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Llega ‘El cura y los mandarines’

Morán despedaza al trepa cultural español

Cuenta atrás para la publicación del ensayo de Gregorio Morán que Planeta censuró

Foto: La Duquesa de Alba y Jesús Aguirre. (Gtres)
La Duquesa de Alba y Jesús Aguirre. (Gtres)

Periodista prestigioso (Gregorio Morán) escribe libro (El cura y los mandarines) de 800 páginas sobre la fontanería política y cultural española entre 1962 y 1996. Editorial (Crítica/Planeta) lo anuncia a bombo y platillo. Amazon pone el libro en preventa. Editorial recula. Periodista se niega a purgar capítulo sobre los académicos de la RAE. Editorial decide no publicar libro (es decir: censura). Autor se va con el libro a otra parte (Akal). Conclusión del culebrón: en menos de quince días llegará por fin a las librerías El cura y los mandarines. Los lectores, por tanto, podrán por fin saciar su morbo.

El escritor ya advirtió que solo publicaría El cura y los mandarines íntegro y sin tocar una coma, y así ha sido, salvo que la edición de Akal incluye un prefacio nuevo en el que Morán analiza el quilombo censor. Los editores de Crítica explicaron a este periódico el motivo oficial de la no publicación: temían que les cosieran a demandas por el tono beligerante del libro. Morán niega la mayor en el prefacio: “Es verdad que hubo algún amago jurídico sobre los riesgos del libro, pero de escasa entidad. Se solventaron demostrando la inanidad de las objeciones, y así siguió el ritmo habitual de edición hasta que en el sitio más insospechado, surgió el chantaje”.

Morán entregó el manuscrito a Crítica hace más de un año: el 13 de noviembre de 2013. Pero no fue hasta tres semanas antes de la fecha de publicación prevista, el pasado 16 de septiembre, cuando Crítica decidió echarse atrás. El ensayo se podía reservar y ya estaba lista tanto la portada como la contraportada, que incluía un texto elogioso de la editorial convertido ahora en jugosa paradoja.

Esto es lo que decía Crítica sobre El cura y los mandarines antes de purgarlo: “Nos hallamos ante una historia intelectual de España, seria y documentada, escrita con un sentido crítico y una sinceridad que consigue que los intentos anteriores en este terreno nos parezcan insustanciales. No hay duda de que la obra de Morán va a escandalizar por la dureza de sus juicios, y que va a provocar muchos debates y algunas indignaciones, pero la verdad es que, a partir de ahora, ninguna reflexión sobre la cultura española en la segunda mitad del siglo XX podrá prescindir de referirse a este libro”.

Pues dicho y hecho: la editorial fue la primera en “escandalizarse” e “indignarse” con su propio libro. Curioso caso de profecía autocumplida.

Como se pueden ustedes imaginar, Morán no puede evitar deleitarse al releer la contraportada abortada. “Sin embargo, sí se podía prescindir no sólo de la referencia al libro, sino hasta de su propia existencia”, zanja irónico en el prefacio.

Las cosas de Jesús Aguirre

Dado que El cura y los mandarines está a punto de llegar a las librerías, toca pasar página de la polémica y centrarse en el contenido del ensayo, que se abre con un extenso prólogo en el que Morán analiza sus motivaciones para afrontar un texto de 800 páginas que tardó diez años en concluir.

Revisar treinta años de relaciones entre la política y la cultura españolas, incluyendo un sonado cambio de régimen entre medias, era una tarea titánica que necesitaba necesariamente de un hilo conductor: Jesús Aguirre (1934/2001), ex sacerdote, ex antifranquista, ex referente cultural como editor literario de Taurus, ex Director General de Música del ministerio de Cultura y ex Duque consorte de Alba. ¿Quién da más?

Morán utiliza a Aguirre como metáfora de una época y símbolo de uno de sus arquetipos dominantes, el del intelectual (progresista/liberal) antifranquista reconvertido en trepa cultural: "Había sido un excelente trepador; desde lo más bajo, que no en otra cosa consiste ser hijo de soltera y sin fortuna, hospiciano en un Seminario, que no sólo consigue abrirse paso en terreno tan pantanoso y estrecho como la cultura, sino que al final, con un triple salto mortal, se transforma en el hombre más codiciado, envidiado y respetado, puesto que ni siquiera el Rey tenía los privilegios con los que él contaba”. 

¿Qué fue sucediendo para que las figuras críticas de nuestra cultura de los años sesenta se fueran haciendo cada vez más conservadoras?Pero Aguirre, repetimos, solo es el McGuffin del libro. Lo que le interesa a Morán es su función de espejo de una era. “Este libro nació de una insatisfacción, como casi todos los anteriores: ¿qué fue sucediendo para que las figuras críticas de nuestra cultura de los años sesenta –el cura Jesús Aguirre, por ejemplo, entre más de un centenar que pudieran citarse– se fueran haciendo cada vez más conservadoras, hasta convertirse en institucionales? Esta obviedad en forma de pregunta no he conseguido leerla en ninguna parte. Había que intentar acercarse a ella”, escribe Morán en el prólogo.

