entrevista a ignacio juliá

"El Primavera Sound recibe ayudas que necesitan empresas culturales de alto riesgo"

El reconocido periodista musical publica 'La nostalgia ya no es lo que era', una antología con los mejores artículos que ha escrito en los últimos quince años

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El periodista musical Ignacio Juliá
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Es una de las firmas más respetadas del periodismo rockero español. El último libro de Ignacio Juliá se titula La nostalgia ya no es lo que era (Alternia), una antología de sus artículos de los últimos quince años. Su larga trayectoria ha desembocado en relaciones personales con artistas como Lou Reed, Sonic Youth o Yo La Tengo. "Cuando me interesa un obra, también me suele interesar la persona que hay detrás, por eso he acabado traspasando la distancia que se supone que debe mantener un periodista. Quien lea mis textos verá que también soy muy crítico cuando alguno de sus discos no me gusta", explica. Nació en Barcelona en 1956 y ha desarrollado una larga trayectoria, desde la fundación de la revista rockera Ruta 66 hasta su participación en programas para la radio y televisión catalana. Los lectores de biografías musicales le conocen por sus trabajos sobre Neil Young, The Velvet Undergound o Sonic Youth, entre otros.

P: Tu último libro se titula La nostalgia ya no es lo que era. Hoy vivimos un fenómeno curioso que es la “nostalgia por lo no vivido”. Pienso en los veinteañeros que van a festivales como Benicàssim o el Primavera Sound para ver reuniones de grupos míticos del rock alternativo de los años noventa como Pixies o Stone Roses.

Hay tanta precariedad económica que ninguna revista se atreve a poner mal el contenido de quien se anuncia en la contraportada. El sentido crítico está siendo limado cuando no aniquilado

R: No voy a entrar en si la nostalgia es un sentimiento positivo o negativo. Creo que mirar al pasado siempre resulta educativo. Escuchamos música para conectar con la experiencia sensorial y emocional de los artistas, que es distinta de la nuestra. Yo cumplí los dieciocho en 1974 y tenía nostalgia de ese mundo que no había podido vivir por culpa de la dictadura. Lo que le ocurre a un chaval universitario de ahora que compra un abono de festival para escuchar a Pixies me pasó a mí con la Velvet Underground, a quienes vi en 1993, cuando ya eran una cosa distinta de ellos mismos a finales de los sesenta. La nostalgia es un anhelo melancólico. Ahora tengo 58 años y me cuesta más conectar con grupos nuevos, por la edad y porque ya he visto el reciclaje del reciclaje del reciclaje. A pesar de todo, encuentro esta época muy estimulante, aunque esté cobrando la mitad de dinero que hace una década. En los últimos años se han caído muchas certezas sobre arte, política y sociedad. Los tiempos convulsos siempre resultan más interesantes.

P: La prensa cultural española, en su mayoría, se ha mantenido desconectada de la política durante tres décadas. Los textos del libro donde hablas sobre tus comienzos muestran otro panorama: lo mismo coincidías con Almodóvar en una proyección de cortos que asistías a unas jornadas libertarias. Eso se pierde en los años ochenta y no se recupera hasta el 15M de 2011, ¿no?

R: Totalmente. Los ochenta fueron muy superficiales: en 1982 vivimos una fiesta efervescente por la victoria del PSOE tras la larga noche franquista. Después nos encontramos la resaca. El 15M ha traído de vuelta la política: ahora interesan cuestiones sociales y todos sabemos en qué punto del espectro se sitúan Nacho Vegas y Russian Red. A mí me interesan las canciones políticas en el sentido de cuestionar el entorno en el que te estás moviendo. Eso hace unos años era más complicado que ahora. Me parece crucial no usar la música como barrera, sino como espacio de encuentro. Hay una investigación musical pendiente para explicar por qué los universitarios prefieren grupos tipo The Smiths y Joy Division, mientras que quienes van de primaria directamente a la fábrica se sienten atraídos por estilos como el heavy metal.

P: Incluyes un artículo muy interesante sobre Studs Terkel, un locutor estadounidense que consiguió llegar a obreros y amas de casa programando en pie de igualdad rockeras como Janis Joplin y arias de Puccini. La prensa musical española, en cambio, siempre se ha dirigido a un grupo muy concreto y homogéneo: varones blancos con perfil bohemio o universitario.

El 15M ha traído de vuelta la política: ahora interesan cuestiones sociales y todos sabemos en qué punto del espectro se sitúan Nacho Vegas y Russian Red

R: El enfoque de Studs Terkel era que todos somos iguales. Lo que te emociona a ti le puede emocionar a cualquiera. A mí también me educaron así. David Byrne dice que todos somos racistas y que hay que luchar contra ello cada día. Terkel lo hizo muy bien, además tenía la ventaja de que era el director de un programa de radio masivo, equivalente a nuestra cadena Ser. En España, por desgracia, venimos de la crítica de fans, las revistas de los setenta eran un póster del artista y un texto muy modesto. Ahora hay tanta precariedad económica que ninguna revista se atreve a poner mal el contenido de quien se anuncia en la contraportada. El sentido crítico está siendo limado cuando no aniquilado.

