El ‘mainstream’ nació con el Lazarillo
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del palacio a la calle, literatura del siglo xvi

El ‘mainstream’ nació con el Lazarillo

La cultura se hizo para el pueblo hace cinco siglos, cuando bajó de los palacios de la alta nobleza y llegó a las calles de la

Foto: El 'Lazarillo de Tormes' visto por Francisco de Goya
El 'Lazarillo de Tormes' visto por Francisco de Goya

La cultura se hizo para el pueblo hace cinco siglos, cuando bajó de los palacios de la alta nobleza y llegó a las calles de la gran ciudad. El teatro abandona las salas palaciegas para convertirse en un gran acontecimiento comercial y masivo, “sacrificando en el proceso ciertos ideales clasicistas en aras de un populismo que permitía llenar los corrales”. Nacía la cultura popular gracias, también, a la cascada de novedades tecnológicas y comunicativas del siglo XVI: lectura privada, hojas volanderas, pliegos sueltos, relaciones de sucesos…

La revolución del libro impreso subraya la reordenación de los espacios culturales y la redefinición de la lectura y de la oralidad en la ciudad renacentista”, explica el volumen que cierra el gran proyecto de la Historia de la literatura española (Crítica), dedicado al siglo XVI, la conquista del clasicismo, datada entre 1500 y 1598. Estamos ante el origen de la cultura de masas, en el que el Lazarillo (1553) se convierte en el primer fenómeno mainstream español.

El famoso pícaro adelanta las nuevas fórmulas de ficción, al que seguirán otras como Diana (1558-9) y Abencerraje (1561), que “será la escuela de narradores finiseculares” como Cervantes, Lope de Vega o Quevedo, que se asoman al siglo por venir. Estos dejarán atrás un siglo dominado narrativamente, primero, por los mitos del caballero y del pastor, después, “con la luminosa excepción del pícaro Lazarillo”.

A finales del siglo, mientras el género picaresco madura, Miguel de Cervantes remata sus primeros pasos por la novella. Algunos años después, “la relación entre relatos cortos y narración larga desembocará” en el Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Su origen está “sin lugar a dudas en el siglo XVI”.

Un fantasma recorre Europa

Entre los años 1520 y 1590 se asienta la lengua vulgar en las novedades estéticas. Los aires proceden de Italia, desde donde poco a poco conquistan todo el continente. Pero costó hacer parlotear a la ficción como lo hacía la calle y no era un problema típicamente español.

A escritores como Antonio de Guevara les resultó más fácil hacerse con los temas o los géneros que acertar con la prosa. “El toque estilístico humanista parece abrirse camino más fácilmente en la prosa de las ideas que en la ficción”, aseguran los especialistas que se han encargado de este volumen Jorge García López, Eugenia Fosalba y Gonzalo Pontón, para los que algunas enciclopedias romances les parecen mucho más cercanas al castellano moderno “que otros productos de la época”.

La invención de un nuevo castellano, que acuñaron en esencia Garcilaso, Juan de Valdés y Luis de León, progresa hasta alcanzar una versatilidad y una flexibilidad expresiva, inédita hasta el momento. “Escribo como hablo”, esbozó Juan de Valdés en el Diario de la lengua, como intención de las nuevas posibilidades. El alumbramiento de este humanismo, populista, dio lugar a nuevos tipos y registros como “las esclavas de color y lengua trabucada a las que da voz Lope de Rueda; el pícaro, con su mundo a ras de suelo y su equívoco lenguaje; las recreaciones ideales del estilizado pastor literario o del moro amigo”, entre otras.

Revolución narrativa

El éxito de las nuevas sendas narrativas, a pesar de las leyes de censura y el mundo de a la defensiva de Felipe II, rompen con las ataduras del mundo medieval. El Lazarillo de Tormes, cuenta una historia de “indudable impronta narrativa”. Su flexibilidad le desliga de las servidumbres pasadas. El lenguaje nuevo ha nacido y la industria lo respalda. Aunque el príncipe Felipe trate de impedirlo: “Nós somos informado que de llevarse a esas partes los libros de romance de materias profanas y fábulas, así como son libros de Amadís y otros desta calidad, de mentirosas historias, se siguen muchos inconvenientes, porque los indios que supieren leer, dándose a ellos, dejarán los libros de santa y buena doctrina, y leyendo los de mentirosas historias deprenderán en ellos malas costumbres y vicios”, prohibió el futuro emperador de esta manera, en 1543, llevar a las indias libros de historias profanas.

Como la literatura y la voz popular esquiva al poder, La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades recibe una abundancia de ediciones en un mismo año (hasta cuatro en 1554), en varias ciudades. Todo ello “nos garantizan que nos encontramos ante un gran éxito editorial del medio siglo y de la segunda mitad de la centuria, otro best seller de la época”. Ni siquiera pudo con su fama y difusión la entrada, cinco años después, en la lista negra del inquisidor Valdés.

El algodón de la popularidad son las segundas partes. En este caso ocurrió en 1555, año en que aparece en Amberes, de pluma también anónima. Como se indica, la obra vuelve a reimprimirse en 1573, “ahora ya castigado”, es decir, expurgado por la censura de afirmaciones críticas contra costumbres de la época o referencias a materias eclesiásticas.

Gozar y entretener

Bajo el título El nacimiento de la ficción, los investigadores detallan que Lazarillo “es una estupenda narración en la línea de un humanismo ya asentado y nutrido de referencias clásicas y romances”. Así definen la que será la piedra angular de un nuevo género literario, la “novela picaresca”: “Con una andadura estilística cuasi oral, resulta también un prodigio de jugueteo literario, de despliegue de resonancias irónicas y de maestría en el diseño de un trazado ágil y sugerente”. Para los autores la atribución más antigua y verosímil es la de fray Juan de Ortega, de la orden jerónima.

Entre las revoluciones literarias del siglo XVI un hecho sin precedentes subraya la evolución de las prácticas artísticas: la aparición del teatro comercial. Del público aristocrático y de élite, con asuntos caballerescos y amorosos, con pretensiones comerciales, en manos de profesionales de la representación en espacios estables y ofrecido a un público masivo, “ávido de novedades y entretenimiento”.

Ese espectador teatral hizo que las principales ciudades españolas contemplaran la aparición del corral de comedias, bajo control y explotación de las autoridades locales, que así se aseguraban el control de los escenarios. Escribe sobre la popularidad Alonso López Pinciano, en 1596: “No es malo el entretenimiento que aquí se goza con muchas y varias cosas: con ver tanta gente unida”. Gozar y entretener, claves de la cultura de masas.

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