eeuu se rinde a los encantos de mourn

Cuatro adolescentes del Maresme conquistan el planeta 'hipster' con 400 euros

El grupo catalán Mourn ficha por uno de los sellos con más pedigrí de la escena independiente estadounidense

Foto: Mourn, instultántemente jóvenes
Mourn, instultántemente jóvenes
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Jazz, Carla, Antonio y Leia suman entre los cuatro 68 años, dos menos que Keith Richards sin necesidad de recurrir a la aritmética. Los tres primeros han ingresado este año en la mayoría de edad, y Leia tiene catorce primaveras y cursa cuarto de ESO. Los cuatro viven repartidos entre Cabrils y Argentona, en la retaguardia de la región costera del Maresme, intersticio entre Barcelona y la Costa Brava y terra incognita para muchos visitantes ocasionales de la Catalunya de sol y playa. Juntos son Mourn, y han grabado por 400 euros veintiún minutos de rock áspero que ya han suscitado su fichaje por uno de los sellos con más pedigrí de la escena independiente –Captured Tracks, con sede en Brooklyn– y la bendición de la publicación más influyente del planeta hipster: la todopoderosa Pitchfork.

Su historia es por ahora un alentador alegato contra quienes dan al rock por muerto, y pone de relieve cómo la buena música sigue colándose por las grietas de una industria en descomposición, pero ¿podrán sobreponerse al corsé que les impone su juventud y a una fama precoz en una escena caracterizada a menudo por la autofagia?

High School Musical, versión Maresme

La precocidad y el rock no han sido nunca compartimentos estancos. Dejando al margen a los niños prodigio, como unos Stevie Wonder y Michael Jackson que coparon el número uno de las listas estadounidenses con trece y catorce años respectivamente, la heterodoxa Kate Bush publicó su primer álbum con diecinueve años e incorporó al mismo composiciones propias que databan de hasta cuatro años antes. Los Arctic Monkeys también sacudieron el panorama musical británico recién rebasada la mayoría de edad, y la neozelandesa Lorde copa todavía titulares por un multipremiado debut que grabó en 2013 a sus tiernos diecisiete, y que la ha catapultado a la lista 30 Under 30 de la revista Forbes.

Pero, incluso continuando ese linaje, Mourn resultan rabiosamente originales.

En declaraciones a El Confidencial, Jazz Rodríguez y Carla Pérez explican la génesis del grupo con una desarmante sencillez, alejada de las profecías autocumplidas a las que recurren otras bandas para envolverse de un halo mítico. Tras grabar juntas una serie de versiones de PJ Harvey mientras cursaban primero de bachillerato, las dos se estrenaron en la composición, y de ahí pivotaron al estudio de grabación Nautilus, en Arenys de Mar, tras apalabrar con el productor Lluís Cots un precio especial por dos días en la pecera y ahorrar religiosamente los 400 euros pactados. “Nos llevamos a Antonio, un amigo del pueblo, y a mi hermana Leia al estudio y, ‘pim, pam’, grabamos el disco”, cuenta con desparpajo Jazz. Las mismas antípodas, en fin, de sus satánicas majestades dilapidando una fortuna en la mensualidad de su castillo en Villefranche-sur-Mer y en sustancias recreativas para urdir Exile on Main St..

El suyo es, a todas luces, un relevo generacional: la punta de lanza de una escena que no mirará a la década de 1990 con nostalgia, sino con una mezcla de ingenua curiosidad y franca admiraciónDe ese debut grabado en dos patadas destaca no sólo su insólita gestación y su precio de derribo, sino cómo Mourn toman el rock de los noventa no como una reminiscencia, sino como una escena que no experimentaron de primera mano pero a la que rinden un culto parecido al que las bandas de esa década profesaban a Led Zeppelin o a Black Sabbath. El suyo es, a todas luces, un relevo generacional: la punta de lanza de una escena que no mirará a la década de 1990 con nostalgia, sino con una mezcla de ingenua curiosidad y franca admiración.

