telefónica le dedica mil metros de exposición

En la mente de Adrià hay un huevo frito

Mil metros cuadrados de exposición no bastan para explicar la enigmática complejidad del discurso de Ferran Adrià y, sin embargo, todo se resume en un huevo

Foto: Ferrán Adriá junto a el lema que recibe al espectador en la exposición de Telefónica. (EFE)
Ferrán Adriá junto a el lema que recibe al espectador en la exposición de Telefónica. (EFE)

Mil metros cuadrados de exposición no bastan para explicar la enigmática complejidad del discurso de Ferran Adrià y, sin embargo, todo se resume en un huevo frito (literalmente). Sin pan y sin puntilla. Hace tres años cerró elBulli y desde entonces le da vueltas a la misma pregunta: ¿qué he hecho? Con la complicidad de César Alierta y Telefónica, el antiguo cocinero ha “auditado el ADN del proceso creativo” y resumido la historia de elBulli, en un recorrido expositivo que resume la religión del excocinero y nuevo mesías de la creatividad. “Fui al lugar donde se decodifica el genoma humano y quise decodificar el genoma de la creatividad”, explicaba en la rueda de prensa con la que se inaugura un nuevo paso en la hinchazón imparable del mito.

La exposición dedicada a la figura de Adrià es una riada de contenido superfluo y fuegos artificiales que enturbia el contenido esencial: la reivindicación de la creatividad contemporánea

“Va a ser la mejor exposición, no me cabe duda, del otoño cultural”, ensalzó la directora del Espacio Telefónica, Almudena Bermejo, que habló de “la sabiduría del maestro”. El homenajeado, que además es el comisario de la exposición, aclaró que la muestra es un hecho insólito en la museografía: “No hay museos que hagan este tipo de exposiciones. Hemos creado una metodología para cualquier disciplina”, como no podía ser menos.

Qué es la creatividad por Ferran Adrià

Vídeo: Qués es la creatividad, por Ferran Adrià

 

Adrià asegura que no ha encontrado en el mundo una exposición en la que se trate del proceso creativo de una obra de arte. Ha preguntado y el resultado, ha explicado públicamente, es que los museos no investigan cómo llega el artista a ejecutar la obra. Es decir, que los conservadores, según su visión, no analizan de dónde viene la inspiración del artista, ni qué lecturas ha tenido, ni qué influencias ha tomado, ni cuál ha sido su formación, ni cómo se enfrenta al proceso técnico, ni cómo emplea sus materiales preferidos, ni qué reflexiones tiene sobre su propia creación, ni cómo desarrolla la composición, ni si dudan de los pasos que dan durante el proceso de trabajo...

Así es como fulmina la labor que la historiografía realiza desde que se inventó el museo. Pero en sus palabras hay un examen de la salsarrosización de algunas instituciones museísticas y de su pérdida del rigor, de la mediocridad de sus programas, de la ausencia de investigación, de los cromos en las paredes, de la entrega al consumo sin interesarse por el conocimiento. Esta exposición comparte todas las perversiones del producto museográfico entregado a la taquilla y a la fama de un ego, tan complicado de reducir a mil metros cuadrados como de explicar un huevo frito. Hay un mapa que lo hace. 

Ferrán adriá presenta exposición sobre el bulli
Ferrán adriá presenta exposición sobre el bulli

El arranque de este show no puede ser más explicativo: un muro gigante dedicado a la egolatría de la figura del protagonista, que no es elBulli. Hay todo tipo de casquería en hornacinas: medallas, el diploma de la cruz de san Jordi, varios libros de recetas del genio (Cocinar en 10 minutos con Ferran Adrià), un chisme para hacer espuma en tu casa (comercializado por él), la antorcha del fuego olímpico de Atenas 2004, un cagané que es él, una lata de Pepsi que lleva su cara, calendarios en los que aparece ayudando a una causa solidaria, la portada de Ratatouille (único elemento en el que aparentemente él no aparece), las portadas que le han dedicado los periódicos norteamericanos, un número del colorín de El País, la guía Campsa de 1992, la chapa de la guía Gault Millau de 1994… Y un neón gigante, que es el leitmotiv de sus declaraciones desde que echó el cierre al restaurante: “Cerramos elBulli para abrir elBulli”, por si a alguien se le ocurría pensar en fracaso.  

La egoexposición

El altar al ego da pie a una riada de contenido superfluo y fuegos artificiales (fotografías de los comensales, perdón, “actores”, lonas, paneles explicativos…) que enturbia el contenido esencial: la reivindicación de la creatividad contemporánea y que queda resumida en una maravillosa mesa de dos metros, en la que se explica el proceso de creación de los raviolis de praliné de piñón, envueltos en el obulato (láminas muy finas y transparentes de fécula de patata, lecitina de soja y aceite de girasol que utilizan los japoneses para enrollar los medicamentos y tragarlos mejor). De la idea al “plato”, un recorrido completo y conciso que sintetiza la sobrecarga de materiales, que demuestran la inteligencia de Adrià al archivar su rastro, cada gesto de su historia. Sin embargo, se echa en falta el reconocimiento a sus cocineros y a sus socios, sobre todo Juli Soler.   

Al aprovechar la oportunidad y los medios que le ofrecen para levantar una ola a su creación de este calado, reconstruye su pasado. Lo deconstruye en forma, pero lo reconstruye en pasado

El exceso de palabrería confunde el sentido final, la justificación innecesaria hace dudar de todo. Lemas pretenciosos y ridículos en los que se lee: “La fuerza mental es importante en las disciplinas creativas que requieren renovación constante”. Y el colmo de Perogrullo: “Para crear es indispensable tener una actitud creativa: cuestionarse las certezas, creer en lo que se está haciendo, tener los ojos abiertos, estar dispuesto a llegar hasta el final. Y aun así nada garantiza un resultado creativo”.  

Es incuestionable el don de la oportunidad creativa de la labor de Ferran Adrià, cuya mayor cualidad es la de la curiosidad, viajar, oír, ver, preguntar y reciclar. La fórmula de los raviolis es un claro ejemplo de ese efecto transformador de los productos de la sociedad de consumo en un plato fuera de la normalidad. Sin embargo, al convertirse en materia de museo, al aprovechar la oportunidad y los medios que le ofrecen para levantar una ola a su creación de este calado, reconstruye su pasado. Lo deconstruye en forma, pero lo reconstruye en pasado.

Es él mismo el que se mira, con una mirada interesada, y al echar la vista atrás se convierte en estatua de sal. En ropa vieja, fósil. Ferra Adrià sabe cómo hacerse mito, pero nadie puede adelantarse a la sentencia de la Historia, si no quiere acabar convertido en un farsante. 

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