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J.K. Rowling no sabe matar
  1. Cultura
la autora se pasa al género negro

J.K. Rowling no sabe matar

El canto del cuco (Espasa) de J.K. Rowling, disfrazada bajo la máscara de Robert Galbraight, es una novela que responde a las exigencias del relato negro

Foto: La escritora J. K. Rowling publica con el seudónimo de Robert Galbraight. (Efe)
La escritora J. K. Rowling publica con el seudónimo de Robert Galbraight. (Efe)

El canto del cuco (Espasa) de J.K. Rowling, disfrazada bajo la máscara de Robert Galbraight, es una novela que responde a las exigencias del relato negro popular de hoy. A saber: una textura televisiva y una actitud literaria, en la que lo que importa no es lo negro, sino el relato de lo negro. También la realidad se bestselleriza, los reality-shows se quedan en shows y muchos periódicos ya sólo sirven para envolver pescado, porque la noticia deja de ser información para convertirse en mercancía sensacional.

En cualquier caso, tengo la impresión de que emprender la lectura crítica de un libro de J.K. Rowling es una acción abocada a fracasar, como pretender derribar un elefante con un tirachinas en un contexto donde lo más común suele ser matar mosquitos a cañonazos. Lo segundo suele parecerme un acto de soberbia; lo primero, una muestra de romanticismo que me gusta poner en práctica.

La “textura televisiva” de El canto del cuco se relaciona con un tipo de prosa literaria altamente visual caracterizada por la abundancia de diálogos. El lector puede reproducir en el recinto oscuro de su cerebro cada uno de los espacios descritos por Rowling, los movimientos de sus personajes, sus indumentarias y sus rasgos: a veces caemos incluso en la tentación de ponerles a los personajes de la novela el rostro de alguna de las celebrities que saturan las pantallas de nuestras televisiones y adquieren brillo en el cuché.

Celebrities: al escribir esa palabra parece imposible no acordarse de las parodias de Muchachada Nui. Y de esa película donde Kenneth Branagh hacía de Woody Allen –¡error!–y aparecía una Charlize Theron que dejó con la boca abierta a los espectadores de medio mundo. En El canto del cuco, raperos reconvertidos en juglares contemporáneos dedican sus rimas a modelos de piernas larguísimas que nos traen a la mente la belleza y las rarezas de Naomi Campbell.

Uno de los defectos de 'El canto del cuco', desde el punto de vista detectivesco, sea que la identidad del asesino es previsible

El lector detective

Las imágenes icónicas de la realidad se filtran en las imágenes de El canto del cuco –se retroalimentan, engordan– y el lector, en su interpretación, activa estrategias de reconocimiento que lo mantienen en el ámbito del glamour familiar. En el caso español, esa especie de glamour de sopicaldo resulta de la mezcla del folclorismo hortera y sus descendientes poligoneros, la aristocracia en zapatillas de gustos sencillos, los filetes de Lady Gaga y las lentejuelas de Beyoncé. El mainstream de una cultura popular, donde la literatura está representada precisamente por autoras como J.K. Rowling.

De las repeticiones y la búsqueda de puntos en común, aplicando una lógica detectivesca que a menudo adorna al buen lector, se puede sacar conclusiones interesantes respecto al campo cultural. Resulta curiosa la coincidencia en los escaparates de las librerías de dos novelas que tienen como personaje fundamental a una modelo. Pero no a una modelo de catálogos de lencería cutre o de esas que hacen de amas de casa que compran fuagrás, sino a una modelo de las que se ponen alas para lucir sujetadores de zafiros.

Tanto Lula Landry en El canto del cuco de J.K. Rowling como Patricia, la joven modelo de pasarela de El cielo ha vuelto, la novela con la que Clara Sánchez acaba de ganar el premio Planeta, responden a este estereotipo de modelo adinerada. Sería conveniente reflexionar sobre las razones de este interés por lo fascinante, lo sofisticado, los ricos que también lloran o se corrompen o se descojonan con toda la razón del mundo. Ni en el caso de Rowling ni en el de Clara Sánchez existe vocación satírica.

Tal como ha destacado la crítica anglosajona, uno de los puntos fuertes deEl canto del cucotiene que ver con ese ojo de cámara quelogra captar las distintas atmósferas de Londres: desde las residencias del Mayfair al puente Hammersmith, los locales nocturnos de lapijo-jet set, las tiendas de ropa sobrehumanamente cara, la estatua de Eros de Piccadilly Circus, los taxis negros que parecen ataúdes –la metáfora es de la autora–, los locales de una multinacional de la hamburguesa o los selectos restaurantes donde atildadas damas, que mantienen la firmeza de sus pechos con silicona y la de la piel de sus mejillas con hilos subcutáneos de platino, hurgan y desmenuzan con tenedores de plata la comida sin llegar a metérsela en la boca…

Todos los estereotipos

Uno de los puntos fuertes de 'El canto del cuco' tiene que ver con ese ojo de cámara que logra captar las distintas atmósferas de Londres

En esta aproximación de J.K. Rowling al relato negro-criminal, el lector reconocerá casi todos los mimbres con que el género se ha ido trenzando desde su nacimiento. En El canto del cuco hay un detective con un nombre sonoro –Cormoran Strike– y un pasado familiar atípico que le ayuda a simpatizar con la víctima: Strike es retoño de una vieja estrella del rock y de una groupie muerta por sobredosis.