Los frutos de esta nueva visión son por ahora alentadores. Con Mourn no vuelven la franela o la afectación vocal de los Layne Staley (Alice in Chains) y Chris Cornell (Soundgarden), sino la rabia rezumante de estrógenos de PJ Harvey y Throwing Muses, la militancia alternativa de Sebadoh y hasta algún amago de rock acrobático a lo Rocket from the Crypt. El mérito se lo reparten los cuatro integrantes del grupo, pero sobre todo las curiosas e incansables incursiones de Jazz en la colección de discos de su padre, Ramón Rodríguez, que formó parte del grupo de rock Madee y que graba todavía como The New Raemon.

First we take Cabrils... then we take New York

Con su debut homónimo bajo el brazo y dando sus 400 euros por bien invertidos, Mourn prueban suerte compartiendo su trabajo con el sello barcelonés Sones (Delafé y las Flores Azules, Za!, Templeton...) y firman su primer contrato. Sones comparte a su vez su hallazgo con una serie de correligionarios, y un día Carla y Jazz se desayunan con un correo de Mike Sniper, factótum del sello Captured Tracks. Con sede en Brooklyn, en él militan favoritos del redil indie como Mac DeMarco, Perfect Pussy o Wild Nothing, y también ha llevado a cabo una exquisita labor de reedición precisamente de los ochenta y noventa menos acomodaticios (Cleaners from Venus, The Monochrome Set, Medicine, The Bats...). El mensaje es corto y sencillo: “os quiero en mi sello”.

Jazz y Carla recrean de nuevo sin florituras la excitación de fichar por un sello estadounidense, y consideran especialmente definitorio el día en que se sentaron a firmar los más de cincuenta folios de contrato que unieron su destino al de Sones y al de Captured Tracks. “Nunca habíamos visto desfilar tantos papeles seguidos”, comentan entre risas.

Jazz y Carla mantienen los pies en el suelo, primero porque, a fecha de hoy, siguen “levantándose a las 6:00 para ir al cole”

El padre de Jazz y Leia, bregado en la rock and roll way of life, versión Sur de Europa, les hizo tomar conciencia de que una oportunidad como aquella “rara vez se le presenta a un grupo de aquí” y su apoyo ha resultado desde entonces incondicional. Jazz y Carla mantienen de todos los modos los pies en el suelo, primero porque, a fecha de hoy, siguen “levantándose a las 6:00 para ir al cole” –la primera cursa un grado superior de animación; la segunda, de fotografía–, pero también porque “la idea de girar por Estados Unidos está sobre la mesa, pero es todavía eso: una idea que no formará parte de nuestras vidas hasta que estemos allí”.

Esa cartesiana distinción entre el punto de origen y el de destino no obsta que el discurso de Mourn esté salpicado de accesos de emoción, en que tal o cual lance de su historia resultó “brutal” o les dejó “a cuadros”. El último de estos coups de théâtre fue la distinción de su canción Silver Gold como una de las Best new tracks de la publicación online Pitchfork, biblia de la modernidad que, más allá de sus 1,1 millones de visitantes mensuales, crea y destruye tendencias y puede jactarse de haber colocado en el mapa a imprescindibles del panorama alternativo como Interpol, Broken Social Scene o Arcade Fire.

It’s a long way to the top (if you wanna rock ‘n’ roll)

Hay algo poderosamente naif y sin embargo fascinante en escuchar a Carla y Jazz intentando recordar las plazas en las que han tocado Mourn hasta ahora, salpicadas de topónimos con tan poca épica como Amposta o Vic, e imaginar que en unos meses descargaran su andanada rock en escenarios de Austin, Portland o Nueva York.

La tentación es recuperar más citas en que aventuran esa gira para el verano por el parón escolar, o la contagiosa positividad con que sentencian que piensan aprovechar al máximo lo que les está pasando, pero el corolario no es tanto que cuatro adolescentes del Maresme estén a punto de tomar Nueva York al asalto, sino que vayan a hacerlo facturando un rock más fiero al que produce una contraparte anglosajona que siempre juega con ventaja. 

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