La verdadera historia de los Grecos ocultos en la guerra que noveló Chaves Nogales
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El periodista y escritor dramatizó la realidad

La verdadera historia de los Grecos ocultos en la guerra que noveló Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales fabuló en 'El tesoro de Briesca' una historia dramática a partir de un hecho espectacular, pero con final feliz

La realidad suele traicionar las normas básicas de la noticia, por muy doloroso y molesto que pueda parecerle al periodista. Los buenos titulares nunca son tan buenos como para hacer de la realidad un titular. Nadie está libre de la verdad, debió pensar Manuel Chaves Nogales (1897-1944) cuando fabuló en El tesoro de Briesca una historia dramática a partir de un hecho espectacular, pero con final feliz. El extraordinario periodista del Ahora guardó el oficio y las pautas que le obligaban a ceñirse a los acontecimientos y se vistió con los ropones de la ficción para exagerarlos.

Así estiró la tensión dramática de los excelentes relatos de la guerra civil que conserva A sangre y fuego. Así fue como, en efecto, nació Arnal de la imaginación del autor, uno de los mejores artistas jóvenes de 1936, designado por el gobierno para formar parte de la Junta de Incautación y Conservación del Tesoro Artístico Nacional. Le dieron un automóvil y una escolta de milicianos armados con fusiles y le dijeron: “Salve usted todo lo que buenamente pueda”.

La Junta se dedicó, tal y como deja ver Chaves Nogales, a la recogida y preservación de las obras de arte, pero también se restauraron aquellas que arrastraban un pésimo estado de conservación. La incautación encontraba en este punto su más legítima justificación, al rescatarlos no sólo de los peligros de la guerra, sino de la desidia y el abandono en el que los tenían sus depositarios.

Estos días en los que celebramos al Greco con tanta fruición -a la espera de la exposición El Greco: Arte y oficio,el próximo 6 de septiembre-conviene recordar que la recuperación de los cinco Grecos de Illescas (Toledo)dio fama a la Junta del Tesoro Artístico, cuando informó del hallazgo de varios lienzos procedentes de iglesias de pequeños pueblos de la meseta, en un estado deplorable. El rescate fue providencial y la propaganda republicana lo convirtió en un leitmotiv.

Peor que las bombas, la humedad

Los cuadros se conservaban en la Iglesia del Hospital de la Caridad de Illescas y la Junta los requisó para salvarlos de la guerra, pero los almacenó -en contra de los dictámenes técnicos- en los sótanos del Banco de España de Madrid. En octubre de 1936, La Anunciación, La Natividad, La Virgen de la Caridad, La Coronación de la Virgen y San Ildefonso, llegan en muy mal estado y estuvieron a punto de desaparecer por la humedad y la oscuridad a la que fueron abandonados durante siete meses.

“En este caso prevaleció elequivocado criteriode dar preferencia a la protección contra las bombas”, escribió desde el exilio el arquitecto del Museo del PradoJosé Lino Vaamonde. “De haber tardado solamente algunos días más en sacarlos de allí, se habrían perdido sin remedio”.

Peor que la humedad, la estupidez

Cuando Arnal dijo que llegaba para “llevarse el tesoro artístico y arqueológico que había en el pueblo para evitar que cayese en manos de los fascistas que estaban ya a pocos kilómetros, estuvo a punto de que lo fusilasen”. La fábula y los hechos comparten la tozudez del alcalde de Illescas (pueblo enmascarado en Briesca): “¡De Briesca no sale ni un alfiler!”, le hace gritar al alcalde de ficción. Tanto en la novela como fuera, la cercanía de las bombas de Franco acelera el acuerdo.

La obstinada resistencia del pueblo a entregar los Grecos queda reflejada en las memorias de María Teresa León. “¿Y si no vuelven?”, pregunta una y otra vez Emiliano Barral, el alcalde, a la mujer de Rafael Alberti y a sus compañeros de la Alianza de Intelectuales. “Por todas partes, los nuevos dueños se encariñaban inmediatamente con las bellezas artísticas, que antes ignoraban, poniendo demasiado celo en guardar para su pueblo cuadros, estatuas y retablos”.

Egoísmo y codicia

Chaves lo resume con su acerada prosa: “El egoísmoy la codicia de las míseras ciudades castellanas oponían unatenazresistencia a que las obrasde arte fuesen sacadas de loslugares amenazados y transportadas a sitio seguro”.

El trato fue tan novelesco como la invención de Chaves: los illescanos sólo entregaron los cuadros después de que se embalaran allí mismo y se precintasen las cajas, guardándose en una caja fuertecuyas llaves quedan en poder del alcalde. Pero éste desaparece con la llegada a Illescas del ejército golpista. Hubo anuncios en la radio para que se presentara, los cuadros corrían un peligro extraordinario y debía abrir las cajas.

No aparecieron ni él ni sus llaves, pero la Dirección General de Bellas Artes dio orden de apertura al Banco de España y traslado al Museo del Prado para que el restaurador Jerónimo Seisdedos realizase la mejor operación de su carrera. Gracias a él podemos verlas hoy en su iglesia de origen.

El escritor imagina otro tipo de trato. Arnal se hace cargo de las obras de arte a las que dio escondite, enterradas a las afueras de la localidad. De nuevo, el acceso restringido del patrimonio a la deriva.

Protección y destrucción

placeholder Pegada de carteles llamando a la conservación de obras de arte. (IPCE)

Chaves vio en aquella proeza algo más, el germen de una historia mucho más potente. Con un final más cruel que el real. Para empezar,construye un personaje en decepción, que cambia su compromiso con la protección del patrimonio por la destrucción y el odio del mismo.De artista a bárbaro en pocas páginas, completamente deshumanizado por la guerra.

“Cada día le parecía más absurda y sin sentido su tarea. Correr de un lado a otro afanosamente para salvar una tela pintada, una piedra esculpida o un cristal tallado a través de aquella vorágine de la guerra y la revolución se le antojaba insensato”. Para qué hacer todo aquello cuando la vida había perdido por completo su valor.

¡Que tiren! ¡Que tiren! No nos iremos de aquí mientras no hayamos puesto a salvo de sus uñas desde los cuadros del Greco hasta el último incensario”, grita al principio del relato el Arnal más ingenuo, el mismo personaje que, después de poner su vida al servicio del arte, termina pensando que lo mejor es arrasar con todo y no dejar ni rastro del pasado. Con el ejército rebelde a las puertas de Madrid, deja de creer en el servicio que todos esos “tesoros de espiritualidad” han dado a la humanidad. Y la guerra es la demostración del fracaso de la cultura.

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