RESEÑA DEL LIBRO 'LA EMOCIÓN DEL NÓMADA'

Un conquistador en Asia Central

Ser de profesión ‘nómada’ tiene que ser por definición emocionante. Aunque sea por la inquietud de no dejar de aprender y conocer nunca. Por eso el

Foto: Miquel Silvestre en uno de sus viajes.
Miquel Silvestre en uno de sus viajes.

Ser de profesión ‘nómada’ tiene que ser por definición emocionante. Aunque sea por la inquietud de no dejar de aprender y conocer nunca. Por eso el título de este libro no puede dar más en el clavo. La emoción del Nómada (Comanegra, 2013) del colaborador de El Confidencial Miquel Silvestre (Denia, 1968) es un viaje interminable por Asia Central y una experiencia platónica en Oriente Medio. Una aventura que no entiende de límites ni de prudencia, “el ansia viajera por cruzar cada frontera” puede más que cualquier miedo. El intrépido nómada ha recorrido demasiados rincones de este mundo en su moto BMW de segunda mano y 100 caballos, que tiene ya más de 70.000 kilómetros a sus espaldas… o entre rueda y rueda. ¿Por qué viaja en motocicleta? Porque se siente un conquistador. Un conquistador “de profesión nómada”, un vividor nato que en otro tiempo fue un estresadísimo registrador de la propiedad en la urbe de Madrid. Pretencioso seguramente a ojos de muchos, Miquel Silvestre, “harto de grandes comodidades y con una novia que espera su regreso”, se adentró en una ardua hazaña por el continente asiático que nos hace recorrer lugares extraordinarios y, en sobradas ocasiones, soñar con ellos gracias a las notas que va recogiendo en sus moleskines.

Pero volvamos al lungo percorso. Para llegar a Asia Central desde la capital de España se antoja necesario un histórico repaso por gran parte de la Vieja Europa. Silvestre atraviesa Francia e Italia, descubre dos maravillas en Eslovenia y Hungría, una tosca y decepcionante Ucrania, y una nación rusa en la que se siente arrepentido y desilusionado, como ocurre alguna vez en todo viaje. Todos los países muestran sus propios síntomas de corrupción, que se hacen mayores cuanto más se acerca al este. Algunas ciudades como la antigua Stalingrado, impregnada de olor a pobreza y hostilidad, hacen que se sienta inseguro y despiertan su tremenda soledad. Por eso son reconfortantes los pasajes en los que encuentra a compañeros viajeros, con los que se identifica y le ayudan a dar sentido al tipo de vida que lleva solo con ver que él no es el único.

La primera gran dificultad aparece en la frontera continental: tiene que pasar al lado de Asia Central. La aduana en Kazajistán se hace eterna. Con mucha paciencia y algún que otro milagro, consigue entrar en un país en el que resulta imposible pasar desapercibido. No son pocas las desazones allí vividas. La incertidumbre de no saber ni por el forro dónde está situado en un mapa, el nerviosismo de rodar kilómetros y kilómetros de infinita estepa, y la exaltación de volver a divisar asfalto en el horizonte. Puro agotamiento.

No faltan ingredientes de emoción extrema en este particular diario de carretera. Mejor pernoctar en un pueblo perdido de Iraq que pasar la noche en el lado turco, siempre más seguro. O el empeño en coger un ferry casi fantasmagórico: echa anclas una vez a la semana pero no avisa previamente ni día ni hora. Conocer todos los mercados negros posibles en Uzbekistán: desde el que mueve el cambio de divisas a uno en el que comprar buenas cantidades de genuino caviar para acompañarlo con vodka a orillas del Mar Caspio. Hasta un reencuentro platónico con la Fe católica tuvo el motorista en la catedral de Tashkent. Un momento de inflexión que además se convirtió por sorpresa en el fin existencial de la exótica andanza. Aventura para todos los gustos. Rodó por Azebaiyán y Georgia para llegar a Turquía… y ya allí, volvió a “sentirse como en casa”. Se acabó la devastación que hasta ahora había encontrado en Asia Central: funcionaban las tarjetas de crédito, las carreteras eran buenas y volvían a ser de asfalto… hasta pudo comprar mapas. Eso sí, le dieron ganas de hacerse musulmán tras degustar varios vinos con los que pudo envenenarse en Estambul.

Sobrevivió a duros caminos por los territorios bélicos del momento como Siria y sus proximidades para descubrir, por cierto, una nación de gente honrada y afable. “España is good, very good”, palabras que desde hace ya varios años no estamos acostumbrados a oír sobre nosotros en Occidente. Tras cruzar Líbano (un país que encontró sucísimo a pesar de su innegable belleza) y Jordania, llegó a Israel. Ya estaba casi en Tierra Santa. El pueblo israelí miraba con recelo la marca BMW de la moto. Es una firma alemana y “los alemanes mataron muchos judíos”. Mal asunto: hay heridas que nunca se curan. Pero el camino prosiguió hasta llegar al que se había convertido en el principal objetivo: Jerusalén. No podía parar…estaba demasiado cerca. Allí, en el puro epicentro de la cristiandad buscó un confidente espiritual que le despachó sin casi pestañear y, encima, sin dedicarle la absolución  que tanto buscaba. El viaje había llegado a su fin. Tocaba rodar de nuevo rumbo a Europa. No tuvo absolución hasta llegar a casa, pero se fue lleno de paz y vacío de egoísmo. 

Cultura
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios