¿Quién mató a la Ópera del Pueblo de Nueva York?
  1. Cultura
la compañía ha sido incapaz de salvarse de la quiebra

¿Quién mató a la Ópera del Pueblo de Nueva York?

Mala gestion, flirteos con Gerard Mortier, crisis en el mecenazgo... Son algunos de los motivos que han podido provocar su cierre según el mundo de la escena

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La Ópera de Nueva York cierra sus puertas.

Setenta años después nacer como competencia a la más elitista Metropolitan Opera, la dirección de la conocida como Ópera del Pueblo ha anunciado que presenta la bancarrota. La compañía, que acogió el debut en Estados Unidos de Plácido Domingo en 1965, ha sido incapaz de recaudar los siete millones de dólares necesarios para continuar esta temporada, ni por supuesto los 20 millones más necesarios para la siguiente. Los afectados, los amantes del arte. Los medios de comunicación se preguntan qué ha pasado: ¿un caso de mala gestión? ¿O es que existe una crisis de mecenazgo en Estados Unidos?

“Lamentablemente, el de la Ópera de la Ciudad es un caso de estudio sobre lo que no hay que hacer en la gobernanza y organización cultural o en la recaudación de fondos”, opina para El Confidencial Laurence A. Pagnoni, de la empresa de mecenazgo LAPA. La crisis financiera de la emblemática troupe se remonta a 2003, cuando empezó a incurrir en déficit. Pero por aquel entonces le llegaban más de 50 millones de dólares anuales en donaciones. En el último año, sin embargo, la cifra había caído hasta los 4 millones. “Se saltaron una de las máximas del ejercicio de recaudación de fondos (fundraising), que es la de cultivar a los donantes durante años”, asegura Pagnoni. Se marcharon del flamante teatro del Lincoln Center porque no podían permitírselo, y redujeron la programación desde 17 representaciones a sólo 4. “Eso disparó una especie de huida de los donantes porque querían esperar y ver qué ocurría”.

La opinión de este experto coincide con el análisis de los trabajadores de la Ópera, cantantes, músicos y directores artísticos. “La confianza de los donantes se ha visto dañada por el liderazgo de (el director general y artístico) George Steel. Su decisión de irse del Lincoln Center y de reducir el programa ha distanciado a muchos de nuestros benefactores”, comenta Kruvand desde el sindicato de músicos.

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Sorprende que no se hayan conseguido recaudar tan sólo siete millones de dólares en una ciudad como Nueva York, donde realizar donativos para las artes no solamente conlleva enormes ventajas fiscales, sino que permite adquirir cierto estatus en una de las sociedades más ricas del mundo.

Crisis de mecenazgo o mala gestión

¿Se ha secado la ubre del mecenazgo, tal vez, por la crisis económica? “Para nada. Hubo una ligera caída en los dos primeros años de la Gran Recesión, pero se ha recuperado, y los filántropos siguen apoyando a las causas en las que creen”, asegura a El Confidencial Willem Brans, de Arts Consulting Group. “Quizá el mayor cambio ha sido la reducción en las contribuciones de grandes empresas y el aumento de la recaudación entre las masas”, concluye.

Sólo en 2012 las aportaciones caritativas subieron un 1,7% con respecto al año anterior. Mientras que el 80% de los hogares más ricos aportaban para las necesidades educacionales y básicas, el 70% lo hacían también para las artes, según el estudio Filantropía de las personas de altos ingresos en 2012 de Bank of America y el Centro de Filantropía de la Universidad de Indiana. “El patronazgo de las artes no sólo sigue vivo en Estados Unidos, sino que crece de forma continuada”, asegura Willard E. White, consultor de Artes y Cultura de la empresa neoyorquina de fundraising Marts & Lundy, que recuerda que desde 2010 las aportaciones privadas para las artes y otros grupos culturales han aumentado un 11%.

White se suma al coro de personas contactadas que consideran que la dirección es responsable de la desventura de la institución operística. “Aunque es difícil explicar las cosas a posteriori, el hecho cierto es que tenían bastantes donaciones, tradición, una buena reputación y talento con el que trabajar, pero no lo usaron para atraer más regalos en forma de dinero con el que pagar los gastos”, opina.

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Otros son más contundentes y se lanzan a dar nombres. “La defunción de la Ópera de la Ciudad es culpa de gente con mucho dinero pero nada de sentido común”, sentencia Alan Gordon, director ejecutivo de la Asociación Americana de Artistas Musicales, que representa al coro, cantantes y directores de escena. “Desde el flirteo absurdo de Susan Baker (consejo) con Gerard Mortier (director artístico), hasta el ridículo apoyo de Charles Wall (director del consejo) a George Steel, cuando los cantantes y la orquesta habían mostrado su desconfianza unánime en la visión artística de Steel”.

¿Qué futuro tiene, si cabe, la “Ópera del Pueblo”? De momento el alcalde de la ciudad, Michael Bloomberg, ha asegurado que no va a acudir en ayuda de “un modelo de negocio que parece no estar funcionando”. La empresa ha asegurado que “La New York City Opera no ha alcanzado el objetivo de su llamada de emergencia (han cifrado en dos millones lo recaudado). El Consejo y la dirección van a comenzar las operaciones financieras y operacionales para ir cerrando gradualmente la compañía, lo que incluye iniciar el proceso (de bancarrota)”.

Este trámite de protección judicial permite a las compañías “sanearse”, y de hecho muchas empresas resurgen tras ajustar las cuentas con sus deudores. Los trabajadores sueñan con que pueda fusionarse con otra institución o llegue algún potentado al rescate. De momento, la troupe se despide este sábado con la representación de Anna Nicole, una ópera moderna sobre la suntuosa vida y extraña muerte de la modelo y conejita Playboy.

Si nada lo remedia, así terminará la andadura de la segunda compañía de Nueva York, que en sus centenares de representaciones a lo largo de siete décadas ha contado con la voz de Plácido Domingo, Renée Fleming, José Carreras, Shirley Verrett o Beverly Sills, entre otros. Con la desaparición de esta segunda joya, Nueva York se cae del club de las ciudades operísticas con dos troupes importantes, como Londres o Berlín.

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