una carrera de éxitos y profundos contrastes

Peret, de los 'after' gitanos a la Iglesia Evangelista

La carrera del cantante, fallecido ayer, estuvo llena de éxitos, pero también de profundos contrastes. Un análisis por todas las áreas del maestro de la rumba

Foto: Peret, en una imagen de archivo (gtres)
Peret, en una imagen de archivo (gtres)

Ayer falleció en Barcelona a los 79 años Pedro Pubill Calaf, rey absoluto de la rumba catalana y una de las pocas figuras de la música española a la que se puede atribuir sin ligereza el epíteto de universalmente conocido como... Peret.

La suya –como la del propio género– fue una trayectoria de gran éxito, pero también de profundos contrastes. Principalmente, el que opone a un músico que siempre reivindicó la paternidad de la rumba catalana y que desplegó en torno a la misma una trayectoria guiada por un superdotado olfato comercial –al punto de registrar la marca Peret, el creador de la rumba catalana en la OEPM– con la de un hombre que abandonó sin titubeos la vida pública durante diez años, consagrando siete de los mismos a difundir el evangelismo pentecostal de la Iglesia de Filadelfia.

El prodigio de la calle Salvadors

Nacido en Mataró en 1935, Peret empezó a despuntar como cantante y guitarrista cuando apenas era un niño, antes incluso de su debut oficioso sobre las tablas del Teatro Tívoli de Barcelona a dúo con su hermana y con sólo 12 años. A esas alturas ya se habían oficializado en la calle Salvadors unos precoces after parties en que los gitanos del barrio barcelonés del Portal peregrinaban de bares como el Salchichón –que en la década de 1940 cerraban religiosamente a la una– a la casa de los Pubill Calaf, en que a Peret lo sacaban de la cama, le daban un café con leche y lo ponían a entretener al personal.

Pero, pese a su precocidad, en el primer compás de su vida la música sólo fue el élan vital de Peret con intermitencias. En gran medida, por el fuerte ascendente de su padre: un gitano de Reus apodado Mig Amic ("medio amigo" en catalán) por la observancia de sus dotes de vendedor por encima de su igualmente proverbial sociabilidad.

De él afirmó Peret en 1993 que le había enseñado “a perder la vergüenza para poder comer”, y que no pudo darle una carrera “porque él tampoco la tenía”. Esa devoción hizo que los primeros pasos de su trayectoria musical fueran paralelos al desempeño de una amplia gama de ocupaciones –carpintero, tapicero, chatarrero, vendedor de tejidos...–, que Peret ejerció en España y Argentina hasta la década de 1960.

El debate estéril sobre la paternidad de la rumba catalana

Fue entonces cuando un Peret todavía joven y rabiosamente autodidacta –al punto de aprender a leer interpretando la publicidad de los tranvías que surcaban Barcelona– pivotó de una primera etapa de popularidad efímera y local, a caballo entre Barcelona y Calella, a optar en firme a quince minutos de fama warholiana que, en su caso, acabarían dilatándose por espacio de cuatro décadas.

Peret se conjuró para llevar a Madrid la epifanía que había tenido en sus días de juerguista en la barcelonesa Sala Rialto: combinar el rock y el mambo en un género, la rumba catalana, del que siempre se atribuyó sin ambages su autoría.

Lo cierto es que, si bien es discutible que esa vocación de hibridar a Pérez Prado con Elvis Presley fuera su acto fundacional, o que Peret no sólo inventó el ventilador sino hasta una nueva forma de tocar las palmas, la rumba catalana no se explica sin él.

Voces acreditadas atribuyen su natalicio no tanto a un único genio creador, sino a una relación de inductores –como el Legañas, el Onclo Polla o el Onclo Orelles, todos ellos del linaje de la otra gran figura del género: Antonio González el Pescaílla–, pero no hay fisuras sobre que Peret fue “el principal responsable de la divulgación, la eclosión comercial y la proyección internacional” de la rumba catalana, como indica con rotundidad el comunicado que emitió ayer Forcat, la Asociación para el Fomento de la Rumba Catalana creada en 2009 de la que Peret ejerció como presidente de honor.

Grandes luces y pequeñas sombras de la plenitud de Peret

De vuelta al arranque de la década de 1960, los acontecimientos que catapultaron a Peret a la fama se desencadenaron en rápida sucesión: su primer éxito discográfico –La noche del hawayano (1963)–, su ingreso en la nómina de artistitas del tablao El Duende de Madrid y su participación en el espacio El Gran Musical de la Cadena SER.

De esos hitos en adelante se desataría la peretmanía, pero también la conquista del mercado exterior. Su celebrado concurso en el Midem de Cannes en 1968 allanó el terreno para el bombazo del "Borriquito": una producción de Juan Pardo de la que se despacharon un millón de copias en España, pero que fue también número uno durante varias semanas en las listas de éxitos de los Países Bajos y de Alemania.

Ese clímax creativo y comercial no obsta que su faceta cinematográfica resulte poco reivindicable, tanto en las cinco cintas que protagonizó como en sus cameos en taquillazos como Las 4 bodas de Marisol (1967). Sí es rescatable, sin embargo, su colaboración detrás de la cámara acompañando a la guitarra a Carmen Amaya en la icónica Los Tarantos (1963), de Francisco Rovira Beleta.

