Tenía 78 años y era la conciencia del oficio

Muere el último editor: André Schiffrin

André Schiffrin ha resistido a la enfermedad que contamina y extirpa los valores de su oficio. El editor francés ha resistido al cinismo, pero no ha

Foto: André Schiffrin en Madrid en 2011
André Schiffrin en Madrid en 2011
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    André Schiffrin ha resistido a la enfermedad que contamina y extirpa los valores de su oficio. El editor francés ha resistido al cinismo, pero no ha podido con un cáncer de páncreas. Fallecía este domingo en París, a los 78 años de edad. Nunca fue un editor más. Schiffrin era la conciencia del oficio y una de las personas más humildes con sus éxitos que uno ha tenido la suerte de conocer. La primera cita la apadrinó su mayor admirador en estas tierras, Manuel Fernández-Cuesta, a quien debemos la publicación en Península de los lúcidos ensayos Una educación política, La edición sin editores y El dinero y las palabras.

    Aquella noche Schiffrin se mostró pudoroso y cauto con su propia vida. Podría haber desplegado cualquier batallita, desde su vida personal tocada por la huida de París por amenaza de los nazis a la creación de su fama y gloria como editor en los EEUU. A pesar de las peripecias que le zarandearon por medio mundo y de los enfrentamientos con un mercado que le robaba la rentabilidad de cada una de sus proyectos, seguía creyendo en la utopía. Tenía esperanzas en otro modelo, en otro mundo.

    La vida le enseñó a ser valiente. Su padre, después de formar parte de Gallimard (una de las grandes empresas editoras del país vecino), fue despedido para lograr el permiso de los nazis. La condición de los fascistas era la limpieza étnica de la editorial, querían fuera a los dos judíos de la empresa: el jefe de ventas y Jacques, el padre de André. Fueron despedidos y Gallimard pudo seguir publicando. Cuando apreció Una educación política, donde cuenta todo esto, la editorial tuvo el buen gusto de amenazarle con denunciarle por calumnias.  

    Defendía la independencia del gremio frente al mercado y las tendenciasA Schiffrin y Fernández-Cuesta les unía la reivindicación independiente de la edición, la perspectiva emancipadora de un oficio en el que el mercado y las tendencias se han apoderado de cualquier otra consideración. Mientras las grandes empresas editoriales de todo el mundo –y por supuesto las de este país- prescinden de las labores del editor para llevar a buen puerto sus empresas, Schffrin ha demostrado que hoy son más necesarios que nunca.

    El gurí de la edición independiente y de calidad creó The New Press, la fortaleza contra los cenizos que siguen creyendo que la única escapatoria es atender a las disposiciones del mercado, del mercado y del mercado. Por mirar donde antes no había nada encontró la posibilidad que nadie antes había visto: “Tenemos mucho éxito entre las poblaciones marginales de los EEUU, porque editamos para una parte de la población que permanecía desatendida”, contó en aquel encuentro a tres bandas.

    No contaban los negros, los inmigrantes, los más desfavorecidos. Eran invisibles para el negocio, sobre todo para el negocio. La carrera por la rentabilidad no se fija en los bolsillos apolillados. El lector que no tiene dinero no interesa. La presión por el beneficio inmediato hizo incompatible su pretensión con el conocimiento crítico de la realidad y abandonó Phantom Books para seguir viviendo de lo único que sabía hacer, leer y editar.  

    El patriarca Schiffrin, responsable de Phanteon Books, murió cuando André contaba con 15 años. A los 26 la editorial reclama sus servicios. Aceptó. Encontró el despacho de su padre intacto, en honor a su labor en el sello. Tras la compra de Random House de Phanteon, Schiffrin decide abandonar y formar su propia editorial independiente de las presiones comerciales de un gran grupo. Reúne un millón de dólares para arrancar.

    Durante la primera cena, Schiffrin contó que nunca ha querido dar lecciones a nadie, a pesar de que su historia se zurce con los hilos moralistas del pequeño que se resiste a ser comido por el grande. Explicaba que si continuaba en Pantheon otros treinta años más terminaría por destruir todo lo que había construido hasta entonces.

    Pensó en una estructura editorial diferente. Creó The New Press, empresa sin ánimo de lucro, en 1991, en cuya financiación participan los autores y los asociados. “He demostrado que se puede subsistir y sobrevivir de otra manera en el mundo editorial”. Aseguraba también que facturaba seis millones de dólares al año y que con eso le bastaba. No necesitaba más para mantener su estructura.

    Además, pensó en crear una línea de libros arriesgados, es decir, libros de calidad difíciles de vender. Para llevar a cabo esta travesía encontraba apoyo en sus 20 asociados, que aportaban dinero para hacer 80 libros al año. En un arranque de humor, contó que en aquella primavera de hace cinco años publicaría el título número 1.000… “980 no habrían salido en ninguna otra editorial”. Además, le gustaba recalcar que ninguno de sus empleados –todos sindicados- perdía dinero por trabajar en The New Press.

    La utopía es barata. “Se consigue rebajando los sueldos de la gente de nivel superior”. La fórmula de la sostenibilidad editorial en un país de lectores se basa en que todos sus trabajadores, incluido el director, cobran el salario mínimo. Recalcamos: un país de lectores, y ya entienden.

    Pero era su cuidado y protección por los libreros lo que hacía posible fenómenos como que con un nuevo libro de Chomsky pudiera vender 100.000 ejemplares en pocas semanas, sin haber recibido la atención de ningún periódico de los EEUU. Apunten y graben a fuego: “Una buena librería es aquella en la que no encuentro los libros que quiera leer, sino los libros que no sabía que existían”.

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