Una obra de teatro fascinante

El hombre que hizo poesía de hojalata en la Segunda Guerra Mundial

Pierre Avezard realizó un carrusel animado de 1.500 metros cuadrados en plena Segunda Guerra Mundial. El Teatro de la Abadía estrena la obra sobre su vida

Foto: Jaume Policarpo y Adriana Ozores en 'Petit Pierre'
Jaume Policarpo y Adriana Ozores en 'Petit Pierre'

Mientras las bombas de los aviones alemanes caían en Francia durante la Segunda Guerra Mundial, un pastor aislado del mundo trabajaba realizando una obra de arte para regalar al mundo. Ciego, sordo, con malformaciones. Pierre Avezard (1909-1992) tenía todo en contra para convertirse en un artista en el tiempo más convulso de la historia de la humanidad.

Pero Petit Pierre, como era conocido, vivía en un mundo paralelo, un universo propio en el que su único anhelo era construir un carrusel animado en el que se pudiera ver desde la Torre Eiffel hasta a él mismo acompañado de sus animales, sus únicos amigos.

Una historia de superación en pleno siglo XX, cuando dos guerras destruyeron el mundo y el arte parecía condenado a morir enterrado por los escombros. Avezard consiguió mantener viva la llama de los artistas, construyó poesía de hojalata con sus manos y luego le dio vida, como un dios recluido en el campo y ajeno a las barbaridades que los humanos realizaban.

La vida de Petit Pierre no fue fácil. Debido a sus problemas físicos fue apartado del colegio a los siete años y condenado a realizar el oficio de los inocentes: el de pastor. Aislado del mundo se dedicaba a observar como las máquinas invadían la vida cotidiana. El movimiento produce una verdadera fascinación en él, que ya entonces comienza a maquinar la que sería su gran obra.

A los 28 años comienza a construir su carrusel. Un trabajo al que dedicó toda su vida. La materia prima era tan humilde como su artista. Latas, chatarra, latón, botellas de plástico… cualquier resto que encontrara valía para crear una obra que alcanzó los 1.500 metros cuadrados. El fuselaje de un avión estrellado en unas montañas cerca de su casa sirvió para mover todo el andamiaje. Los restos de la destrucción de Europa también valían en este mundo alternativo gobernado por Petit Pierre.

El boca oreja hizo que su carrusel (que todavía se puede visitar) se popularizara en los años 70 y cientos de viajeros se acercaran a conocer a Pierre Avezard. Una de las curiosas que lo hizo fue Suzanne Lebeau. La autora teatral, conmocionada por su historia, decidió plasmarla en una obra que ahora llega al Teatro de la Abadía.

Petit Pierre, que así se llama el espectáculo, está interpretada por Adriana Ozores y Jaume Policarpo y dirigida por Carles Alfaro. El director ha hablado con El Confidencial sobre su obra y sobre el personaje de Pierre Avezard, un hombre “fascinante”.

Alfaro no conocía la historia de Petit Pierre, ni tampoco el texto de Lebeau, pero una vez lo leyó no pudo sacárselo de la cabeza: “Me presentaron el texto y empecé a hurgar en el origen de la obra, que más que una obra es un poema escénico por parte de Suzanne”. Un poema que viene influido por la obra de Avezard, que el director también considera “poesía”.

Pierre Avezard
Pierre Avezard

Para Carles Alfaro hay un elemento en la historia del personaje que le parece fundamental: “Su obsesión insaciable de dar vida a lo que no la tiene, esa necesidad de animar mecánicamente y dar vida”. Muchas de las figuras que pueblan su móvil de figuras hablan de él. De su soledad. Una mirada aislada del mundo.

Una mirada virgen

“Hay un hombre en un bosque que está aislado y está generando otro mundo posible que el resto ni atisbamos, esa mirada de Pierre es una mirada que es muy necesaria. Ahora hay una falta absoluta de reinterpretación de la sociedad que nos envuelve. Hay una obsesión por el presente y no por el recorrido, por eso una historia como la de Petit Pierre abre los ojos, abre las orejas y abre el alma. Es lo que pasa con los niños, que te desmarcan y te dejan en evidencia hasta el punto de que no ubicas qué estás haciendo con tu día a día”, opina Alfaro.

Hay una obsesión por el presente y no por el recorrido, por eso una historia como la de Petit Pierre abre los ojos, abre las orejas y abre el almaLa mirada virgen de Pierre Avezard contrasta con un siglo XX que “fue una vorágine constante por motivos bélicos, pero también por no digerir lo que estaba aconteciendo”, analiza el director de la obra.

El texto de Suzanne Lebeau incide en hablar de Pierre, una persona “descontextualizada”, pero en el contexto de la Europa del siglo XX. Alguien que crea un mundo propio paralelo a la realidad, y que se adelanta a corrientes artísticas posteriores como el Arte Póvera, consistente en “reutilizar deshechos para crear un imaginario propio”, como explica Carles Alfaro.

Un imaginario animado mediante engranajes y mecanismos que los ingenieros de la época se acercaban para descubrir e investigar, sin encontrar una solución. Petit Pierre adelantó a los artistas, pero también a los ingenieros.

Ahora Pierre Avezard vuelve a la vida gracias a esta obra con la que su director pretende hacer que la gente vea las cosas “desde una perspectiva que ya no tenemos”.  Como concluye Alfaro: “Cuando perdemos la inocencia nos convertimos en otra cosa. La obra es un acto de amor, de humildad y de esperanza” en los años más terribles de la historia de la humanidad.

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