las claves de su trabajo en sus escritos

Fotografía contra literatura, diez años sin el maestro Henri Cartier-Bresson

A los 34 años descubre la Leica y se convierte “en una prolongación de mi ojo y ya no me abandonó jamás”. a partir de entonces, nunca se separó de ella

Foto: Carrera ciclista 'Los Seis Días de París', velódromo de invierno, París, Francia, noviembre 1957. © Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos
Carrera ciclista 'Los Seis Días de París', velódromo de invierno, París, Francia, noviembre 1957. © Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos

De repente, alguien cruza ese espacio. Un salto sobre un charco, un ciclista lee el periódico en un velódromo, un niño sonriente con dos botellas de vino. Ante la realidad, el fotógrafo tiene que “estar preparado como el tenista”. Esta máxima es una de las herencias más acertadas que legó Henri Cartier-Bresson, del que este domingo se cumple una década desde que dejó huérfano al instante decisivo.

Encuentra a Leica a los 34 años y se convierte “en una prolongación de mi ojo”. Con un lacónico “ya no me abandonó jamás” certifica una relación perfecta, fraguada con viajes y paseos. Lentos. “Caminaba todo el día con el espíritu tenso, buscando en las calles la oportunidad de tomar fotografías del natural como si fueran flagrantes delitos”. Quiere poner atención y dejar de ser turista.

“Me inspiraba sobre todo el deseo de atrapar en una sola imagen lo esencial que surgía de una escena”, escribe en uno de los artículos recogidos en el libro Fotografiar del natural, publicado por Gustavo Gili. Henri Cartier-Bresson exprimía la realidad. Fotografiar es un acto de simplificación del natural, en el que el fotógrafo actúa con los reflejos suficientes como para no dejar agujeros en lo que se ha encontrado.

La inmediatez es un arte

No hay opción a la revisión. No tiene una segunda oportunidad. “De todos los medios de expresión, la fotografía es el único que fija el instante preciso”. Porque juega con cosas que desaparecen, imposibles revivir. No habla de la fotografía fabricada, de puestas en escena. Habla de los fotógrafos que van a la búsqueda del encuentro. Así se puede comprobar en la exposición que le dedica la Fundación Mapfre

"El escritor dispone de tiempo para reflexionar antes de que la palabra se forme, antes de plasmarla en el papel; puede enlazar varios elementos”. El material del escritor no desaparece. Esa es la angustia del fotógrafo, también su virtud. Angustia, intuición y espontaneidad.

Con la fotografía, uno siempre se encuentra en la cresta de la ola, como un surfista, en lucha permanente contra el tiempo

Frente a la reacción, la reflexión: “No podemos rehacer nuestro trabajo una vez hemos regresado al hotel”, apuntaba con ironía Cartier-Bresson sobre el trabajo de los escritores. El fotógrafo observa la realidad con ese cuaderno que es la cámara. Es el instrumento que fija la realidad. Es así de fácil: un hecho, una foto.

Verdad contra ficción

Prohibido disparar una ráfaga de cien fotos por segundo: “Evitaremos ametrallar, fotografiando deprisa y maquinalmente”. Disparar mucho estorba y perjudica la nitidez del conjunto. Y lo dijo antes de conocer las cámaras digitales. Fijar la realidad es un ejercicio de honestidad: no debe ser manipulada ni durante la toma, “ni en el laboratorio jugando a las cocinitas”.

La literatura, el arte de la invención; la fotografía, el arte del descubrimiento. El fotógrafo es analítico y el escritor, como el pintor, opera desde la meditación y la síntesis. “Observo, observo, observo. Comprendo a través de los ojos”, escribe en 1963. Observar para reaccionar ante lo instantáneo de manera inmediata y sin faltar nunca a la verdad.

Cartier-Bresson, en su modo más indulgente, cree que el reportaje sirve precisamente para no faltar a la verdad, porque los elementos del tema que “hacen saltar la chispa” son a menudo dispersos. “Uno no tiene derecho a juntarlos a la fuerza”, como hace el escritor y le permite la literatura, y ponerlos todos en la misma escena. El reportaje, al contrario, es una operación para fijar un acontecimiento o impresiones sueltas, dice.  

No podemos rehacer nuestro trabajo una vez hemos regresado al hotel

También Gustavo Gili acaba de publicar un volumen en el que se recogen entrevistas y conversaciones del genio de lo instantáneo, entre 1951 y 1998, con el título Ver es un todo. Lo es todo, porque un clic a destiempo es una historia distinta. Una novela en un instante. “Con la fotografía, uno siempre se encuentra en la cresta de la ola, como un surfista, en lucha permanente contra el tiempo”. Un enfrentamiento eterno, en el que Cartier-Bresson se sentía cómodo: “En este sentido, mi nerviosismo natural me ayuda mucho”.

Trabajar en directo supone pasar desapercibido y convertirse en el hombre invisible. Hay que acercarse al tema “de puntillas, aunque se trate de una naturaleza muerta”. “Sigiloso como un gato, pero ojo avizor”, dice. Sin atropellos, sin levantar la liebre. Esa invisibilidad es similar a la tercera persona del relato, que se distancia de los acontecimientos. Un ojo objetivo, pero sin actuando sin posibilidad de revisión.

Para Cartier-Bresson el fotógrafo no puede permitirse ser un ser insoportablemente agresivo. El ruido de la primera persona no está permitido en la captación del acontecimiento, asegura. Porque basta con una palabra para estropearlo todo. “Lo mejor que puedes hacer es que te olviden”. Pura y dura omnisciencia

Observa, se concentra en la mirada y clic. “No sé contar nada. Me obsesiona una sola cosa, el placer visual. Mi mayor satisfacción es la geometría, es decir, una estructura”. El placer sensual por encima de la historia, la imagen antes que el relato. El reconocimiento a todo lo que se cierne delante de sus ojos y nada más. Por eso insistió en definirse como un ladrón que allá donde viajaba arrebataba a la gente su imagen y su cultura. “Somos mitad carteristas, mitad funambulistas”. 

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