EL 'SHUNGA' ESTABA CARGADO DE HUMOR E IRONÍA

El British Museum celebra el arte erótico japonés

Entre el 1600 y 1900 miles de dibujos eróticos sexualmente explícitos, conocidos como Shunga, circularon entre los japoneses de todas las clases

El placer sexual, compartido de forma ecuánime por hombres y mujeres, no es una conquista moderna y occidental. Si el arte es hasta cierto punto un reflejo de la sociedad, las parejas japonesas disfrutaban libremente del sexo hace más de 400 años. Entre el 1600 y 1900 miles de dibujos eróticos sexualmente explícitos pero exquisitamente realizados, conocidos como Shunga (dibujos de primavera), circularon entre los japoneses de todas las clases sociales, que los utilizaban a modo de Kamasutra para aprender nuevas técnicas sexuales, para excitarse junto a su pareja antes de mantener relaciones sexuales, como entretenimiento lúdico o simplemente como decoración en sus hogares.

El British Museum de Londres muestra desde hoy y hasta el próximo 5 de enero una cuidadísima selección de 170 de estos dibujos, pergaminos, grabados y libros que a veces también venían acompañados de textos en los que los protagonistas, hombres y mujeres con grandes órganos sexuales, comentan con humor o picardía la jugada sexual en la que se encuentran enfrascados.

Aunque oficialmente la sociedad japonesa estaba dominada por las estrictas leyes morales del confucianismo y existía una fuerte industria sexual donde las mujeres sufrían condiciones durísimas, lo cierto es que la vida privada del japonés medio no estaba sometida al mismo control que la vida pública y todo era mucho más laxo de lo que las apariencias mostraban. “El shunga indica lo lejos que estaba Japón de una Europa en la que las prohibiciones religiosas podían llevar a la hoguera a cualquiera que se atreviera a introducir motivos pornográficos en el ámbito artístico” explica a El Confidencial Andrew Gerstle, uno de los comisarios de una muestra que trata de explicar también el contexto histórico y social en el que floreció el género.

Mientras las clases altas europeas encargaban cuadros de vírgenes, santos y reyes, las clases altas japonesas le pedían a los mejores artistas de shunga, -Hishikawa Moronobu, Ktagawa Utamaro y Katsushika Hokusai- que dibujaran parejas en pleno acto sexual, mujeres gozando en los brazos de un hombre o incluso hombres extasiados disfrutando en los brazos de otros hombres. Con órganos sexuales sólo posibles en sueños y posturas imposibles, el shunga también abría puertas a la fantasía, como en uno de los libros expuestos en la muestra, donde un pulpo le hace un cunningulus a una mujer embarcada en el extásis mientras con sus tentáculos la acaricia por todas partes. 

''El shunga indica lo lejos que estaba Japón de una Europa en la que las prohibiciones religiosas podían llevar a la hoguera a cualquiera que se atreviera a introducir motivos pornográficos en el ámbito artístico''El shunga, que también ha influido otros géneros más modernos como el manga y el animé, estaba además cargado de humor e ironía, completando así esa función lúdica para la que en principio fue concebido. Es más, a veces los artistas utilizaban el shunga para hacer parodias y críticas de normas sociales, como el libro Grandes placeres para mujeres y sus cajitas del tesoro, fechado en 1755 y en el que uno de los capítulos se dedica a invitar abiertamente a la mujer a disfrutar de los juguetes sexuales que le compra su marido, en abierta oposición a un libro de 1716 ‘El cofre del tesoro del aprendizaje de las mujeres’, un manual inspirado en el confucianismo que podría resumirse con la frase, “La gran obligación a la que la mujer se debe de por vida es la obediencia”.

Los dibujos shunga se prohibieron oficialmente en 1722 pero las autoridades nunca persiguieron ni a los artistas ni a los consumidores y ni siquiera trataron de censurar las obras, por lo que el género floreció precisamente a mediados del siglo XVIII, cuando las bibliotecas ambulantes entonces de moda en Japón hicieron llegar los libros de shunga a todos los rincones del país. A menudo se presentaban como historias en formato de doce ‘viñetas’ aunque también había libros completos o grabados únicos, en los que podía incluso hablarse de personajes reales o de historias de amor que habían conmocionado al país. Y no fue hasta que la sociedad japonesa entró en contacto comercial con la occidental a mediados del siglo XIX cuando el shunga se convirtió en tabú: había que mantener las apariencias, especialmente frente al puritanismo británico para ser tratados como iguales.

Sin embargo, con la hipocresía característica de la época, en 1865 el British Museum adquiría su primera colección de grabados shunga, heredados de la colección de George Witt, un médico inglés que viajó por todo el mundo buscando religiones que hubieran adorado el falo masculino. Y en sus viajes se encontró con excelentes ejemplos del arte erótico japonés, que acabó escondido en las catacumbas del British Museum hasta hace apenas cincuenta años, cuando el llamado Secretum, el armario de los objetos prohibidos, al que solo tenían acceso unos pocos comisarios, volvió a abrirse. De ahí ha salido un 30% de lo que puede verse en esta exposición, que también incluye curiosidades como un pergamino fechado en 1400 que muestra un concurso de falos (al parecer el tamaño es una preocupación antigua y universal), una cajita de juguetes sexuales en marfil, un grabado de Picasso y un cuadro de Toulouse-Lautrec, ambos fascinados por la delicadeza y a la vez el atrevimiento del shunga

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