Premio Nacional de ensayo 2001

Muere Ángel González García, la voz independiente de la historia del arte

Ángel González García ha fallecido, hoy, en Madrid. Tenía 66 años y, probablemente, la carrera más brillante e independiente de todas las que navegan por el

Foto: Conferencia de Ángel González en la Fundación Tàpies, en 2006. (Fundación Tàpies, Jordi Vic)
Conferencia de Ángel González en la Fundación Tàpies, en 2006. (Fundación Tàpies, Jordi Vic)

Ángel González García ha fallecido, hoy, en Madrid. Tenía 66 años y, probablemente, la carrera más brillante e independiente de todas las que navegan por el barrizal de la Historia del Arte. Ha sido, es y será ejemplo de quienes hacen de sus intereses plato secundario. Quien escribe esto aprendió de él que a los artistas, cuando arrancan a hablar sobre su obra, no hay que hacerles ni caso porque no tienen ni idea de lo que dicen.

Por supuesto, siempre en el extrarradio de las celebraciones y los homenajes, a pesar de su Premio Nacional de Ensayo 2001 por El resto. Una historia invisible del arte contemporáneo (editado por el Museo de Bellas Artes de Bilbao), a pesar de la obra cumbre Pintar sin tener ni idea y otros ensayos sobre arte (Lampreave y Millán, 2007) y a pesar del afilado y sagaz divertimento Roma en cuatro pasos y Algunos avisos urgentes sobre decoración de interiores y coleccionismo (Ediciones Asimétricas), entre tantas otras enseñanzas que han quedado por escrito. Para siempre.

Sus clases y sus libros eran y son una invitación a la rebeldía intelectual, para volverlo a pensar todo, para construir desde la libertad el relato que cada generación tiene derecho a levantar sin los lastres y errores de los predecesores

También aprendimos a dudar de las políticas y las propagandas culturales, de todo lo que llevara confeti y grandes titulares. En las aulas de aquella caja de cerillas franquista que se levanta en los arrabales de la Universidad Complutense de Madrid ha educado en la disidencia, ha formado en la resistencia, ha enseñado a desmontar los cánones. Sus clases y sus libros eran y son una invitación a la rebeldía intelectual, para volverlo a pensar todo, para construir desde la libertad el relato que cada generación tiene derecho a levantar sin los lastres y errores de los predecesores.

Un maestro íntegro y rebelde

Ángel González García nunca fue Saturno, entregó sus armas, sus experiencias, sus recuerdos, sus lecturas, sus pensamientos, lo dejó todo encima de la mesa y ordenó a sus alumnos que lo superaran. Esa generosidad, su falta de complejos y de miedos, su integridad y su entrega, entenderán que le hacen insuperable.

Muestra de Chardin, en el Museo Nacional del Prado. (REUTERS)
Muestra de Chardin, en el Museo Nacional del Prado. (REUTERS)

Tenía un don cuando se ponía a escribir, que le permitía desenmarañar siglos y siglos de retórica retorcida. Ha sacado la historia del arte de los grandes salones, de los ricos salones, de los salones de los privilegiados, siempre con rigor y vehemencia, siempre iluminado. En el catálogo de la primera exposición del pintor francés Chardin, organizada por el Museo Nacional del Prado, en 2011, explicaba el profesor que el artista se dedicó a los bodegones porque “sólo en ellos se conserva el esplendor de la materia, tan superior evidentemente al esplendor de Dios”. De un plumazo le dibujó como un pintor para ateos, a pesar de los kilos y kilos de papel escritos con la teoría contraria.

“La pintura de Chardin vendría a ser así un argumento en contra de su existencia; la gozosa demostración de que no le necesitamos [a Dios]; pintura para ateos, que es como decir pintura para seres humanos que se sienten orgullosamente satisfechos de su presencia física en este mundo”, remataba para aclarar que Chardin nunca necesitó una alegoría o una anécdota. Le bastó pintar todo lo que vio. Y ya.

Contra el arte del conocimiento

Huérfanos de ímpetu y excitación para buscar en una obra de arte lo que nunca llegamos a ver, esos elementos invisibles que sólo en los buenos artistas pueden ser evidentes. Le gustaba utilizar la metáfora del columpio para referirse a su experiencia con el arte: en el balanceo uno oscila de lo alcanzable a lo inalcanzable. Intentar entender a un artista y su obra es como balancearse, asumiendo el placer y el peligro, el acierto y el error.

El arte tiene un fuerte poder curativo de un cuerpo machacado por los ricos. ¡El arte ha sido secuestrado por los ricos para que no tengamos ni siquiera ese consuelo!

En ese balanceo señalaba, en una de las últimas conversaciones que mantuvo con este periodista, que el arte de ideas es un arte “esencialmente reaccionario”, y señalaba a Santiago Sierra. Porque este tipo de artistas reactivan y difunden las ideas que siempre son las ideas de los que mandan. “Todo arte de ideas es un arte reaccionario, enemigo de la causa de los pobres”. Esperaba del arte algo más que una promesa de felicidad.

Aquel día quedamos en la cafetería de un hotel cercano al Museo Reina Sofía, todavía no padecía las mil y una enfermedades que pararon un corazón demasiado grande (la medicina lo llama cardiomiopatía dilatada) y mantenía un nivel dialéctico que le permitía lanzar mil pensamientos por segundo, y sin probar ni gota de cafeína: “El arte no tiene por qué transmitir conocimiento. Es un acontecimiento sensorial. El arte debe ayudar al trabajador que vuelve a casa hecho papilla por culpa de un ritmo de trabajo horrible, que el capitalismo impone. Lo único verdaderamente revolucionario es reinventar el arte como instrumento de regeneración corporal frente a los abusos del capitalismo. El arte tiene un fuerte poder curativo de un cuerpo machacado por los ricos. ¡El arte ha sido secuestrado por los ricos para que no tengamos ni siquiera ese consuelo!”.

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