paco gómez publica 'los modlin'

Los fantasmas no saben sonreír

Hay gente que no encaja en el mundo. La familia Modlin tampoco. Margaret, Elmer y su hijo Nelson vivieron la mayor parte de su vida en

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    Hay gente que no encaja en el mundo. La familia Modlin tampoco. Margaret, Elmer y su hijo Nelson vivieron la mayor parte de su vida en la Calle Pez número 3 y acabaron desparramados frente a su portal cuando el último de ellos murió. Los recuerdos destripados se vertieron sobre el suelo de la ciudad, a la espera de que alguien hiciera con sus restos lo que los buitres con la carroña. Fotografías, ropa, enseres, objetos, las cajas vaciaron sus secretos aquel día de 2003. La intimidad fue troceada y se descompuso en las manos de sus nuevos dueños.

    El fotógrafo Paco Gómez (Madrid, 1971) tampoco encaja en el mundo. ¿Quién es capaz de dedicarse durante una década a reconstruir la vida de una familia anónima, que desaparece en el tumulto del centro de Madrid? ¿Quién empeña su tiempo y su voluntad y se entrega al hambre de la curiosidad insaciable? Lo que comenzó como una investigación sobre la vida de esas tres personas muertas, terminó por convertirse en la reencarnación de tres personajes protagonistas de una ficción interminable: Los Modlin.

    Durante diez años, Gómez hizo de Víctor Frankenstein y de Sherlock Holmes, a partir de las cientos de fotografías que se llevó a casa. Él ha vuelto a traer al trío entre nosotros. Con una nueva biografía, una vida distinta a la que vivieron, urdida con los recuerdos que dejaron. Los que quisieron dejar. Cachitos de realidad esparcidos por aquí y por allá, que Paco fue juntando. Hasta crear vida. Su monstruo es un libro autoeditado, en el que reconstruye el retrato desfigurado de una familia cualquiera elevada a la categoría de mito.

    La historia de un fracaso

    La portada de este documental en papel es la perfecta ilustración de la operación de rescate, tramada con todos los retazos que ha ido encontrando y a los que ha sido fiel. Pero sólo a estos, que son una parte de los mil miembros en los que se despedazó la vida de esta familia estadounidense, que aterrizó en la España franquista con la esperanza de conquistar la fama gracias a la sensibilidad pictórica de Margaret, a la que su país natal había abofeteado con el menosprecio.

    Los Modlin es la historia de un fracaso –como el nombre de la editorial creada por el fotógrafo. Fracaso es el final que se repite en todas las historias. Las de verdad. En el matriarcado, Elmer alimentaba el final de mes con el dinero que ganaba en sus cameos como secundario de lujo en las películas de la España acartonada. Un trabajo cualquiera mientras el mercado reconocía la importancia del arte surrealista (relamido, kitsch y apocalíptico) de Margaret.

    Es la historia del fracaso de Nelson como hijo, que reniega de unos padres que imponen el secuestro de la voluntad como condición indispensable para ejercer de progenitores. Nelson triunfa en la vida entregándose a la esencia de todo lo que ellos reniegan: un emprendedor volcado en sus proyectos.

    Historias naturales y ordinarias. Corrientes, sin mayor excepcionalidad que la del ojo de la recreación. La mirada de la ficción. Ahí reside el éxito de este libro, del monstruo de Paco Gómez y, a la sazón, el triunfo póstumo de los Modlin. El documental está trabajado con las claves de un thriller, enriquecido por la minuciosa observación de un fotógrafo que se ha puesto a escribir, que ha domado el caballo de la documentación y reparte con cuidado las miguitas para no matar la tensión.

    El oro y la basura

    Los Modlin encierra el triunfo de los que no encajan en este mundo, porque sólo ellos saben ver lo extraordinario entre la basura. El precio que nuestro fotógrafo paga por ello es la incapacidad para descubrir a la basura entre el oro. La familia le ha ofrecido mieles y traiciones. A dulce le sabe el éxito del libro, que necesitaba 7.500 euros de financiación para salir a la calle con una edición de 2.500 ejemplares. Y logró 21.170 euros en crowdfunding.