Imagen del Primavera Sound Festival 2014 (Efe)
Imagen del Primavera Sound Festival 2014 (Efe)

R: En el libro destaca también un texto muy duro contra el sistema de reparto de subvenciones culturales de Barcelona. Cuentas tu primera y única experiencia como jurado, donde todo te parecía sospechoso.

R: Volvería a escribir ese texto. Cuando lo publiqué ya sabía que no me iban llamar más veces. Noté que en el resto del comité había mucha gente que se dedicaba profesionalmente a esto. Parecía que se veían cada tres meses. Y cobrando, claro. Tuve la sensación de que muchos artistas de la ciudad contaban con el aguinaldo anual. Por ejemplo, la Compañía Eléctrica Dharma cobraba cada año y yo estoy en contra de eso. Lo que me molestó es que había músicos, coreógrafos y escultores que parecían acostumbrados. Si te lo dan dos o tres años bien, pero que no sea algo prefijado. Notaba una inercia de la burocracia, gente que lleva renovando subvención quince o veinte años seguidos.

R: También cuestionas la subvención al Sónar o el Primavera Sound, que describes como "festivales con patrocinio de marcas comerciales" que atraen "mucho guiri sueltacuartos y aliviaorines".  A mediados de la década pasada, estos festivales ya cobraban de Barcelona 125.000 euros cada uno.  En 2012, el Primavera ingresaba 240.000 euros en ayudas públicas. También denuncias que cobren "la cerveza a precio de champán".

Es una situación inédita, donde puedes disfrutar de toda la historia de la música grabada. Creo que el “gratis total” acabará empobreciéndonos.

R: El Ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat están patrocinando actos que tienen repercusión económica en la ciudad. ¿Hasta dónde llega ese impacto? No lo sé. Tampoco creo que sea culpa de las subvenciones, sino de los nuevos patrones de consumo. Primavera Sound invita a una escucha de picoteo: cuando estás en el recinto ves mucha gente que se marcha de un concierto a los veinte minutos porque ya puede decir “he visto a Wilco” o “he visto a Big Star”. Además tienen la foto que se han hecho con el móvil para demostrarlo en las redes sociales. ¿No crees que el Primavera Sound sería igual de bueno con la mitad de grupos?

P: Depende de qué mitad dejes. Más allá de gustos, veo sentido a la subvención si se comprometen a traer artistas que los promotores y ayuntamientos pequeños no puedan asumir. Por ejemplo, las bandas de afrobeat que tocaron este año, que tienen diez o doce músicos y es complicado que tengan una gira rentable en plena debacle económica. Pero en el cartel mandan grupos pop-rock de moda que no justifican otorgar ninguna ayuda pública, en mi opinión.

R: Este tipo de consumo cultural va a acabar empobreciéndonos. Ahora lo alternativo es masivo y lo underground es comercial también. Lo radical fue absorbido por el sistema. Si los Sex Pistols se formaran hoy nadie se escandalizaría. También veo una responsabilidad de los artistas. Yo La Tengo prefieren el Primavera Sound a una gira porque trabajan menos: están tres días a cuerpo de rey en Barcelona y ganan más que haciendo tres o cuatro conciertos por todo el país. Cuando les pregunto por los festivales me responden "buena paga".

Ignacio juliá publica el libro 'la nostalgia ya no es lo que era'
Ignacio juliá publica el libro 'la nostalgia ya no es lo que era'

P: Quizá no podamos hacer mucho contra esos patrones de consumo, pero tampoco hay por qué darles dinero publico. Otros proyectos o infraestructuras lo necesitan más.

R: Obviamente. Lo que pasa es que entonces también habría que quitar la subvención al Mobile World Congress, la feria de los móviles de Barcelona donde vienen empresas de telefonía de todo el planeta. Es una actividad que beneficia sobre todo a los restaurantes, que están encantados de tener clientes que todavía manejan tarjetas de empresa, un lujo que se ha esfumado en España. El Primavera Sound tiene un cierto paralelismo con eso más que con una empresa cultural de alto riesgo, que sí necesita esa subvención. La cultura siempre fue industria, pero cada vez más prima el negocio puro y duro. 

P: Diría que uno de los mayores defectos de la crítica musical en España es la anglofilia. Me identifico mucho con la frase que usas para cerrar el artículo sobre el legendario productor Joe Boyd, que llega a un punto en que se niega a escuchar más grupos blancos que canten en inglés. ¿Cómo valoras esa frase?

Hay una cierta ingenuidad en la que hemos caído todos que consiste en pensar que porque alguien tenga un grupo punk es de manera automática una persona de izquierda

R: La crítica musical es muy etnocéntrica, muy del viejo mundo, porque Estados Unidos no deja de ser un apéndice cultural de Europa. Toda la música estadounidense que hemos disfrutado ha sido blanca, con raíces europeas. En los años setenta mirábamos los discos de James Brown como una cosa para discotecas, no le dábamos el mismo valor cultural que tenía en Estados Unidos. Ellos lo veían al mismo nivel que la música blanca, aunque supieran que no se enteraban del todo de la cultura afroamericana. La frase que citas es importante que la diga Joe Boyd porque hablamos del productor del primer sencillo de Pink Floyd, del descubridor de Nick Drake y de alguien prestigioso dentro del folk blanco. Tiene toda esa legitimidad cultural y de repente descubre que el mundo de la música es mucho más grande de lo que él pensaba. Al final pide a los grupos blancos que cantan en inglés que no le manden canciones.

