‘Los miserables’ se libran de la censura
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primera traducción del original de víctor hugo

‘Los miserables’ se libran de la censura

Jean Valjean ha rechazado, en el umbral de la muerte, el ofrecimiento de la portera de ir a buscar un sacerdote. Y muere sin recibir santos

placeholder Foto: Escena de la adaptación de Tom Hopper, en la que Jean Valjean es interpretado por Hugh Jackman.
Escena de la adaptación de Tom Hopper, en la que Jean Valjean es interpretado por Hugh Jackman.

Jean Valjean ha rechazado, en el umbral de la muerte, el ofrecimiento de la portera de ir a buscar un sacerdote. Y muere sin recibir santos sacramentos. Valjean en francés representa un espíritu religioso alejado del dogma eclesiástico. El protagonista de Los miserables muere en castellano, con un sacerdote a su cabecera, que la portera sí ha ido a buscar, “como está mandado”, cuenta la traductora María Teresa Gallego, en el prólogo de la versión de la magna obra de Víctor Hugo, que ha nacido con un siglo y medio de retraso, sin la lacra de la censura.

Cita otra transformación de episodio de muerte. En la primera parte de la obra, en la que el obispo, monseñor Bienvenu, abrumado ante el alegato del moribundo sobre las injusticias y tropelías de la Iglesia y de la monarquía y la necesidad de la Revolución francesa, se arrodilla ante el revolucionario para pedirle su bendición. “Los lectores españoles llevan más de cien años leyendo el episodio convertido en todo lo contrario: el arrepentido es el convencional y el que le imparte su bendición y su perdón es el obispo”, explica la traductora.

Cuesta creer que la integridad de los clásicos de la historia de la literatura esté a ojos de todos mancillada. En manos de los traductores está la recuperación de las fuentes primarias para evitar las atrofias de la censura y la mediocridad. Las obras señeras reclaman una segunda oportunidad para volver a la vida, tal y como fueron concebidas.

Sin tajos ni parches, como le ocurrió hace un año a la nueva versión en castellano de Robison Crusoe (1719), de Daniel Defoe (1660-1731), publicada por Edhasa. Estos días, la editorial Alba ha colocado en las librerías españolasla primera traducción directa de Los hermanos Karamázov (1880), de Fiodor Dostoievski (1821-1881). Ahora Alianza se suma a la fiesta de la dignidad con la primera versión del original de Los miserables (1862), de Víctor Hugo (1802-1885), con un renacer laico.

En el siglo XX apenas se hicieron traducciones nuevas de la novela y se perpetuaron los fallos, cortes y recortes

La censura que padeció a finales del siglo XIX la traducción más publicada y vuelta a publicar de Los miserables y que esas sucesivas publicaciones, que han llegado hasta el siglo XXI, no han subsanado”, explica Gallego (Madrid, 1943). La vejación del pasado fue prorrogada por la desidia del presente. ¿O no? El trabajo que hace más de un siglo realizó Nemesio Fernández Cuesta se ha perpetuado hasta el momento, edición tras reedición, apoyado por editoriales preocupadas del tiempo y del dinero, sin ánimo de corregir y revisar.

La tijera de la Iglesia

Siempre quedará la duda de si fue Fernández Cuesta corrector además de traductor, a la hora de disipar las dudas sobre la potestad de dios y su Iglesia que enarboló Víctor Hugo.“Además, hay editores que no se molestan en dar lectura a fondo de los originales para comprobar si los clásicos están completos”, cuenta Gallego como otro de los males de las versiones dignas.

La censura eclesiástica actuó sobre descripciones incómodas para el clero. Por ejemplo, Hugo habla de que los conventos españoles son los más oscuros de Europa, pero eso fue aniquilado por completo y de las traducciones también. Las alarmas de la censura saltan cuando se pone en duda el papel de la Iglesia. Volvamos a Jean Valjean: según María Teresa Gallego, el personaje es un creyente “pero a su aire”, porque tiene una relación directa con el dios en el que él cree. “No es una relación ortodoxa, prescinde de toda la jerarquía. Es un alarde de la libertad que a la Iglesia no le debió gustar”. Esas partes acabaron eliminándose y dulcificándose.

Sea como fuere, la magna novela no salió de la lista de libros prohibidos por la Iglesia hasta 1959, como recuerda María Teresa Gallego. De hecho, explica esta profesora universitaria jubilada, que en el siglo XX apenas se han hechotraducciones nuevas. A pesar de que nunca ha leído la novela en castellano, dice que era consciente de que había ediciones abreviadas, en las que se había eliminado “la paja”. Ojeó ediciones y le llamó la atención el uso del voseo en el tratamiento, que en el siglo XIX ya no se utilizaba. Entonces Alianza le propuso la empresa, que se ha rematado en cerca de 1.900 páginas. “Dije que sí, pero pedí un año, me lo concedieron y fueron tres”.