    Antes, Paco había devuelto el anticipo de la editorial que se había interesado por su libro, pero que no terminaba de rematar la faena. Salió ganando. Tras repartir los 700 ejemplares a los mecenas que habían apostado por el proyecto -editado con unas calidades en las que no edita ninguna editorial-, distribuye los 1.800 restantes en unas 60 librerías.

    Dice que le interesan las pequeñas, aquellas en las que el librero pueda recomendar una buena historia. Esas en las que se escucha al autor y se transmite al lector. Del precio del libro (25 euros), el creador recibe el 70%. Si la venta es la web, el 100%. Recuerden que el escritor que firma con una gran editorial lo hace por el 8% del PVP de cada uno de los ejemplares vendidos. “Prefería que fuese mío aunque fuese imperfecto”, explica.

    La traición nunca falla

    ¿Y los sinsabores? A la recompensa por su esfuerzo no se ha sumado el éxito cinematográfico que está logrando el corto documental Una historia para los Modlin, película galardonada en los Goya de 2012 al mejor cortometraje documental. Gómez prefiere no entrar en los detalles de la traición del director del mismo, Sergio Oksman, quien -dice Paco- se apropió de todo el material del fotógrafo después de que éste le buscara para montar una película con todo aquello.

    No hubo firma en el acuerdo, sólo confianza. Pero se movía en los barros del cine. En el epílogo del libro sólo queda un mensaje velado: “Pero sobre todo me ha expuesto al veneno de aquellos en los que confié, los mismos que me traicionaron en cuanto pudieron para conseguir su mísera dosis de notoriedad. He hipotecado mi vida y la de mis hijos, y para qué, me pregunto”. Gómez figura en los créditos, después de pleitos con abogados de por medio.

    La versión de Oskman es radicalmente distinta. Aclara que la primera persona a la que agradeció el Goya fue a Paco Gómez, por “cederme el material y su investigación”. Además, señala que el fotógrafo estaba “encantado” con el resultado del corto antes de su estreno en Documenta Madrid. “El primer pase estuvo dedicado a él y a su generosidad por haberme cedido el material. Además, en los créditos hay un agradecimiento especial a Paco y a Jonás [Bel], que es lo que habíamos pactado”.

    Oskman explica a este periódico que durante cuatro años trabajó con otros dos guionistas y realizaron 15 versiones distintas. “No tiene sentido hablar de conflicto de autoría. Paco es el autor de la investigación, pero no del corto. Jamás estuvo en ninguna reunión de guion o en montaje”. Añade que firmaron un contrato por el que él recibió 5.000 euros por la cesión del material y la investigación. Mientras, la verdad sigue en el aire. Como la vida sobre los Modlin.

    Arqueología cotidiana

    Quien fotografía fantasmas mientras escribe corre el riesgo de olvidarse de su sonrisa. Los de Paco son trágicos, movidos por un chelo desgarrador, como el corazón de todo relato que seduce para ser devorado. Los ecos que llegan del pasado hablan de seres que vivieron en otra dimensión; sólo encajaban en los cuadros de Margaret. El único lugar donde ser tal y como querían ser. Tanto se representaron como otros que acabaron borrándose.

    El fotógrafo, también se disfraza de todo lo que puede para encajar. Utiliza las ropas del documentalista, el periodista, el detective y el científico para construir desde la autobiografía una biografía ajena… y algo obsesiva. “¿No me estaré comportando con mis hijos como lo hicieron Margaret y Elmer con Nelson? Me cuestionaba estas cosas porque en ese punto de la investigación mi vida y la de los Modlin confluían de una manera alarmante. Dudaba si habían sido ellos los que se habían acercado a mí desde el otro lado de los vivos, o era yo el que inconscientemente los había buscado. ¿Me estaba convirtiendo en un lunático?”, puede leerse en uno de los capítulos finales.

    Pero el mayor logro de Los Modlin es que no es resultado de un autor con la necesidad de escribir un libro, sino una historia que necesitaba ser escrita. Los fantasmas no saben sonreír, pero siguen vivos. Cualquier día de estos Elmer se levanta y pide una Coca-Cola.

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