CDs y vinilos: ¿aptos para la nube?
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EL FUTURO DE LA MÚSICA

CDs y vinilos: ¿aptos para la nube?

El prestigioso crítico musical estadounidense Alex Ross reflexionaba recientemente en las páginas de The New Yorker sobre la sensación de “obsolescencia y futilidad” que le sobrevino

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El grupo de música U2 (REUTERS)

El prestigioso crítico musical estadounidense Alex Ross reflexionaba recientemente en las páginas de The New Yorker sobre la sensación de “obsolescencia y futilidad” que le sobrevino en un reciente examen de su colección de CDs.El autor del imprescindible tratado sobre la música del siglo XX El ruido eterno (Seix Barral, 2009) oponía su amor por el ritual de buscar un disco concreto lomo a lomo o de escoger uno aleatoriamente a un presente en que “parece que se espere de uno que destierre el desorden para consumir cultura en una habitación reluciente y vacía”.

La pieza de Ross, que establecía también un paralelismo entre el coleccionismo cultural en el siglo XXI y el Síndrome de Diógenes, brindaba en definitiva una lectura personal de un cambio en nuestros usos culturales que se aborda a menudo mediante rigurosas pero, en última instancia, frías estadísticas: el que ha de impartir la desaparición de la música en soporte físico, sea el CD, el vinilo o un casete que vive una tímida resurrección llamada a ser efímera.

Y es que, si nos encaminamos inexorablemente hacia un futuro en que el acceso a la música será un affaire estrictamente digital -el nuevo disco de U2 puede descargarse gratis en iTunes-, en que un cable retransmitirá aquello que el cuerpo nos pida desde una elusiva y borrascosa nube de unos y ceros, ¿no deberíamos preguntarnos qué implicaciones cabe esperar en nuestra relación con la música grabada más allá de las puramente prácticas?

Tres voces desde el barrio barcelonés de Gracia, la misma nube y São Paulo proponen a continuación sus tesis y sus particulares formas de lidiar con este Apocalipsis melómano.

Javier, coleccionista de salón

Javier es un coleccionista de discos. Recientemente ingresado en la treintena, alterna su afición con su trabajo como diseñador gráfico, pero incluso responsabiliza “a las portadas de Peter Saville para los discos de New Order y Joy Division” de la elección de su rumbo profesional.

No rehúye el narcisismo que subyace no ya a su coleccionismo, sino a la centralidad de su colección –fundamentalmente de CDs– en la distribución de su coqueto apartamento. “Supongo que al principio primaba una cierta obsesión por acumular lo que recomendaba la prensa musical, pero si uno es lo bastante curioso o dispone del suficiente tiempo libre, el paso natural es empezar a remitirse a los clásicos, y ahí la cosa sí se desmadra y cobra tintes no sé si de Diógenes moderno o de nazismo cultural”.

Su desmadre, en concreto, le condujo del pop británico de los noventa a la escena C86, de ahí al pop psicodélico de la década de 1960 y luego a un sinfín de ramificaciones que Javier describe sin ambages como “la hoja de ruta estándar del hipster omnívoro”. Su última aventura lateral ha sido su zambullida en la música clásica, en que ha pivotado recientemente de las Variaciones Goldberg de Glenn Gould –puerta de entrada recurrente al género– al orgasmo audiófilo del Takács Quartet interpretando a Beethoven.

Preguntado sobre si el CD corre el riesgo de desaparecer, Javier no aporta una prognosis concluyente, pero el pánico que le sobreviene resulta igual de esclarecedor. “Aunque mi consumo decrece lentamente, me asusta pensar que este trabajo de archivo tan poco filantrópico que hacemos coleccionistas de salón como yo pueda verse interrumpido un día porque los CDs y los vinilos dejen de ser rentables para la industria y los intérpretes”.

Recuperado del sofoco que le provoca la visión distópica de una tienda de discos con las cubetas y estanterías despobladas, despachando tarjetas regalo para exprimir las nubes de Apple, Spotify, Google o Deezer, Javier matiza sin embargo que “el culto al álbum es al final una invención reciente que, en su vertiente física, la tecnología ha vuelto un anacronismo de dudosa rentabilidad. Si empezamos a rendir culto al single no estaremos haciendo más que volver sobre nuestros pasos, aunque lo que mí me duele es que la música ya no se pueda manosear mientras se reproduce”.

Leo, profeta del streaming

Si en un fiel de la balanza tenemos a Javier y a esos miles de románticos que hacen que la venta de soportes físicos siga representando más de la mitad del negocio de la música grabada, del otro engordan a diario y con alegría los servicios de streaming.

