cómo internet casi acaba con ella

El streaming mató a la música clásica

La música clásica vive una complicada situación con la irrupción de los nuevos modos de consumir de los usuarios, de su adaptación depende su supervivencia

Foto: Colombiano toma el mando de orquesta sinfónica de houston con orgullo (EFE)
Colombiano toma el mando de orquesta sinfónica de houston con "orgullo" (EFE)

De entre la larga lista de profecías reiteradas pero nunca cumplidas, la de la desaparición de la música clásica garantiza siempre un debate acalorado que contrasta con la complejidad de la cuestión.

Y es que en su desmantelamiento convergen muchos factores externos a la industria discográfica, que es el único agujero por el que se desangran otros géneros. Su menguante presencia en los currículums académicos o su asociación con un elitismo que el propio género ha jaleado en ocasiones, han contribuido a la caída de las ventas de música grabada tanto o más que la piratería. Pero también a un descenso de público en los conciertos que ha abocado a la bancarrota a recintos como la Ópera de Nueva York o a formaciones como la Orquesta de Filadelfia.

La última teoría sobre la inevitable desmaterialización de la música clásica apunta a que el auge de servicios de streaming como Spotify, Pandora o Deezer va a hundir a la industria discográfica asociada al género. ¿Irá en serio esta vez o se trata de un farol?

“El streaming nos roba”

La tesis esta vez defiende que, con la salvedad de los sellos al amparo de grandes multinacionales –como Deutsche Grammophon o Decca Classics, filiales de Universal–, las discográficas de música clásica reciben unos royalties miserables de las plataformas de streaming que las abocan a su extinción.

A esta acusación se suman una serie de argumentos por los cuales las reglas de juego de Spotify y compañía marginan a la música clásica en comparación a otros géneros.

Un móvil reproduce música en Spotify (Reuters)
Un móvil reproduce música en Spotify (Reuters)

Algunos de esos motivos son válidos, como el hecho de que cobrar por reproducción penaliza al Bolero de Ravel de Pierre Boulez y la Filarmónica de Berlín, de quince minutos, en comparación al Wrecking Ball de Miley Cyrus, por debajo de los cuatro. Cabe apuntar, sin embargo, que ese mismo agravio afecta al Voodoo Chile de Jimi Hendrix, al The End de The Doors o hasta el Desolation Row de Dylan.

También se ajusta a derecho la queja de que la ventana única de búsqueda no es la herramienta idónea para rastrear a un compositor, una orquesta o un solista en particular, o para encontrar un movimiento sinfónico identificado por un número romano.

Otros argumentos resultan en cambio indefendibles. Hay quienes consideran injusto que el streaming valore la música por el número de veces que se reproduce, cuando “en los buenos tiempos” para escuchar una única vez una Sinfonía de Beethoven se tenía que pasar por caja igual que para reproducir hasta gastarlo un grandes éxitos de Gloria Estefan. Y hasta algún insensato lamenta que, con el streaming y las descargas, se esfume ese 11% del mercado de la venta de CDs que compraba un disco pero no llegaba a ponerlo en el estéreo. Este último iluminado debe ser el mismo sádico que antes del revolcón digital decidía el PVP del Requiem de Mozart de Neville Marriner.

Una industria a la baja

Antes de ponderar la legitimidad de estas acusaciones y si la música clásica corre o no peligro de muerte, hay que aceptar una verdad incontrovertible: la combinación del que todavía es el gran elefante en la habitación –la piratería– y el cambio del papel de la música grabada en nuestra actual concepción del ocio han conducido a una severa contracción de sus ventas.

la tecnología ha planteado también dos vías de salvación. Primero, la de las descargas de pago, y, más recientemente –conforme se ha extendido el culto a la nube–, la del streamingSin atender a géneros, en España en 2013 se vendieron una quinta parte de los discos que se despacharon en 2001, con un desplome de la facturación de 626,1 millones de euros a 119,8. A nivel global, y pese al esperanzador dato de 2012 –en que la evolución interanual de la venta de música mejoró por primera vez desde 1999–, la facturación cayó el año pasado un 3,9%, situándose en los 15.000 millones de dólares.

Ha habido por lo tanto una caída de ventas al que la tecnología ha planteado en rápida sucesión dos vías de salvación. Primero, la de las descargas de pago, y, más recientemente –conforme se ha extendido el culto a la nube–, la del streaming.

Según datos de Promusicae, el 40,2% de las ventas de música en España en 2013 se realizaron a través de esas dos tecnologías. El streaming, en concreto, representó el 65% del pastel digital: es decir, una facturación de 31,5 millones de euros.

