir, activismo cultural. 

Parecen dos países diferentes. Son dos países distintos. España, años ochenta; España, dosmilquince. “En los setenta abrieron muchas librerías. Son espacios de libertad y de convivencia. Por eso las fuerzas reaccionarias trataron de eliminar librerías, periódicos y editoriales”. Al frente de la revolución de las ideas y del fin del acoso, un grupo de jóvenes lectores comprometidos con los lectores del futuro: Jorge Herralde, Carlos Barral, Josép María Castellet, Esther Tusquets, Beatriz de Moura, Jaime Salinas, Mario Muchnik o Pedro Altares.

“Antes necesitábamos libertades políticas, ahora libertades comerciales. Es decir, espacios que no estén condicionados por los intereses de grupos editoriales. Ahora quien oprime no es el poder político, sino el económico”, cuenta Lola, que reivindica su hambre para mostrar su independencia en la selección de los fondos, en el género que vende y en cómo lo hace. Entran dos clientes, que se dirigen a ella como lo hace un familiar.

“Pongan su mejor sonrisa, intenten fingir que están en un sitio decente y no en una librería, un sitio que todos sabemos propicia los peores pensamientos. Gracias”, y el espontáneo dispara su cámara mientras la entrevista entre la librera y el periodista continúa. Por cosas así no extraña que Lola diga que todo lo bueno que le pasa a su comercio tiene que ver con la gente que viene a comprar libros y a buscar amparo.

Libros contra balas

Piensa ahora en aquel pequeño lector de diez años que terminó convirtiéndose en “un extraordinario lector” y editor de Impedimenta, Enrique Redel. Recuerda a José Luis Sampedro, con el que tuvo gran amistad. Y a los presos que vio en libertad al entrar en las bibliotecas de las nuevas cárceles que fue llenando de volúmenes. Y ni rastro de aquel de los cinco detenidos, el que disparó, el que iba armado con “una pistola de nueve largo”, “25 proyectiles” y tenía los mismos apellidos que el autor de este artículo, hijo de su hermano.

Lola se reconoce sin grandes ambiciones, le basta con abrir cada día con los recibos y los sueldos pagados. Como si eso fuera poco. Duda sobre su papel, pero explica que para ella es importante que la librería Alberti siga siendo una referencia, “en un momento en el que se está borrando todo”.

Interior de la librería Alberti.
Interior de la librería Alberti.

En un momento en el que la crisis ha devorado las garantías y el bienestar. Recuerda que los ochenta tan bien fueron duros, que cada época ha traído sus amenazas, empezando por las grandes superficies, pasando por los quioscos y los coleccionables de la prensa tradicional, hasta llegar a la piratería y Amazon. “Está siendo brutal. Por primera vez lo hemos visto peligrar todo”.

La falta de complicidad de los gobiernos local y estatal también ayuda en el funeral. La congelación de la compra de fondos para bibliotecas, la falta de interés en la cultura. “Es más importante comprarte un libro que unos zapatos. El Ministerio tendría que hacer algo por estos lugares, pero no se ocupa de nada. No tiene ninguna consideración sobre la lectura, están convencidos de que sus ciudadanos no necesitan leer”, añade. 

'Es más importante comprarte un libro que unos zapatos'

Mientras tanto, nuevas alianzas, nuevas complicidades. La relación con los editores ha cambiado, explica, “y para mejor”. La nueva edición independiente ha entendido que las librerías son sus aliadas, que sus libros estarán mejor tratados en las mesas de estos establecimientos, que en los estantes de los centros comerciales. Los libreros se benefician, a cambio, de los canales de comunicación de las editoriales. 

Las libreras también leen como cualquiera, cuando pueden. Lola explica que lo hace de una manera muy desordenada, muchos libros a la vez y aprovechando los escasos tiempos muertos que le deja el día. Cuenta que lee bastante rápido, que no hace otra cosa en el fin de semana más que leerse un libro y deja los clásicos para el verano. Guerra y paz o Fortunata y Jacinta. Mañana levantará el cierre de nuevo. 

Cultura

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