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Antonio Muñoz Molina y Javier Cercas, duelo en la cumbre de la autoficción
  1. Cultura
dos novelas entre la realidad y la ficción

Antonio Muñoz Molina y Javier Cercas, duelo en la cumbre de la autoficción

Más allá de la batalla por la lista de los más vendidos, estas dos novelas esconden dos maneras antagónicas de ejecución, pero próximas en intención

Foto: Javier Cercas, a la izquierda, y Antonio Muñoz Molina coincidirán en las librerías en dos semanas. (EFE)
Javier Cercas, a la izquierda, y Antonio Muñoz Molina coincidirán en las librerías en dos semanas. (EFE)

Los próximos días las librerías recibirán, en curiosa coincidencia, las nuevas novelas de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) y Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962), que, más allá de la batalla por la lista de los más vendidos, esconden dos maneras antagónicas de ejecutarlas, pero próximas, muy próximas, en sus intenciones: que la verdad no aflore sólo con la ficción, aunque sin renunciar a ella. Los dos se muestran como escritores obsesionados por colarse en el interior de la conciencia de sus personajes reales: uno combina pasajes personales con la recreación de la fuga de James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King; el otro se convierte en el protagonista de la narración que trata de desvelar la verdad que hay en el relato mentiroso de Enric Marco, el falso deportado del Holocausto nazi que engañó a todo el mundo.

En El impostor (Random House) –a la venta el 13–, Javier Cercas devuelve a la vida un nuevo don Quijote, con la salvedad de que a este le cree todo el mundo (menos un historiador que termina por descubrir en 2005 su gran mentira). El novelista aprovecha el término para hacerlo extensible: todos somos impostores, todos mentimos para mejorar, todos deseamos que nos quieran y nos admiren, todos seríamos capaces de hacer lo que fuera con tal de conseguirlo… “La realidad mata, la ficción nos salva”, repite el escritor y protagonista a lo largo de la novela, para demostrar que la ficción, la mentira, nos mejora, porque lo que somos, en realidad, apesta. Es imprescindible el maquillaje y una manita de minio.

En Como la sombra que se va (Seix Barral) –a la venta el 25–, Antonio Muñoz Molina persigue en los archivos desclasificados del FBI la huida de James Earl Ray y hace de ellos la materia con la que engrasa una ficción cruzada con otros documentos comprometedores: su intimidad. Habla de sus inicios como escritor, mientras trabaja en El invierno en Lisboa (1987, Premio Nacional de Narrativa), de su mala vida, de sus frustraciones, de sus aspiraciones fracasadas y de su incapacidad para ser otro. Su empeño es el de descubrir los rastros que dejan esos dos personajes, el escritor y el asesino. “Hasta la vida más clandestina va dejando tras de sí un rastro indeleble”.

Reconstruir la memoria

¿Cómo reconstruir las huellas de un hombre fallecido? Muñoz Molina acompaña a su tonelaje documental el torrente imaginativo habitual, con el que dibuja a los personajes hasta el milímetro, como él mismo reconoce, con lo que no sabe de ellos. “La literatura se hace con lo que existe y con lo que no existe. Pero yo no sabía hacer ficción con el mundo que tenía delante de los ojos, ni inventar personajes que llevaran vidas parecidas a la mía”, cuenta sobre sus inicios como novelista. Precisamente, Como la sombra que se va alude a eso, a la imposibilidad de una reconstrucción literal de nuestras vidas, a la recreación de una memoria como algo tenue al servicio de nuestro interés.

La investigación de Muñoz Molina sobre el personaje es, en el fondo, una indagación sobre la narrativa, en la que se pregunta cómo ve las cosas que ve el autor al escribir sobre su vida a pesar de ser desconocido y tan distinto. Su definición de “novela”: “Una novela es un estado de espíritu, un interior cálido en el que uno se refugia mientras la escribe, como un capullo que va tejiendo hilo a hilo desde dentro, encerrándose en él, viendo el mundo exterior como una vaga claridad al otro lado de su concavidad traslúcida. Una novela se escribe para confesarse y para esconderse”.

