una rica Unión de poesía y danza contemporánea

Que se calle Sófocles

Y que viva el cuerpo. Que vuelva a nacer el verbo, pero esta vez que lo alumbren los restos humanos que se encrespan en busca de

Foto: Un momento de la función. (FOTOS: Javier Suárez Gómez)
Un momento de la función. (FOTOS: Javier Suárez Gómez)
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Y que viva el cuerpo. Que vuelva a nacer el verbo, pero esta vez que lo alumbren los restos humanos que se encrespan en busca de significado y hacen de la tragedia un rito de gozo. Hasta el momento conocíamos de la bailarina y coreógrafa Luz Arcas (Málaga, 1983) su fuerza incontrolable, la plástica en lucha, el espasmo primigenio. Ahora sabemos, además, que es capaz de resistirse al nervio y al ímpetu, para desde la contención plantear la potencia de un espectáculo que ha olvidado las maneras centrífugas que ha desplegado desde 2009, con su compañía La Phármaco.

Éxodo: primer día es una de las mayores ceremonias intimistas en cartel. Inspirada en las obras de Sófocles Edipo en Colono y Antígona, la dramaturgia recrea el camino que emprende Edipo y su hija Antígona al bosque de Colono, la posterior muerte del padre y el regreso de Antígona a la ciudad de Tebas. Es decir, lo que no cuenta el filósofo ateniense en sus tragedias. Y cuando calla Sófocles aparece la pugna por la inversión de papeles, con ella cargando con el peso de él, la hija soportando el abatimiento del padre, la fuerza de voluntad por no perder el equilibrio.

Regina Navarro interpreta el papel de Edipo y Luz Arcas el de Antígona. Junto a las dos bailarinas, la música interpretada en escena por soprano, vientos y percusión –retazos de improvisación con referencias al jazz y lied de Franz Schubert- brindan el milagro de la coagulación de los estímulos. Incluso las espontáneas campanadas de una iglesia próxima al Teatro Galileo Galilei de Madrid entraron a tiempo. La piel del espectador está pendiente del drama que se cierne en la escena. Atentos a la condensación de gesto y actitud de la que es, posiblemente, la bailarina y coreógrafa con más proyección de este país, que de momento debe conformarse con las sombras de la fama.

En el camino de su repertorio –hasta el momento cuatro- juega un papel fundamental el poeta Abraham Gragera (Madrid, 1973), que hace las labores de dramaturgo mudo. “Lo interesante es que la visión de la dramaturgia de un poeta es poética y no comprende el desarrollo del montaje como una narración”, explica la bailarina a este periódico antes de entrar, tratando de descifrar cómo es la relación creativa entre ambos. “Abraham ve el texto por analogías y eso resuena mucho en mi cuerpo y con el movimiento. Es más inspirador que me hablen desde la metáfora”.

Físicamente la poesía y la danza envueltos en el mismo cuerpo, en escena. “Creo que compartimos la conciencia de que la poesía y la danza tienen un mismo origen. Por eso nos resulta fácil buscar equivalencias y analogías de las posibilidades formales. Luz lo encarna y yo trato de que se personifiquen las palabras”, cuenta Abraham Gragera, quien mientras ultimaba El tiempo menos solo (Pre-Textos) –el mejor poemario publicado en 2013- desmigaba el nuevo trabajo de la compañía. Alguna referencia cruzada se cuela.  

Sólo importa el cuerpo

Luz recoge ideas que Abraham le sirve en versos. Se encierra y baila. Conversan mucho sobre las propuestas. Comparten su devoción por Edipo y por los silencios de Sófocles, por restaurar la tragedia clásica en la actualidad. En este caso, el camino de la esperanza a la frustración. “Creo que hemos insistido en bailar el peso del pasado. El peso del cuerpo, el presente”, dice Luz.

En su particular rescate de la tragedia clásica rechazan imitaciones naif, alegorías convencionales, sólo importa el cuerpo y encarnar la palabra poéticamente. Lo consiguen precisamente desprendiéndose de los personajes. A pesar de ello, es la primera vez que Luz mete en escena personajes concretos: el padre y la hija, Regina y Luz, dos generaciones diferentes, dos visiones del mundo distintas, dos bailarinas con formaciones antagónicas (danza clásica y danza contemporánea).

La obra se divide en dos escenas claras: el bosque de Colono y el regreso de ella sola a Atenas, libre de su carga. Es una excusa. Sófocles termina desapareciendo ante la presencia del cuerpo y de una danza a contracorriente. “La danza renuncia a significar”, apunta Abraham. “No me interesan tanto cerrar la narración como recrear los instantes y conceptos concretos. Edipo es la excusa”, señala Luz.

Ellos son la imagen viva de la comunión entre la danza y el verbo. Insisten una y otra vez en el hecho de que la danza no narra ni ilustra. Es un arte libre que todavía no ha encontrado un leguaje propio. “No está concebida desde las ideas, ha surgido desde el movimiento. El cuerpo piensa y este es su lenguaje”, comillas de ella.

La ceremonia de Éxodo: primer día finaliza con un desgarrador solo de Luz, apoyada en escena por un cayado. La bailarina contiene su vehemencia y encaja su cuerpo a la obsesión de ciertas rutinas rítmicas. Entierra la necesidad de movimiento que antes arrasaba incluso con la música, para apoyarse en la expresión más originaria, la danza folclórica. La expresión popular. Por si todavía no se han dado cuenta, esta es su oportunidad de ser testigos de los orígenes de una estrella.  

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