P: En tu libro sobre Sonic Youth cuentas que, después de los atentados del 11-S, Thurston Moore mandaba por mail a sus amigos artículos denunciando el imperialismo estadounidense y que -para su sorpresa- muchos rockeros alternativos le contestaban con hostilidad patriótica. ¿La escena rock se ha movido a la derecha?

R: Creo que hay una cierta ingenuidad en la que hemos caído todos que consiste en pensar que porque alguien tenga un grupo punk es de manera automática una persona de izquierda. Otro fenómeno curioso: en la época de Clinton, un presidente demócrata, salen estos todos cantautores y rockeros melancólicos y apesadumbrados, que están lejos de ser un movimiento de oposición política. Luego tenemos superestrellas como Bruce Springsteen que publica el disco Wrecking Ball (2013) y todos los neoconservadores se le echan encima. En una de las canciones, Jack Of All Trades, habla de un trabajador que se da cuenta de que su mundo se ha ido a la mierda y llega a la conclusión de que si tuviera una pistola y se encontrase a alguno de los banqueros o especuladores responsables les va a pegar un tiro por hijos de puta. Hubo una reacción del Wall Street Journal y otros medios neocon diciendo que esa letra podría provocar algún asesinato de ejecutivos en el metro de Nueva York.

El acceso democrático a la cultura está modificando el modo en que nos relacionamos con ella. Es muy distinto la forma en que yo consumía música, basado en elepés, que lo que hace un chaval ahora

P: Bueno, no quiero quitar méritos a Springsteen, pero me parece un artista tirando a obediente con la línea del partido Demócrata. Su álbum Working On A Dream (2009) parece la banda sonora de la investidura de Obama.

R: Es cierto, pero habría que preguntarle su opinión ahora. Lou Reed era muy partidario de Obama y al final no hablaba bien del presidente. Ese disco de Springsteen es llamativo porque hay ecos de grupos como los Beach Boys que nunca habían estado entre sus influencias. Sí que parece pensado para ambientar la gala de toma de posesión de Obama.

Bruce Springsteen en una actuación durante campaña de Barack Obama (Efe)
Bruce Springsteen en una actuación durante campaña de Barack Obama (Efe)

P: El mundo de la música ¿está igual, peor o mejor que cuando empezaste?

R: Es distinto. Hay más abundancia, más variedad y acceso instantáneo a un montón de artistas. Es una situación inédita, donde puedes disfrutar de toda la historia de la música grabada. Creo que el “gratis total” acabará empobreciéndonos. Pero, bueno, el acceso democrático a la cultura está modificando el modo en que nos relacionamos con ella. Es muy distinto la forma en que yo consumía música, basado en elepés, que lo que hace un chaval ahora. Nosotros teníamos muy pocos discos y los escuchábamos sin parar, si queríamos una película había que ir al cine. Ahora está todo a un clic, la capacidad de concentración es más corta.

P: ¿Qué cambios notas en tu trabajo diario?

Ahora lo alternativo es masivo y lo underground es comercial también. Lo radical fue absorbido por el sistema

R: Sigo editando Ruta 66 y en los últimos quince años me he dado cuenta de que montar una banda de rock se ha convertido en una especie de aventura juvenil. Sacas dos o tres discos y si no triunfas, te retiras. Muchos son como esa gente que escuchaba música en los años de universidad y luego se acomodan y lo ven como algo superado, una fiebre juvenil. Ahora hay un montón de artistas que no tienen nada que decir. Les interesa salir guapos en las fotos y tocar en las tres grandes ciudades de su país. En 1975 no había ni el diez por ciento de los grupos que hay ahora en España. Convendría cierta criba donde los críticos musicales tenemos nuestro papel. Sigo creyendo que el artista interesante es quien no podría hacer otra cosa con su vida que eso, el que vive obsesionado veinticuatro horas al día. Podemos citar el ejemplo de John Coltrane, que es la cima de todo eso. 

P: Hay términos que utilizas que no sé si me convencen. No veo una "democratización" porque siguen activas barreras de clase y raza que facilitan que la mayoría de artistas de éxito sean blancos y occidentales. Tampoco me convence la expresión "gratis total" porque los ordenadores valen ochocientos euros y las conexiones ADSL veintipico al mes.

R: Es cierto. La industria discográfica está manejada por las mismas empresas que mandan en la informática o las telefónicas. Cuando se inventan el casete virgen o el compact-disc grabable lo hacen grandes emporios sabiendo que van a ganar más dinero todavía. El CD grabable lo inventó Sony, que es una de las mayores multinacionales de la música. El poder sigue en el mismo sitio. 

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