Pero resulta todavía más reveladora la evolución en el primer trimestre de 2014, en que el streaming creció a una tasa interanual del 14%, mientas las descargas retrocedieron a un ritmo del 9%. Los datos mundiales de Nielsen apuntan en la misma dirección: en 2013 las descargas cayeron un 2,1% respecto a 2012, mientras que el streaming creció un 51%, superando por primera vez los 1.000 millones de dólares de facturación.

En este contexto de desaparición progresiva del soporte físico, retroceso de la descarga y auge del streaming, ¿qué papel juega la música clásica? En términos absolutos, se lleva gordo alrededor del 3% de ese mercado, pero para responder del todo a la pregunta hay que entrar en mayor detalle.

Música clásica y entorno digital

En el ámbito de las descargas, la música clásica no sólo no ha tenido un peor comportamiento al de otros géneros, sino que se ha caracterizado de hecho por su buen desempeño. Si la clásica representa un 3% del consumo musical sumando todos los canales, en iTunes en cambio copa el 12% de las descargas.

El análisis de su matrimonio con el streaming plantea en cambio una mayor complejidad.

El ejemplo al que recurre la industria para respaldar que sus efectos han sido demoledores es el de la violonchelista Zoe Keating, que en 2013 publicó en Tumblr el desglose de sus ingresos en concepto de royalties. El streaming representaba apenas un 8% de los mismos, con casos tan sangrantes como el de Pandora, en que un millón y medio de reproducciones de sus composiciones le reportó apenas 1.200 euros.

A estos números tan chocantes hay que oponer sin embargo la abismal diferencia entre el streaming gratuito y el de pago. Para Carlos Céster, Director Artístico del sello Glossa y co-fundador de la distribuidora Sémele, el primero “fue visto durante un tiempo por los sellos como un canal de promoción que podía suplir el rol que tuvo la radio en su momento. Sin embargo, actualmente hay una tendencia a abandonar las plataformas gratuitas, ante la evidencia cada vez mayor de que sí afectan a las ventas”.

El director de orquesta italiano Claudio Abbado (EFE)
El director de orquesta italiano Claudio Abbado (EFE)

El streaming de pago, en cambio, es percibido por amplios sectores de la industria como la salvación del género en su dimensión discográfica. Ahí está Naxos y su pionera Music Library o Qobuz, plataformas sin modalidad gratuita que aportan además un valor añadido basado en una de las diferencias entre el consumidor de música clásica y el de, por ejemplo, música pop: la obsesión del primero por la calidad de reproducción. En base a la misma, Naxos y Qobuz no sólo ofrecen suscripciones a librerías exclusivamente de música clásica, sino que apuestan por un sonido de 24 bits que supera holgadamente la calidad del CD.

Céster coincide en el potencial de estas plataformas frente a la streaming gratuito, que fiaba la viabilidad de la industria “al mito de que lo que no ingresaríamos dando gratis nuestro producto vendría de la publicidad, los conciertos y de vender camisetas”.

Más allá de estas plataformas a medida, los peces gordos del streaming también están dando pasos para potenciar la música clásica. Deezer ha firmado un acuerdo con Deutsche Grammophon, Decca y Accord para promocionar sus catálogos, y existen aplicaciones como Classify, que amplía las capacidades de búsqueda de Spotify para adaptarlas a las exigencias del consumidor de clásica.

Streaming de pago... y más allá

En resumen, el boom del streaming gratuito ha podido colocar a la música clásica contra la espada y la pared de forma coyuntural, pero está lejos de ser la ventanilla única que acabe machacando al género.

Primero porque las grandes plataformas son las primeras interesadas en orbitar hacia modelos de pago y en atender a las especificidades del rentable mercado de la música clásica, pero también por la proliferación de plataformas de streaming especializadas que no sólo garantizan un reparto de royalties más equitativo, sino que pueden abrir nuevos segmentos de mercado en su apuesta por la calidad de reproducción.

La música clásica ha de mirar al streaming no sólo como una fuente de ingresos para su brazo discográfico, sino como una potencial vía de solución a otro de sus grandes males: la caída de público en los conciertosAdemás, la música clásica ha de mirar al streaming no sólo como una fuente de ingresos para su brazo discográfico, sino como una potencial vía de solución a otro de sus grandes males: la caída de público en los conciertos. Ofreciendo conciertos en streaming, no sólo pueden complementarse los ingresos de orquestas y recintos, sino también atraer a nuevos segmentos demográficos, como ya han demostrado las interesantes experiencias de la Orquesta Filarmónica de Berlín o de la Ópera de Viena.

En resumen, la música clásica es paradójicamente una de las que más puede capitalizar el entorno digital. Sin embargo, primero ha de superar lo que Bruce Dirge, Presidente de la Conferencia Internacional de Músicos Sinfónicos y de Ópera, definía en 2013 en una carta al editor de The New York Times como “su tendencia a abonar la banalidad de que el fracaso es inevitable, en lugar de examinar las razones del éxito o del fracaso de cada institución por separado”.

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