Cercas entrevista a su personaje en varias ocasiones y sobre ellas basa su análisis. Ejerce de juez que trata de descubrir al mentiroso. Siempre ha reconocido que escribe a la contra, para rectificar el mundo, porque no le gusta lo que ve. Así que, con la escritura, el autor procura corregir la marcha de ese mundo que no le satisface. “Escribir es un acto de venganza”No quiere esto decir que El impostor trate de tumbar al farsante Marco, de hecho procura comprender por qué hizo lo que hizo, mientras intenta escapar de una maraña de mentiras que Marco siembra en sus encuentros. Por eso, las preguntas inundan el texto, porque Cercasno entiende, pero quiere entender. Porque quiere obligar al lector a que comprenda que “entender” a un mentiroso “no es justificarlo”. Yse empeña hasta el didactismo y encuentra la razón a la mentira, “los años del cambio de la dictadura a la democracia”. La Transición, la gran mentira.

“España fue un país narcisista como Marco; también es cierto, por tanto, que la democracia se construyó en España sobre una mentira, sobre una gran mentira colectiva o sobre una larga serie de pequeñas mentiras individuales. ¿Pudo construirse de otro modo? […] Lo que sí sé es que, al menos durante aquellos años, las mentiras de Marco sobre su pasado no fueron la excepción, sino la norma, y que en el fondo él se limitó a exagerar hasta el extremo una práctica por entonces común: cuando estalló su caso, Marco no pudo defenderse diciendo que lo que había hecho no era más que lo que todo el mundo hacía en los años en que él se reinventó, pero sin la menor duda lo pensaba”. Barra libre de mentira, en la parte más reflexiva de la novela de Cercas.

Coincidencias dispares

Uno se pregunta por la verdad entre la mentira, Muñoz Molina por cómo utilizar la mentira para llegar a la verdad. Uno baja el tono hasta el rango periodístico (“A su modo, quizás se querían: él al menos recuerda oírlos reírse y follar”); el otro lo sube hasta la académica (“Hechos mínimos dotados de la consistencia quitinosa de lo real”). Uno necesita purgarse “para salir del estado deplorable”, tras la publicación de Anatomía de un instante, con una novela con bien de ficción; el otro necesita indagar sobre su pasado para aclarar quién es. Los dos tratan de resolver la complejidad del ser humano invitando a la realidad a dar el primer paso, para empujarla por el barranco de la ficción, hasta convertirla en otra cosa.

Los dos quieren entrar en la conciencia de sus personajes. Y de tanto usar la primera persona, ambos acaban como los ídolos de sus propios relatos: el antihéroe aburguesado que se redime, gracias a la palabra escrita, de una vida desastrosa y se vuelve en ejemplo de triunfo y premios, sin poder evitar las abolladuras de la vida. El otro, Cercas, como el autor heroico que emprende una hazaña única, escribir un “libro imposible”: “¿No son los libros imposibles los más necesarios, quizá los únicos que merece de veras la pena intentar escribir?”. Es el encargado de desvelar la verdad sin concesiones y termina descubriendo que todos somos una pandilla de farsantes, como si el lector, voraz bebedor de vidas ajenas para escapar de la suya, no lo supiera.

Los próximos días las librerías recibirán, en curiosa coincidencia, las nuevas novelas de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) y Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962), que, más allá de la batalla por la lista de los más vendidos, esconden dos maneras antagónicas de ejecutarlas, pero próximas, muy próximas, en sus intenciones: que la verdad no aflore sólo con la ficción, aunque sin renunciar a ella. Los dos se muestran como escritores obsesionados por colarse en el interior de la conciencia de sus personajes reales: uno combina pasajes personales con la recreación de la fuga de James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King; el otro se convierte en el protagonista de la narración que trata de desvelar la verdad que hay en el relato mentiroso de Enric Marco, el falso deportado del Holocausto nazi que engañó a todo el mundo.

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