compra casi 600 discos por 29.000 euros

La Biblioteca Nacional suena a flamenco de pizarra

El gran almacén de nuestra memoria en papel también suena. Hace unas semanas desembarcó un cargamento especial en la Biblioteca Nacional de España: más de medio

Foto: Uno de los discos de La niña de los peines, del archivo Valderrama. (Fotos: Enrique Villarino)
Uno de los discos de La niña de los peines, del archivo Valderrama. (Fotos: Enrique Villarino)
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El gran almacén de nuestra memoria en papel también suena. Hace unas semanas desembarcó un cargamento especial en la Biblioteca Nacional de España: más de medio millar de discos de pizarra de flamenco, de joyas del cante entre 1899 y 1956, compradas a Valderrama por 29.000 euros. Entre la negra mercancía una voz regresa del pasado y destaca sobre el resto por soleares, fandanguillos, bulerías, peteneras, saetas… Al cante La niña de los peines, Pastora Pavón Cruz (1890-1969), una de las preferidas de Gregorio Valderrama, nieto del gran Juan Valderrama (1916-2004), antiguo dueño de este frágil patrimonio sonoro.

En uno de los rincones de esta colmena laberíntica hay varias naves repletas de estanterías ocupadas por una inmensa colección de discos perforados, cilindros de cera, casi seis mil rollos de pianola y más de veinte mil los discos de pizarra. Se abre la puerta y entramos en uno de esos inmensos mares de estanterías repletas, que se anima con el deje de ella: “Yo sembré un tomillo/ y a mí no me salió ná/ quién quiera tomillo/ vaya al romeral”… La niña de los peines canta a todo volumen, mientras en las gavetas no cabe ni un alma más, aunque sea estrecha como el perfil de un disco. En una esquina, hay una mesa preparada con varios platos, en los que giran y se digitalizan las pizarras.

De los 21.000 discos de pizarra suenan 9.000 online y a finales de año se alcanzarán los 13.000. En los últimos años han crecido las donaciones y las compras, explica José Carlos Gosálvez, director del departamento de música y audiovisuales, antes de desenfundar un disco de cartón perforado. El presupuesto de este año para incremento de fondo antiguo y especial ha sido de 368.211 euros, para el departamento de música ronda los 135.000 euros. No compran con partidas cerradas: “Depende de las ofertas del momento y del interés que tenga para las colecciones de la BNE”, explican desde el servicio de valoración e incremento de patrimonio.

Tampoco tienen partida destinada a la digitalización, porque de ello se encarga el dinero aportado por Telefónica, gracias a un acuerdo firmado en 2008. En unos meses caduca el contrato… y el dinero. Y la digitalización. Desde 2011 se digitalizan los archivos sonoros, y el patrimonio cultural intangible se difunde y se comparte en streaming, desde la Biblioteca Digital hispánica, libre. Contra el olvido.

Pasado frágil

La memoria es débil, tiene baja resistencia al paso del tiempo. Las nuevas voces de ultratumba que han llegado a la Biblioteca son el testimonio de los orígenes de la música flamenca. Cada disco que se rompe es una muerte irreparable. A Gregorio Valderrama, el coleccionista de pizarra flamenca, se le han muerto algunos cantantes entre sus manos. En el traslado de las piezas a la institución cayeron cuatro o cinco. “Cada vez que se parte un disco de pizarra se quiebra un cachito de la historia del flamenco y de nuestro patrimonio”, cuenta a este periódico.

Reconoce Gregorio que le ha costado desprenderse de las casi 600 unidades que componen su colección de más de cuatro décadas. Nadie se libra de la crisis. Él flamencólogo se alimenta de la música, pero lo que le da de comer es la construcción. Ya no hay de eso. Se vio forzado a vender y su pena es nuestra alegría. El relato de su vida es, como cualquiera puede imaginar, el del testigo directo de una familia dedicada a la música, que admiraba a Pepe Marchena, al Cojo de Málaga, La antequerana, La rubia de las perlas, Mochuelo, Revuelta, Paca Aguilera… la cocina de los orígenes.

Y el punto de inflexión del flamenco: La niña de los peines. Valderrama siempre vuelve a ella, porque su tío llevaba grabada una letra que no sabía si era de la cantante o lo había soñado. Hasta que encontró aquel sueño de Juanito Valderrama grabado en pizarra. La voz del pasado ha seseado en los oídos de los grandes músicos flamencos de la modernidad, como Enrique Morente. Gregorio asegura que el maestro se valió mucho de la pizarra para incluir cantes en su repertorio. “Enrique tenía la facultad y el talento para modificar la música”.

Los orígenes de nuestro patrimonio musical están en la pizarra. Sin embargo, está todo por escribir. A nuestro coleccionista la historia que se escribe en estos momentos le suena a cuento chino, porque “todo está montado sobre una montaña de humo, verosímil y bonita, pero mentira”. Las verdades a medias de la historia del flamenco, según Valderrama, no cuentan la realidad callejera del flamenco, que recurren a las luces y la jarana del escenario, a los días de gloria en teatros.

“El escenario es el taller, donde se pule y se altera la música de la calle. Los cantaores creativos son los que mejoran y aportan su carácter personal. El flamenco es aportación personal”, asegura, que ha entregado una colección de discos con mucho valor sentimental e histórico (primeras ediciones de Juanito Valderrama y La niña de los peines, el más antiguo es de 1903). Son los últimos murmullos de un mundo lejano.

El camino natural de una colección privada es la deriva pública, donde el esfuerzo de los profesionales de la conservación garantizan el espíritu cívico del patrimonio. En estos momentos, dos personas trabajan en la catalogación y documentación del archivo Valderrama. Es un proceso lento: el primer paso trata de saber qué es lo que ha llegado a “la casa de los recuerdos”. Luego se digitaliza y, por último, se editan los materiales, quizás el proceso más dilatado.

Avalancha audiovisual

El archivo no es un ente muerto. Respira como síntoma de usos y costumbres culturales de la sociedad que le utiliza. Es un reflejo del capricho y los acontecimientos de la industria, cuyos detritos se amontonan en estas paredes y en las salas de otro hangar en Alcalá de Henares. Así, en 1995 empezaron a digitalizar y a grabar los materiales a CD, hasta que la UNESCO advirtió que éste también tendría fecha de caducidad.

Es el mayor videoclub de España: hay 175.000 títulos, incluso grabaciones de bodas de los primeros reportajes que se registraron como propiedad con derechos de autor. Han sido testigos de la hecatombe musical: mientras en CD entraban cada año, por depósito legal, 14.000 discos, en la actualidad no llegan a 7.000. El DVD es el nuevo dios: cerca de 14.000 referencias anuales. Y los vinilos… “Son la plaga”. 

En los buenos años, en la sección trabajaban 60 personas, hoy hay 5. “Y el archivo no baja de rendimiento”, explica Amparo Amat, Jefa del servicio de registros sonoros y treinta años en la BNE. Ahora se encuentran catalogando melodías. Unas 7.000 melodías extraídas de cantorales (gigantes), cuando el repertorio de música litúrgica actual no supera las 2.000.

El disco de La niña de los peines ha dejado de sonar. Un técnico de sonido los digitaliza y conserva. Rocía uno con un líquido, compuesto a base de agua destilada (en un 80%) y de tergitol. Una solución similar a la que se utiliza para limpiar vidrios. La máquina que emplea para absorber el líquido no soportaría el jabón Lagarto, el antídoto perfecto contra la suciedad en discos.

Extrae el disco de la caja y lo mueve buscando el reflejo sobre la superficie: cuanta menos laca, más gastada y sonido más saturado. “Cuanto más grueso es el disco, mejor calidad”. Hay alguno de pizarra que no ha llegado a ponerse nunca. No es el caso de los archivos que han llegado desde alguna basura. Pero la adquisición habitual es por la llamada de la casa de subastas, los coleccionistas y los libreros, que avisan si tienen buen material para vender. 

El de Valderrama lo era. Pero Gregorio, usuario habitual de los fondos de la BNE, un día se decidió a ofrecer su tesoro a la posteridad popular. Así fue como legó su parte de verdad, la del flamenco que ha querido revivir “sin mentiras”, “sin radicalidad” y “sin racismo”.

“Se han contado muchas mentiras por flamencólogos racistas. He visto el racismo en ambas partes, pero el flamenco no es ni de gitano ni de busné (no le gusta usar el término "payo" porque es peyorativo), ni de hombres ni de mujeres”. La niña de los peines es el mejor ejemplo de que la música sólo entiende de talento: “Ella fue una consecuencia de su contexto. Si hubiera nacido en los EEUU habría cantado soul”.   

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