el cuerpo como reclamo artístico y político

Conchita, el efecto secundario de Lady Gaga

“La maestría del artista ha conseguido transformar este ‘caso clínico’, anormal y casi repugnante, en una soberbia obra de arte”. Palabra de historiador del arte. Alfonso

Foto: Conchita Wurst durante la rueda de prensa de Eurovisión. (EFE)
Conchita Wurst durante la rueda de prensa de Eurovisión. (EFE)

No se vayan todavía, aún hay más: “La maestría del artista ha conseguido transformar este ‘caso clínico’, anormal y casi repugnante, en una soberbia obra de arte”. Palabra de historiador del arte. Alfonso Pérez Sánchez, antiguo director del Museo del Prado, no pudo contener sus adjetivos más peyorativos y los dejó escapar contra una de las pinturas más sobrecogedoras de la historia: La mujer barbuda, de José de Ribera, hoy en la Casa de Medinaceli.

La escandalosa condición femenina de la mujer de bella barba por la que se interesó el españoleto hace cuatro siglos, asociaba lo desconocido y raro a la belleza artística. A Ribera le gustaban los personajes extraños y en la corte de Felipe IV la iconografía monstruosa era lo más.

José de Ribera, 'La mujer barbuda', de 1631.
José de Ribera, 'La mujer barbuda', de 1631.

En la inscripción del cuadro se narra la vida de Magdalena, madre de tres hijos, a la que desde los 37 años le creció una espesa barba que le hacía parecer un hombre. Su marido se asoma por detrás, mientras ella amamanta a su hijo. Según parece, Ribera había sido conquistado por la presencia de Doña Brígida del Río, llamada, cariñosamente, la barbuda de Peñaranda, personaje muy popular que había pintado Juan Sánchez Cotán en 1590 (hoy, en el Museo del Prado).

Sabandijas de palacio

El cuadro estuvo encerrado en una Wunderkammer, una cámara de maravillas que crearon los Austrias para esconder enanos, bufones, “sabandijas de palacio” que servían de diversión y entretenimiento a la aristocracia de entonces. El tema también interesó a Miguel de Cervantes, que incluye a las mujeres barbadas en el capítulo 36 del Quijote, donde se encuentran con la Dueña Dolorida y la metamorfosis de la mujer en hombre.

Cámaras de monstruos, sabandijas, géneros alterados, hormonas disparadas, sólo falta Picasso… y las señoritas de Aviñón transformadas en rudos marineros, de mostachos rizados. Eso hizo en 1994 el pintor cordobés Rafael Agredano, uno de los artistas más disidentes e irreverentes con las convenciones de género de la fauna ibérica. Conchita Wurst en Picasso.

La barbuda de Peñaranda, Juan Sánchez Cotán, de 1590
La barbuda de Peñaranda, Juan Sánchez Cotán, de 1590

Estos días, Avignon Guys puede verse en la recién inaugurada exposición La herencia inmaterial, en el MACBA. Es un cuadro inmenso, en el que Agredano liberaba a la pintura de moralidad y trascendencia, enterrar la seriedad y colar el discurso político y sexual menos convencional. La ironía de este pintor de 59 años no conoce los límites canónicos. “La provocación acaba con la indiferencia”, explica a este periódico. Entiende la pintura como una suerte de cabaret, sin tanta carga monacal. El mito está sobrevalorado y no es bienvenido a la fiesta que se estaba montando.

De mujer a drag

Si bien Conchita Wurst, vencedora de la última edición de Eurovisión, comparte la iconografía del desconcierto con los anteriores retratos, "no hay que olvidar que se trata de un hombre". “Debemos distinguir entre la mujer barbuda y la Drag Queen, porque Conchita ha supuesto la confirmación en la cultura popular del drag”, explica Beatriz Preciado (Burgos, 1970), filósofa feminista de referencia, reconocida por ser referente en la teoría queer y filosofía del género.

Cualquier mujer sabe que en realidad es barbuda. El vello es signo de virilidad, y desde el siglo XVII a la mujer barbuda es considerada como una aberración y se expone en los circos. Una mujer como un monstruo espectacular”, añade. Sin embargo, el discurso de Conchita es otro, porque no es una Drag que se interviene en el colmo de la feminidad, sino que se deja la barba como signo de disidencia de género.

“Conchita es un efecto secundario de Lady Gaga”, dice Preciado. “Sin Lady Gaga, Conchita no habría existido”. Los cuerpos alterados en función de la proclama política es una tradición que se remonta a los cantantes más importantes de la cultura pop musical. La mayoría han condensado sus cuerpos en reivindicaciones políticas, como Michael Jackson con la cultura negra, David Bowie como síntoma de la revolución sexual, Madonna como afirmación de la feminidad y Lady Gaga como la revolución de la identidad sexual y de género. Por eso para Preciado, Conchita es una consecuencia de la cantante.

Rafael Agredano, 'Avignon Guys', de 1994
Rafael Agredano, 'Avignon Guys', de 1994

“La cultura Gaga es una cultura totalmente lúdica y dadaísta. Es un mensaje lúdico, con su vestido y su voz impecable. Más allá de la belleza, subraya la disonancia convencional dejándose la barba y apelando a la transformación social”, explica a este periódico la autora de Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en Playboy durante la guerra fría. “Aparece en un contexto político y social muy específico, con las revueltas de la extrema derecha contra el matrimonio homosexual o la represión de Putin. En políticas sexuales, Europa está muy lejos de ser un espacio sexual democrático”.

Eurovisión, la escena apolítica que enriquece las canciones de los europeos, vio como el cuerpo volvía a ser un manifiesto político contra las convenciones sociales. Esta vez las fronteras se rompieron en directo. Diógenes se vuelve, le preguntan por qué lleva una barba tan crecida, él responde: “Para que en todas ocasiones me advierta que soy un hombre”. O mujer.

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