También fue poco lucido su paso por Eurovisión en 1974. Su "Canta y sé feliz" consiguió un meritorio décimo puesto en un año en que ABBA estaban destinados a la gloria al ritmo de "Waterloo", aunque Peret había querido renunciar a participar en el certamen y sólo dio su brazo a torcer tras recibir presiones, convencido de que la reciente ejecución del activista Salvador Puig Antich a garrote vil motivaría un boicot a España en las votaciones.

Trance evangelista y rentrée olímpica

Pese a ese par de renglones torcidos, la trayectoria de Peret estuvo abonada al éxito, al titular y a las ventas récord hasta que, el 27 de noviembre de 1982, un acontecimiento insólito le condujo, en sus propias palabras, a “dejar de cantar para el mundo para hacerlo para Dios”.

Mientras viajaba en coche por la Nacional II, a la altura del Maresme, el intérprete del "Muerto vivo" afirmó ver cómo se abría su pecho y de él brotaba “un chorro negro”, que le elevó y le sumió en un estado de “tremenda felicidad y ganas de vivir”.

Tras esa epifanía entre Premià y Mataró, Peret consagraría los siguientes siete años de su vida a ejercer de pastor de la Iglesia Evangelista de Filadelfia, popular entre miles de gitanos españoles que adoptaron su culto vendimiando en Francia, la plaza original de Clément Le Cossec, su fundador.

Pero, tras fundar varias iglesias, visitar prisiones y desarrollar numerosas acciones de evangelización, Peret abandonaría el culto en 1989 decepcionado por los manejos de algunos de sus correligionarios en la curia evangelista, prodigándose a menudo a partir de entonces en declaraciones que bascularon entre el agnosticismo y la crítica a la Iglesia.

Su regreso en la década de 1990, primero como productor y luego a través de su trabajo No se pué aguantar (1991), culminó con su magistral desempeño como maestro de ceremonias de la clausura de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Ramón Grau-Guinot, uno de los fundadores de Los Manolos –formación que flanqueó a Peret junto a Los Amaya en el multitudinario evento–, recuerda su profesionalidad y paternalismo durante la previa, en que insistió en un detalle tan sintomático de sus tablas como showman como “que miráramos siempre a las cámaras que retransmitían la actuación a todo el mundo”.

El polémico ingreso de Peret en el siglo XXI

El tercer acto de la trayectoria de Peret se inicia en 2000 con una nueva exhumación de su legado, tras un recorrido errático durante la segunda mitad de la década de 1990. El disco tributo Peret: Rey de la rumba (2000) le permitió compartir micrófono con Ojos de Brujo, Estopa, Fermín Muguruza o David Byrne, y también volver a un candelero en el que avivaría todavía un par de polémicas paralelas a la publicación de trabajos como Que levante el dedo (2007) o De los cobardes nunca se ha escrito nada (2009).

En primer lugar, Peret redobló la insistencia –y, en ocasiones, la beligerancia– con la que había reivindicado siempre su autoría de la rumba catalana. A título de ejemplo, durante una clase magistral en el transcurso de la 2ª Diada de la Rumba celebrada en 2010, recurrió hasta al vídeo para acreditar que el Pescaílla no utilizaba la técnica del ventilador, y terció que los gitanos de Gracia nunca habían tocado rumba catalana porque, en realidad, “escuchaban ópera”.

A la vez, y pese a que él mismo fue cazado on the record en 1993 sentenciando que la música evolucionaba a golpe de fusión, se embarcó en una defensa numantina de que la rumba corría serio riesgo de perder sus esencias al escorarse hacia un género que convirtió prácticamente en su némesis: la salsa.

Peret, en una actuación de 2013 (Cordon)
Peret, en una actuación de 2013 (Cordon)

 

En junio de 2013, Peret se metería todavía en otro pequeño jardín al participar en el multitudinario Concert per la Llibertat organizado por Òmnium Cultural para reivindicar el derecho a decidir de Catalunya. Él fue uno de los artistas más ovacionados por el Camp Nou por su emocionante interpretación del poema de Jacint Verdaguer "L’emigrant" y por una versión de su "Gitana hechicera" en que transmutó el “Barcelona es poderosa original por un coreado “Catalunya tiene poder. La caverna lo tildó en bloque de independentista, y tuvo que salir al paso con una tournée mediática en que insistió en su condición de independiente –que no independentista– y aprovechó para despacharse con unos políticos en los que afirmó no haber creído nunca, dedicándoles hasta una puya premonitoria a Jordi Pujol y a su progenie.

Adiós, maestro

El ocaso de su vida se inició el pasado 30 de julio con el anuncio de que padecía cáncer de pulmón, enfermedad cuyo fatal desenlace se produjo ayer tras una semana ingresado en la barcelonesa clínica Quirón. Sobreviven a Peret sus dos hijos, Pedro y Ana, fruto de su matrimonio con Fuensanta Escudero, con quien se casó en 1957 y de la que se había divorciado recientemente.

Su genio, sus canciones y hasta la peluca que afirmó haber llevado por obligación durante cuarenta años –pese a estar perfectamente alineada con su incansable inclinación por el marketing–, vivirán para siempre, y sólo deja por materializar una imagen que él mismo evocaba en unas declaraciones en 2010, en que esperaba “cumplir 100 años en el escenario con dos azafatas muy guapas. Que una me pusiera la silla y la otra me diera la guitarra, y poder cantarle a mi público”.

Peret afirmaba que eso “sería fabuloso”, y no podemos más que coincidir en su diagnóstico.

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