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Peter Brook, un acontecimiento que no cala
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ESTRENO DE 'THE VALLEY OF ASTONISHMENT'

Peter Brook, un acontecimiento que no cala

El número ocho es una señora gorda, una palabra se convierte en un huevo blanco sobre un muro blanco en el recuerdo de la calle

Foto: Imagen de 'The valley of astonishment', de Peter Brook (Víctor Pascal)
Imagen de 'The valley of astonishment', de Peter Brook (Víctor Pascal)

El número ocho es una señora gorda, una palabra se convierte en un huevo blanco sobre un muro blanco en el recuerdo de la calle de nuestra niñez, y las notas se tornan en más o menos rojas, verdes y azules según la intensidad y cadencia de una canción de jazz. Esto es la sinestesia , la activación simultánea de varios sentidos provocada por un estímulo que afecta a un sentido diferente al que debería corresponder. Un fenómeno mental raro que han padecido artistas como Rimbaud, Kandinski, Navokov o Liszt.

Estas imágenes son las más cercanas que estamos a la externalización del mundo interno que vive una persona con sinestesia. Y son de las que se vale Peter Brook para adentrarnos de nuevo en el complejo mundo del cerebro humano en El valle del asombro (The Valley of Astonishment), obra con la que ha vuelto a Madrid para abrir hasta el domingo el Festival de Otoño en Primavera. Un tema que puede parecer denso pero en el que nos mete de lleno el director con una sorprendente facilidad y tirando, como siempre, de la simplicidad.

Ir a ver una obra de Peter Brook es todo un acontecimiento. Es uno de los pocos maestros incuestionables del teatro contemporáneo. Por eso que ese viaje cargado de teatro de primera -asentado sobre un texto ágil y dinámico, unos actores con una potencia dramática tremenda y un tono maduro y calmado­- no llegue a calarnos tanto como cabría esperar deja un sabor frío en el paladar.

Peter Brook, que ha vuelto a colaborar en esta obra como lleva haciendo 35 años con su inseparable Marie-Hélenè Estienne, ya se adentró en la mente humana con su celebrado montaje L’Homme qui (El hombre que) inspirado en el libro del neurólogo Oliver Sacks El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, y con Je suis un phénomène (Soy un fenómeno), basada en el libro de Alezander Romanovich Una memoria prodigiosa.

“La memoria no tiene ni peso ni forma ni color”, dice Sammy Costas en El valle del asombro. Ella es la protagonista de esta pieza que lleva a sus personajes del dolor a la exaltación y del desconcierto a la revelación en un suspiro. Tiene sinestesia. Trabaja en un periódico pero acaba de ser despedida por tener demasiados dones… porque es un fenómeno. Para la ciencia y para el público. Es memorista. Es capaz de recordarlo todo. Pero ¿y de olvidarlo? ¿Imaginan recordar todo lo que han visto desde el día que nacieron cuando el común de los mortales está preocupado por no olvidar la lista de la compra? ¿Cómo borrar tanta “basura”?

La diminuta pero con una potencia dramática enorme Kathryn Hunter da vida a este atormentado personaje (inspirado en Solomon Shereshevsky), a este “portento” que acaba convirtiéndose en una suerte de mono de feria que memoriza palabras y números hasta cuatro veces al día en un espectáculo. Su bendición es su maldición. Es un viaje sin paradas del paraíso al infierno, y vuelta una y otra vez, una y otra vez. “A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado”. El comienzo del Infierno de Dante resume esa sensación y sirve de hilo conductor en esta nueva y poética obra de Brook.

Como ella, por el escenario desfilan un pintor que asocia la música a colores, un hombre que es capaza de mover su cuerpo paralizado reproduciendo las acciones en su cerebro y los médicos que exploran este desorden cerebral. Marcello Magni y Jard McNeill componen con igual maestría la terna actoral junto a los músicos Raphaël Chambouvet y Toshi Tsuchitori.

Todo pasa sobre un escenario casi vacío, habitado por tres sillas, una mesa con ruedas y un perchero de donde prenden las batas y chaquetas que sirven para dinamizar los cambios de escena. Es el mágico juego de dos del teatro que domina con poderío Peter Brook, amante de la economía espacios en sus montajes. Es teatro minimalista y efectivo. Contenido en la palabra. Que despierta curiosidad e interés por esta peculiar cualidad de sus protagonistas, que entretiene, hace reír y por momentosconmueve pero que, al final, no termina de agarrarte.

El número ocho es una señora gorda, una palabra se convierte en un huevo blanco sobre un muro blanco en el recuerdo de la calle de nuestra niñez, y las notas se tornan en más o menos rojas, verdes y azules según la intensidad y cadencia de una canción de jazz. Esto es la sinestesia , la activación simultánea de varios sentidos provocada por un estímulo que afecta a un sentido diferente al que debería corresponder. Un fenómeno mental raro que han padecido artistas como Rimbaud, Kandinski, Navokov o Liszt.

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