El escritor empezó a tirar del hilo y se encontró con que los compañeros de generación de Aguirre hablaban de él con una mezcla de distancia y deprecio. “La verdad es que a ninguno de sus colegas les gustaba hablar de ello, porque se trataba de un hombre que tras muchos vericuetos en el camino había dado un triple salto mortal, con red y trapecio y circo mediático, y se había colocado en el único puesto que había en España en el que uno era tanto como un Rey Absoluto, y que se producía por cooptación de una señora… Parecía como si su éxito social –no hay ningún otro más egregio sin necesidad del erario público, incluido el Rey y su inefable familia– hubiera sido al tiempo su fracaso”, escribe Morán.

Todos quisieran ser Aguirre

Finalizada la investigación, Morán descubre las causas subterráneas del desprecio al Duque: Todos eran Jesús Aguirre. La evolución de Aguirre venía a ser una versión exagerada de la de todos ellos: “Tardé en descubrir que ‘su fracaso’ era también en buena medida el de ellos… Confieso que el desprecio del ‘mandarinato’ hacia Jesús Aguirre, fenecido Duque de Alba, me fue convirtiendo su figura en algo atractivo. Si las señoras antiguas solían decir, entre risitas, ‘algo tendrá el agua cuando la bendicen’, yo me preguntaba, qué hay en la trayectoria de Jesús Aguirre que les produce desazón. Al fin y al cabo no hizo otra cosa que ellos. Quizá con mayor fortuna”.

Progresistas en los sesenta, radicales en los setenta, ocultos personajes a la espera durante la primera Transición. Luego garantes y depositarios de lo que quisieran poner en sus manos: periódicos, medios de comunicación...El que esté libre de pecado trepador, por tanto, que tire la primera piedra a Aguirre. “Lo que trataban sobre todo de ocultar era el tránsito. No el del cura Aguirre devenido Duque de Alba, grandísimo de España, sino el de todos ellos. Jesús Aguirre les había ganado la mano, nada más y nada menos. El chico divertido de tantos recados políticos y culturales, al final ¡en la cima! El hombre que se había ido haciendo grande cortejando a éste o a aquél en la difícil cucaña de la vida, ya no servía sino que se hacía servir. Pero el secreto estaba en el tránsito… Habían sido progresistas en los sesenta, radicales en los setenta, ocultos personajes a la espera durante la primera Transición. Luego garantes y depositarios de lo que quisieran poner en sus manos, ya fueran editoriales, periódicos, medios de comunicación, fundaciones… e incluso la Casa de Alba; ‘lo más de lo más’ en una sociedad estamental desde la más curtida edad moderna”, escribe Morán.

Cambio de régimen... y de chaqueta

Todas estas trayectorias personales se cruzan con un cambio de régimen, de ahí que den pie a los análisis políticos de largo alcance. O la Transición como acomodo de la crema de la intelectualidad.

Desde mediados de los setenta había gente entregada a que la Transición no fuera otra cosa que un tránsito de poderes y personas, nada que ver con radicalidades ni transformaciones“La Transición no se mascaba en el aire, más bien todo lo contrario; parecía que el punto de ebullición se dirigía hacia una Ruptura. Un embeleco de la inteligencia. Desde mediados de los setenta había gente trabajando con más o menos entusiasmo pero entregados a que la Transición no fuera otra cosa que un tránsito de poderes y personas, nada que ver con radicalidades ni transformaciones. El mandarinato había decidido, probablemente sin darle muchas vueltas, que lo mejor era adaptarse, orientar el proyecto y dejarse de inventos”, cuenta Morán en el prólogo.

O la Transición como un fenómeno político conservador; camuflado, eso sí, con las mejores galas progresistas. “El dilema teórico, digámoslo con palabras benévolas, se reducía a explicar qué rasgos de la cultura política y de la política cultural de los años sesenta se habían roto en los setenta, hasta el punto de convertirse en conservadores. La radicalidad devino conservadora, eso sí, manteniendo el lenguaje radical. Esto es un hallazgo, probablemente no merecedor de un premio, pero interesante. La Transición democrática tiene una huella marcadamente conservadora que proviene, no de los restos del naufragio franquista sino de los hijos brillantes, buena parte de ellos ‘mandarines’, que consideraban que ‘bien está lo que bien acaba’ y que asumían voluntariamente el encargo de darle el toque final que encarrilara el proyecto. Ahí está Jesús Aguirre, y lo está en tan grande medida como otros muchos más exhibidos, como Pío Cabanillas, Javier Pradera, Juan Luis Cebrián, Luis María Ansón, Jesús Polanco…”, zanja.

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