Concretamente desde Deezer, que da acceso instantáneo a 30 millones de canciones a 16 millones de usuarios en 180 países, Leo Nascimento, su Managing Director para España, observa el declive del CD y el vinilo desde otra perspectiva.

“Las personas que todavía asocian la música a un sentimiento de posesión van a seguir comprando CDs y vinilos, pero ese es un hábito de consumo en declive. La vida es cada vez más rápida e intensa y la gente ya no tiene ni el tiempo ni el dinero para permitirse el capricho de llenar sus estanterías con discos”, sentencia.

Nascimento, que aterrizó en Deezer procedente de la industria discográfica, vaticina sin embargo la supervivencia del soporte físico, pero lo circunscribe a “un mercado nicho de coleccionistas en que la industria gestionará la caída de las ventas con un aumento de los márgenes, bien mediante la reducción de costes de producción –por ejemplo, acortando libretos– o la apuesta por productos con más valor añadido, como los box sets”.

El ejecutivo de Deezer en España no considera en cualquier caso preocupante ese declive porque, aunque admite que el soporte físico amplia la experiencia de la simple escucha, “hoy la tecnología permite ir mucho más allá de aderezar la reproducción con dos o tres fotos del artista y las letras de las canciones”. Plataformas como Deezer y Spotify cuentan con aplicaciones que no sólo muestran libretos digitales, sino que incorporan elementos de gamificación y amplían exponencialmente la posibilidad de compartir lo que se está escuchando.

Precisamente en esto último ve Nascimento una posible vía de salvación del coleccionismo musical, en el que “va implícita una vocación de que la gente vea qué escuchamos y cuánto molamos por hacerlo: una función de diferenciación que hoy podemos hacer extensiva a muchísima más gente que antes creando playlists”.

Zero, Diógenes del otro vertedero de São Paulo

En paralelo a la lenta y silenciosa colisión que cabe esperar entre el planeta que representa Javier, nuestro coleccionista, y el de los Deezer, Spotify y compañía, una curiosa supernova gana perímetro a diario en un almacén de 2.300 metros cuadrados en la metrópolis de São Paulo.

En él, como reveló recientemente The New York Times a través de un fascinante reportaje, un exitoso empresario brasileño llamado Zero Freitas está determinado a reunir todos los discos del mundo.

Desde que en 1964 iniciara su colección con un trabajo menor del que es todavía su artista fetiche, Roberto Carlos, Freitas lleva acumulados varios millones de álbumes y sencillos, fundamentalmente en vinilo, procedentes de tiendas en liquidación tan icónicas como Colony Records –enclavada durante seis décadas en Times Square–, coleccionistas como Paul Mawhinney y hasta celebridades que antes de su óbito también llevaron su melomanía al extremo –caso por ejemplo de Bob Hope–.

Una docena de becarios fotografían y archivan la colección de Freitas a un ritmo de 500 referencias al día mientras un enjambre de scouts rastrea la compra de nuevas referencias a granel en destinos tan heterogéneos como Nueva York, México DF o El Cairo. Su difuso objetivo es un work in progress llamado Emporium Musical, que en última instancia ha de poner al alcance del público una versión ordenada de la monstruosa colección de Freitas.

...Y mientras tanto, en la IFPI

Ajena a estas historias, la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI) glosó en su anuario de 2013 el progresivo deterioro de la venta de música en soporte físico.

Pese a que ésta sigue representando el 51% de un nada desdeñable pastel de 15.000 millones de dólares, y que una cierta arbitrariedad hace que en países como Alemania y Japón ese porcentaje supere al 70% o que en Francia se vendieran más CDs en 2013 que el año anterior, el desplome consolidado con respecto a 2012 ha sido del 11,8%, en un contexto en que el negocio digital crece a un ritmo interanual del 4,3%.

Las cifras, por lo tanto, no dan tregua: el cambio de paradigma es todavía el elefante en la habitación, pero el paquidermo ya mira por el rabillo del ojo la estantería y el visillo que arde en deseos de reemplazar por modelos de Ikea cuando tome posesión del edificio.

Habrá quien cauterice la herida que infringen esos números en miles de melómanos con la aséptica aseveración de que al final todos accederemos y escucharemos música a través del aparatito de turno. Que la vida seguirá igual, en fin, aunque Julio Iglesias pase a recordárnoslo desde la nube.

Por el camino, Javier descontinuará su colección de CDs mientras las lepismas roen los cantos de los LPs que Zero Freitas acumula en su almacén en São Paulo, y sólo el tiempo dirá si esa silenciosa transición nos privará de un nuevo The Velvet Underground & Nico, o de un Dylan (o un Mahler) de la era digital.

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