El detective es un ser vulnerable: le amputaron una pierna; fue militar en Afganistán. El dolor mancha su rostro y la imposibilidad de moverse con soltura lo coloca en situaciones que mantienen en vilo al lector. Un aura patriótica y heroica nimba a Strike, a quien, sin embargo, no encontramos en su mejor momento: duerme en el despacho, se ducha en los aseos de la Universidad de Londres, tiene deudas y acaba de dar por terminada su relación con el amor de su vida. Cormoran Strike es una construcción narrativa solvente con la que es muy probable que volvamos a encontrarnos.

En El canto del cuco también hay una secretaria pizpireta que se llama Robin, como el ayudante de Batman –la comparación es nuevamente de la autora–. Es eficiente y el desvelamiento de los misterios le hace segregar un montón de adrenalina. El lector sospecha que va a tener algo con Strike. De momento, los dos personajes se cruzan en ese territorio de la sentimentalidad cool –sí pero no, no pero sí…– de la que tanto partido sacaron los clásicos Mulder y Scully en Expediente X. Aunque esto viene de lejos: no hay más que recordar al Felipe de mi vida y a la Mari Pepa de mi alma de La revoltosa

El relato de lo negro

En El canto del cuco, la trama detectivesca se va entrelazando con las tramas familiares y sentimentales. A través del flashback, profundizamos en la psicología de la víctima y en la del detective. El otro elemento constructivo de la narración también es típicamente negro-criminal: Strike interroga a los distintos implicados en el asesinato del Lula Landry y, en un capítulo final, desvela el nombre del asesino y ata los cabos sueltos que ha ido dejando a lo largo de la novela, como Pulgarcitohizo con lasmiguitas de pan a lo largo del camino. Todo cuadra. Todo está ahí por alguna razón. La autora no da puntada sin hilo: unas gotas de agua en el suelo, una sudadera de marca, un papel azul. Como es habitual en el género, “el pasado siempre vuelve” y “nada es lo que parece”.

En este libro el ejercicio de taxidermia literaria subraya las creencias más conservadoras del relato

Tal vez uno de los defectos de El canto del cuco, desde el punto de vista detectivesco, sea que la identidad del asesino es previsible. La concatenación de circunstancias que conducen a la defenestración de Lula Landry es la que acaba por funcionar como gancho narrativo. La previsibilidad respecto al quién, incluso respecto al porqué, hace que el lector centre todo su interés en el cómo.

Rowling conoce muy bien las claves del género e, igual que hacía Mrs. Christie con fragmentos de obras de Shakespeare, abre las distintas partes de su relato con citas de autores grecolatinos que otorgan cierto empaque de erudición a los materiales del pulp. J.K. Rowling conoce el código de la circulación detectivesca y conduce como una profesional a lo largo de las seiscientas páginas de su novelón. Personajes, trama, ambientes, tema, localizaciones, todo seduce y, en este punto, es donde lo negro deja de importar para ceder todo el protagonismo al relato de lo negro.

Taxidermia y máscaras

El talante arqueológico de la retórica literaria de El canto del cuco desactiva la dimensión crítica del género. Las narraciones negro-criminales durante sus décadas más gloriosas funcionaron como líquido de revelado fotográfico de la violencia del sistema. En este libro el ejercicio de taxidermia literaria subraya las creencias más conservadoras del relato: peligros de las familias disfuncionales, la pasta de la que están hechos los soldados, honor y valor…

A la vez, la ortodoxia respecto a las reglas del juego de un género altamente codificado resta intensidad al tímido susurro de una denuncia light: la mezquindad de esas clases pudientes que compran niños para cubrir sus lagunas afectivas; la falsedad del brillo; la leve crítica del culto al cuerpo y a la imagen como valor social y marca de clase; las amenazas de la sobreexposición espectacular a un ojo de la cámara que, lejos de devolvernos una visión nítida de la realidad, a menudo la enturbia hasta hacerla irreconocible. Como los cantos de sirena en los que también se han transformado muchas “novelas negras”.

J.K. Rowling se enmascara para escribir novela negra. Ruth Rendell, por el contrario, se ponía la careta de Barbara Vine cuando abandonaba las tramas oscuras y escribía otro tipo de historias como la espléndida La alfombra del rey Salomón (Grijalbo). La transformación o el ocultamiento del nombre puede ser efecto de la modestia, de la búsqueda de una nueva libertad de decir, del temor ante la posibilidad de quebrar las expectativas de los lectores, una mera estrategia de marketing… En todo caso, llama la atención la necesidad de transformarse en otra persona desde el mismísimo epicentro del éxito.

El canto del cuco (Espasa) de J.K. Rowling, disfrazada bajo la máscara de Robert Galbraight, es una novela que responde a las exigencias del relato negro popular de hoy. A saber: una textura televisiva y una actitud literaria, en la que lo que importa no es lo negro, sino el relato de lo negro. También la realidad se bestselleriza, los reality-shows se quedan en shows y muchos periódicos ya sólo sirven para envolver pescado, porque la noticia deja de ser información para convertirse en mercancía sensacional.

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