El Museo Reina Sofía mata el recreo
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inaugura la exposición 'playgrounds'

El Museo Reina Sofía mata el recreo

Imaginen un museo del recreo, ahora quítenle el recreo. Ya tienen la nueva exposición del Museo Reina Sofía, titulada Playgrounds. Reinventar la plaza. Las cartelas de

placeholder Foto: Exposición "Playgrounds. Reinventar la plaza", en el Museo Reina Sofía. (Efe)
Exposición "Playgrounds. Reinventar la plaza", en el Museo Reina Sofía. (Efe)

Imaginen un museo del recreo, ahora quítenle el recreo. Ya tienen la nueva exposición del Museo Reina Sofía, titulada Playgrounds. Reinventar la plaza. Las cartelas de la muestra hablan del “desbordamiento popular”, del “potencial socializador, transgresor y político del juego en su conjunción con el espacio público”, del “deseo utópico y lúdico”, del “uso participativo”, el director del museo –y también comisario- dice que pretende desvelar la relación entre juego y plaza, y entre juego y espacio público. Podemos concluir que esta exposición es la viva prueba de que no existe mayor homogenización de la experiencia popular que la que impone un museo.

Esta es la primera incoherencia grave de la propuesta: se pretende “reinventar la plaza” desde el discurso museológico y el museo, donde entra todo y todo lo que entra es manipulado. En este caso, además, fagocitado e instrumentalizado. La segunda incongruencia grave es el aniquilamiento de la experiencia. La exposición se compone de nueve capítulos, que reivindican un discurso insurrecto en las prácticas artísticas de las últimas ocho décadas, que queda inmediatamente desarticulado y convertido en mermelada de palabrería, gracias a su apropiación y conversión en fósil museográfico.

Entre la ingenuidad y el cinismo, la propuesta del museo habla de revuelta, desobediencia y acción. Y lo hace desde las paredes blancas, desde el silencio, desde la desarticulación de la revuelta, la desobediencia y la acción

El propósito de “reinvención” queda resumido en el ridículo propósito de resumir las experiencias que vinculan arte y calle, en documento, fotografía y vídeo. “Por muy largo que sea el viaje a la radicalidad, el arte siempre va a morir al mismo sitio”, explicaba el comisario y filósofo Iván de la Nuez en una entrevista con este periódico, al hilo de su libro El comunista manifiesto (Galaxia Gutenberg). Efectivamente, el paraguas de la institución acaba con la radicalidad.

Entre la ingenuidad y el cinismo, la propuesta del museo habla de revuelta, desobediencia y acción. Y lo hace desde las paredes blancas, desde el silencio, desde la desarticulación de la revuelta, la desobediencia y la acción. Lo hace desde la muerte: Playgrounds es el detrito de los Playgrounds.

Un residuo de la radicalidad

De ahí que la incoherencia mortal, que hace de esta exposición un hito magistral en la escisión entre los ideólogos del museo de arte contemporáneo y la actividad contemporánea de la calle, es el fracaso para deslindarse de “la mercantilización de la experiencia”. Estas comillas pertenecen al texto que recibe al ciudadano: “El deseo utópico y lúdico de los actores sociales se ha visto afectado no sólo por la apropiación del espacio público por parte de las grandes fuerzas económicas, sino también por la mercantilización de la experiencia”.

Como si el rodillo homogeneizador del museo no hubiese acabado por completo con la espontaneidad de esos actores sociales. Entre la alta literatura engalanada no se dice que este espacio libre de “la mercantilización” en los últimos meses ha estrechado sus vínculos –ahí sí- con las empresas más poderosas del IBEX.

Podría haber servido esta muestra para tensar los límites entre el discurso del museo y el discurso de la calle, para analizar la capacidad de recrear la vida animada en sala

En este cúmulo de despropósitos, en el que parecía que el museo no podía volver a tropezar después de la fallida Formas biográficas. Construcción y mitología individual, juega un papel esencial la sala dedicada a la muerte del 15 M. Sí, la muerte. La proyección de un documental de Oliver Ressler, Take the square (Tomar la plaza) sobre las protestas de Sol (Madrid), Syntagma (Atenas) y Wall Street (Nueva York), realizado en 2012, ejecuta la gran paradoja del montaje: la calle no puede estar representada en el museo.

“¿Qué quieres que los traigamos aquí y monten una asamblea?”, preguntaba a este periodista una responsable del Reina Sofía. Cómo demostrarle que eso es justamente lo que habría validado todo este despliegue, perdido en la justificación, con cerca de 300 obras, desde Goya a Joan Colom, pasando por Cartier-Bresson, Giacometti, Ángel Ferrant, Vito Acconci o Martin Parr.

El espacio público reinventado no es el que se aísla de la ciudad, como han logrado los tres comisarios (Manuel Borja-Villel, Teresa Velázquez y Tamara Díaz); no es el que evita la tensión entre lo establecido y lo nuevo; no es el que hace de la experiencia un animal disecado para su contemplación; ni siquiera es el que pretende enseñar, se limita a compartir de igual a igual.

placeholder Teresa Velázquez, Borja-Villel y Tamara Díaz.
Teresa Velázquez, Borja-Villel y Tamara Díaz.

El espacio reinventado se ha generado, desde hace varios años con resultados extraordinarios, en lugares como El campo de la Cebada y Esto es una plaza, en Madrid, Esto no es un solar, en Zaragoza, o colectivos como Basurama, LaCol, Zuloark y Recooperar o la gestión de la Tabacalera madrileña. Por supuesto, no hay una sola referencia en este frustrado recorrido a estas actividades ni a sus acciones.

Otra oportunidad fallida

Podría haber servido esta muestra para tensar los límites entre el discurso del museo y el discurso de la calle, para analizar la capacidad de recrear la vida animada en sala, para hacer del espacio del museo un espacio público. Pero con esta propuesta, el Museo Reina Sofía se ha aislado de la ciudad, y de la contemporaneidad pasa a la arqueología de lo contemporáneo.

Si la calle ha tomado la ciudad, el museo ha matado la calle y ha convertido el recreo en mercancía expositiva

No es ya un terreno de conflicto y ni siquiera es un lugar de encuentro. Simplemente es, con sus maquetas y sus expositores, un cementerio de elefantes al que han llevado a morir experiencias tan vitales como la de Palle Nielsen, que metió en 1968 un parque infantil en el Moderna Museet de Estocolmo. Aquí nos conformamos con verlo proyectado, certificando la muerte cerebral del proyecto, en el que para colmo se nos dice que la acción de Nielsen supuso “un proyecto emancipador de investigación pedagógica, al tiempo que una crítica desde el activismo de la vida cotidiana y una crítica del objeto artístico”. Justo lo que ha desaparecido en el Museo Reina Sofía, aunque se reivindique.

Para cerrar este capítulo -que deberá ser recordado como una contribución ejemplar de la fuerza aniquiladora institucional a la disuasión y la desilusión- recogemos estas palabras de Aldo van Eyck, ideólogo del equipamiento lúdico y la disposición de los espacios de juego en los espacios públicos, que se incluyen en el catálogo de la exposición: “En una ciudad debemos crear oportunidades para que el niño haga lo que es habitual en él: caerse, trepar, saltar”.

Si la calle ha tomado la ciudad, el museo ha matado la calle y ha convertido el recreo en mercancía expositiva. En suvenir del pasado.

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