Quinquis parisinos del XIX en caló

El conjunto de la obra ha quedado afín a su época y con un color propio, peculiar. 'Juro que ya no hay ni una sola palabra caló'

Para empezar, la jerga. Si usted tiene una versión antigua de Los miserables cójala, busque las voces de los arrabales, de los quinquis, de los delincuentes parisinos del siglo XIX y comprobará que estos –los suyos, no los de Hugo- hablan caló. Repetimos, “caló”. Gallego, un torbellino entusiasta que se encrespa con disparos de mil ideas por segundo, dice que la parte de la jerga ha sido verdaderamente infernal, porque está datada y su labor de documentación es inagotable.

Ella ya se había batido el cobre en los terrenos marginales del lenguaje oficial, gracias a las traducciones que hizo en los setenta de Jean Genet. La Premio Nacional de Traducción 2008 tuvo que arreglárselas para que aquel lenguaje carcelario de delincuentes homosexuales saliera indemne. Incluso, recurrió a glosarios de la policía. La jerga de Hugo era un siglo anterior a la de Genet, así que cambió de diccionarios. “Fue una de las etapas más difíciles, pero muy rica”, explica sobre su trabajo más reciente. “El conjunto ha quedado afín a su época y con un color propio, peculiar. Juro que ya no hay ni una palabra caló”, y ríe.

Cuestión de honradez

Durante 35 años ha sido catedrática de francés, desde los 14 quería ser traductora y a los 17 escribió a la editorial Seix Barral para que le dieran trabajo. Joan Petit, director por entonces, algo debió ver en esta espontánea peleona. “Fue el hombre que me formó como traductora, pero nunca llegué a conocerle”. El libro nunca llegó a publicarse porque la censura española –esta vez la dictadura franquista- lo prohibió, porque el autor arremetía contra la División Azul. “No concibo un día sin traducir, es como si me faltara el aire”.

¿Cuáles son los límites del traductor? “La honradez con el escritor al que se traduce y al lector que leerá. Esa es la ética profesional de este oficio. Están permitidas todo tipo de libertades, siempre y cuando la traducción diga lo mismo que el original, aunque con diferentes recursos”, responde. En la mente tiene traducciones que han rescrito por completo la novela, cambiando episodios del libro, quién sabe si deliberadamente o por entusiasmo.

Gallego define su prosa como torrencial, pero '¿puedes criticar un torrente porque baja ladera abajo arrasando con todo?'. 'No puedes poner cotos a un torrente inagotable'

Uno de los pecados que cometía la traducción tradicional de Los miserables es la del mal de “naturalizar”. Las letras de las canciones francesas de moda en París fueron reemplazadas por jotas segovianas. Naturalizar, a fin de cuentas, es volver extranjero de su tiempo y de su espacio al libro. Desfigurarlo.

La careta definitiva

En la repisa de la primera habitación de nuestra traductora había tres pequeños bustos: Napoleón, Beethoven y Víctor Hugo. Sus ídolos adolescentes, que luego han ido multiplicándose. Su madre lo llamaba “el altarcito”. Si hubiera tenido uno de Jean Valjean lo habría colocado junto a los tres. “Me encariño con este personaje porque es bondadoso y una víctima. Parece un hombre fuerte, mueve carretas, soporta paredes, pero al tiempo esfrágil. Tengo debilidad por esa bondad inmensa”.

Conoce bien a Víctor Hugo, sabe de qué pie cojea, cuáles son sus virtudes. Y los defectos. “Es una persona inmensamente vanidosa, pero tenía motivos para serlo, era un genio. La capacidad que tenía de trabajo, por ejemplo: mientras escribía esta novela tenía su mujer y dos amantes, era miembro del Senado, político eminente, viajaba, sus hijos, académico… Hugo empezó siendo monárquico convencido y acabó aborreciéndolas. Sus últimos discursos son de un socialismo avanzadísimo”.

Muy pagado de sí mismo, le encantaba demostrarlo. El pasaje en el que Valjean escapa por las alcantarillas, momento en el que Hugo aprovecha para repasar seis siglos de historia de alcantarillado parisino en varios capítulos, mientras su héroe se desangra. Gallego define su prosa como torrencial, pero “¿puedes criticar un torrente porque baja ladera abajo arrasando todo?”. “No puedes poner cotos a un torrente inagotable”, explica sobre la tendencia al prolijo enciclopédico del escritor, que ahora se revela al castellano con unacareta más parecida a su rostro francés.