El Guggenheim se pone juguetón
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el museo recibe el arte lúdico de ernesto neto

El Guggenheim se pone juguetón

Es un guerrillero de los museos. No expone en ellos, los ocupa. Reconoce que su relación con estos es incómoda, aunque tiende a la simbiosis: los

Es un guerrillero de los museos. No expone en ellos, los ocupa. Reconoce que su relación con estos es incómoda, aunque tiende a la simbiosis: los necesita para proyectar su discurso espiritualista, para denunciar la ruptura entre el hombre y la naturaleza, entre la mente y el cuerpo. Ellos le necesitan para recrear una nueva relación con el espectador. Para celebrar la vida. Ernesto Neto ha llegado al Guggenheim de Bilbao para hacer del edificio de Frank Gehry un asunto tropical, compuesto por una selva de fórmulas orgánicas que se antojan como un viaje al centro de la Tierra o una vuelta por el país de las maravillas.

Del techo cuelga una estructura que soporta casi dos toneladas de cuerda cosida a ganchillo multicolor, resella de miles de bolas de plástico. Lo llama La vida es un cuerpo del que formamos parte y visto desde abajo recuerda a un gran aparato digestivo, por el que se puede transitar hasta el final, en la parte más alta. Es innegable la pretensión lúdica de las monumentales piezas escultóricas que el artista desarrolla desde hace más de veinte años.

El museo ha perdido sus límites y su rigidez. En algunas salas el artista brasileño ha eliminado las paredes –sin derribar-, en otras las ha hecho invisibles. Hasta huele diferente

Bebe de la tradición brasileña que pide a la obra de arte que se deje manejar, manipular, participar, que invita al espectador a lanzarse sobre ella. Porque la experiencia, dice, radica en nuestro cuerpo y en su acción: los neoconcretistas brasileños elevaron el tacto, el olfato, el oído y el gusto a la categoría de actos consustanciales a la vista. La mirada táctil.

Jugar, jugar, jugar

El camino que marca este dragón o intestino o espermatozoide que vuela hacia un óvulo, es azaroso, serpenteante. Al final, Neto ofrece un espacio para que sus usuarios terminen recostándose y practicando la activa contemplación, después de haber jugado, es decir, de haberse liberado “física y moralmente”. “El hombre sólo juega cuando es hombre y sólo es hombre cuando juega”, escribió el filósofo alemán Friedrich Schiller.

El museo ha perdido sus límites y su rigidez. En algunas salas el artista brasileño ha eliminado las paredes –sin derribarlas–, en otras las ha hecho invisibles. Hasta huele diferente. De sus estructuras colgantes tiende especias que dan una nueva dimensión al museo y a la experiencia de la visita. Bajo el título El cuerpo que me lleva, la exposición se convierte en un “evento multisensorial”, formado por nueve espacios, en los que la participación y la intención lúdica, como se ha visto, se ofrecen como un gancho para escapar de la racionalidad y regresar al seno de la naturaleza.

placeholder Ernesto Neto.

“El artista permite interactuar con la mayoría de las obras, que se han concebido para ser transitadas, sentidas o tocadas, pero que a la vez son, como el cuerpo humano, muy frágiles y deben ser tratadas con la máxima sensibilidad y delicadeza”, explica Petra Joos. Esa fragilidad a la que se refiere la comisaria de la exposición –que permanecerá abierta hasta el próximo 18 de mayo– tiene tacto a media de lycra, en apariencia débil y quebradizo, pero tan flexible como indestructible. Es un material metafórico, un recurso bien aprovechado para representar la perdurabilidad del legado del mundo natural: tan sensible a las amenazas y agravios del ser humano, tan inquebrantable.

El museo, un animal

“El conocimiento emana también de la tierra. ¡Lo percibo tan intensamente! Cuando veo un árbol con las raíces hundidas en el subsuelo, siento como si esas raíces absorbieran toda la sabiduría de la tierra”, explica el artista, al que hemos interrumpido en uno de sus días previos al montaje. Nunca antes el museo había mutado en un animal orgánico, nunca antes la arquitectura había perdido la batalla frente al arte. Ya era hora.

'El Guernica' tiene muchas barreras que lo separan del público. Cuantas más barreras le ponen, más poderosa parece. Destruyen la obra de Picasso para convertirla en un icono. El arte no debería estar encerrado'

“Hay que cambiar lo habitual, porque necesitamos cambiar el mundo. El museo es un lugar de encuentro, no para encontrar. Un lugar para sentir el espíritu de otras personas”, explica Neto, que defiende una visión del arte intervencionista. ¿En esos términos el artista no pierde importancia? “Desde luego hay una desmitificación del artista. No es un dios. Mi trabajo es el final de la celebración del artista. La obra de arte intocable es una cuestión económica, más que espiritual”. Aquí se puede tocar todo. Aquí puede pasar de todo.

Por eso el arte debe ser revelador, dice, no opresor. Pone un ejemplo cercano: “El Guernica tiene muchas barreras que lo separan del público. Cuantas más barreras le ponen, más poderosa parece. Están destruyendo la obra de Picasso para convertirla en un icono. Picasso se relacionaba con sus cuadros atacándolos. El arte no debería estar encerrado”. Pocas obras de Neto hay enmarcadas entre las expuestas.

Un mundo de sueño

La sala más sobrecogedora de todas es Nave útero capilla II. Ha transformado por completo el espacio de una de las estancias más complicadas de todas a base de mallas. El resultado es un recóndito lugar fantasmagórico, del que cuelgan sus estalactitas de lycra. Forra suelo y paredes con ella. Es una experiencia inestable, como sólo puede ocurrir cuando uno camina por lo extraño. El miedo a lo débil y lo frágil.

“Que no te asuste el caos”, se puede leer en la sala. Neto despunta a ratos como chamán urbanita, cargado de conocimientos que ha recogido de los indígenas de la selva brasileña con los que convive a veces. Es el escultor de la transparencia, el creador del arte mancillado. “Soy incómodo porque critico la hipermentalización del arte contemporáneo, que lo vuelve intocable”.

El resultado es un recóndito lugar fantasmagórico, del que cuelgan sus estalactitas de lycra. Forra suelo y paredes con ella. Es una experiencia inestable

Inmediatamente, entra en el río de sus reflexiones sobre la infelicidad de Occidente. “Los brasileños somos el desvío de Occidente, porque tenemos influencia europea, africana e indígena. Los indios tienen riqueza y conocimiento que podrían aportar a las estructuras sociales occidentales, que tiene de todo menos felicidad. Vosotros tenéis la culpa”.

Jesús, el revolucionario

Ha realizado para el Guggenheim Dulce borde, el hogar de las lenguas indígenas, un lugar de reunión similar al de los indígenas, donde se reúnen y se comunican. Hay suavidad y transparencia, piel y olores. “Somos naturaleza. Todos lo somos. Solemos separar la naturaleza de nosotros mismos y tratarla en tercera persona, cuando la naturaleza es primera persona”. Es el fruto de su intensa experiencia con la tribu Huni Kui.

Mientras pasamos por las salas, señala que la naturaleza es primaria y que la cultura secundaria, que el arte debe rendir cuentas no a los museos ni al mercado, sino a la Tierra. “La separación de cuerpo y mente fue necesaria para el desarrollo industrial, pero un inconveniente para nuestra felicidad y tranquilidad”, dice. Antes de despedirnos carga contra la Iglesia católica por haber “cambiado el mensaje de Jesús”. “Era un revolucionario y no murió para salvarnos. Lo asesinaron, porque era una persona molesta, libertaria, que murió por su pensamiento libre”.

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