Las cartas pasan a la historia
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Las cartas pasan a la historia

Patti Lyle Collins. No hay fotos de ella y querríamos conocer a la mujer que tenía fama de poder interpretar cualquier dirección garabateada en un sobre

Foto: Una imagen de un trabajador de la Dead Letters Office, donde iban a parar todas las cartas que no podían entregarse por algún defecto. (NATIONAL POSTAL MUSEUM)
Una imagen de un trabajador de la Dead Letters Office, donde iban a parar todas las cartas que no podían entregarse por algún defecto. (NATIONAL POSTAL MUSEUM)

Entre los naufragios postales, Patti Lyle Collins se preguntaba, en 1889, por qué se perdían seis millones de cartas y paquetes todos los años. 32.000 se enviaron sin dirección, 85.000 no llevaban timbre, 200.000 habían quedado varados en la recepción de diversos hoteles. De ellos, cerca de 82.000 transportaban dinero o giros postales. Entre ellos, un sobre en el que alguien remitía de la siguiente manera: “A mi hijo que vive allá en el oeste y arrea un buey pinto, cerca pasa el tren”.

El país había logrado levantar una red postal que asistía a casi todo el país: el número de cartas que cruzaban Estados Unidos de un lado a otro en el segundo tercio del siglo creció de los 27 millones en 1840 a los 160 en 1860. A más cartas vivas, más cartas muertas. A pesar del esfuerzo de Patti por reanimarlas. Por ejemplo, fue capaz de descifrar que una carta con esta dirección:

M Napoletano

Stater Naielande,

Nerbraiti Sechem Street

No 41

Debía ser enviada a:

Mr. Napoletano

41 Second Street

New Brighton

Nueva York

En aquel despacho en Washington DC fueron llegando los millones de cartas extraviadas incendiadas a las pocas semanas de su depósito. Llamas para las palabras más sentidas. Aunque su cometido, desde su fundación en 1770, era hacer las veces de depósito del correo no reclamado. En la mayoría de los casos, los artículos de valor contenidos en cartas y paquetes pasaban a las ganancias del Tesoro nacional.

El catálogo de subastas de la Dead Letter Office es una síntesis de las necesidades humanas y mundanas: varios pares de calcetines, polainas y guantes, medicamentos milagrosos (crece pelos, curalotodo) una “jeringa, completa”, unos “pechos falsos”, un “escritorio de soldado”, el “coche fúnebre del presidente Lincoln” (un grabado), “profiláctico francés”, “máquina de copiar”, “catequismo del motor a vapor”, así como dos artículos llamados, sin más, “esposa” y “esposa repudiada”.

El catálogo de subastas de la Dead Letter Office es una síntesis de las necesidades humanas y mundanas: varios pares de calcetines, polainas y guantes, medicamentos milagrosos (crece pelos, curalotodo) una “jeringa, completa”, unos “pechos falsos”, un “escritorio de soldado”, el “coche fúnebre del presidente Lincoln” (un grabado), “profiláctico francés”, “máquina de copiar”, “catequismo del motor a vapor”, así como dos artículos llamados, sin más, “esposa” y “esposa repudiada”.

Correspondencia inmortal

Las cartas nunca mueren, aunque algunas se quemen y todas terminen lejos de su destino con el paso de los años. Simon Garfield (Londres, 1960) ha querido rendir tributo a esta especie en extinción en una obra de orfebre y archivo: ha montado una breve historia del arte de escribir y esperar. Recorre en Postdata (Taurus) varias formas de cartearse desde el Séneca a nuestros días, los personajes más anónimos a los escritores más famosos, como Virginia Woolf, Lewis Carroll, Emily Dickinson, E. M. Forster, para demostrar la forzosa necesidad de contarnos al otro, de entregarle secretos, confidencias, angustias, alegrías, anécdotas. De escribirse (hurgarse) uno para ordenarse ante un espejo.

“Hubo un tiempo en el que el mundo funcionaba gracias al correo. Las cartas desempeñaban la función de lubricante de la interacción humana y propugnaban la dispersión de ideas. Fueron canal callado de lo banal y lo valioso”, explica el autor en su prólogo, con un notable apego a aquellos años en los que no existía el correo electrónico. “Un mundo sin cartas sería ciertamente un mundo sin aire que respirar”, para añadir un poco de dramatismo en su reflexión sobre lo que hemos perdido al sustituir una cosa por la otra. “La digitalización de la comunicación ha ejercido un efecto devastador sobre nuestras vidas”, porque dice que “las cartas son caricias”. Y la bandeja de entrada, no.

La cuestión es que las cartas siguen acelerándonos -el corazón, el ánimo, lo que sea- y de momento no han sido sustituidas, aunque apenas mandemos la mitad de la mitad. Garfield se ha dedicado a recopilar la correspondencia más agradecida, “homenajear a algunas cartas que han logrado capturar con arte todo un mundo sobre una hoja de papel”. O los garabatos de los genios con poco tiempo para explayarse como Oscar Wilde, que escribía cartas en su casa de Chelsea y no se molestaba siquiera en enviarlas. Colocaba el sello y tiraba la carta por la ventana. Ya la cogería alguien y la llevaría al buzón por él.

El azar y los secretos. Val A. Walker. Probablemente tampoco les suene. Él se consideraba con un talento mayor que el escurridizo Harry Houdini. Le envidiaba por su fama y su riqueza. A pesar de haber sido el creador del truco de “la chica de la radio” –ya saben, el cajón sobre ruedas del tamaño de una persona en el que se introducen cuchillos y planchas de metal, y atraviesan al inquilino- un día lo dejó todo. Se aburrió de hacer bolos. Retomó su trabajo como ingeniero eléctrico y volvió a su vida gris. Nunca más a un escenario y varias décadas más tarde murió.

No se llevó sus secretos a la tumba. Al menos, no los que quedaron en sus cartas, donde escribió sobre sus espectáculos y trucos. Su fe en el engaño y la ilusión estaban a salvo, en las manos de nuestro autor, Simon Garfield, que se hizo en una subasta con el lote de su correspondencia mágica. “Todo lo que escribió en ellas me dio lo que sus antiguos colegas espiritistas jamás alcanzaron: un amigo del trasmundo”.

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